jueves, 17 de mayo de 2018

Una jaula de grillos (II). Retorno

            Un día de mayo Paula hizo su acto de resurrección, la vuelta al mundo de una Paula todavía frágil de luz y de sombra. Su aspecto descuidado, desgranado, empezó a cobrar viveza en unos labios intensamente rojos con su recién estrenada sonrisa flotando en un mar de aguas dulces, lejos del olor a clorhexidina y povidona yodada. Se habían acabado los tiempos de ingreso hospitalario, de uniforme y sábanas ásperas, aunque el tratamiento aún dejaría nubes de serotonina, de noradrenalina, de piruetas químicas en su cerebro durante años. Claro que no todo tendría la textura, colorido y longitud de unas pastillas, sino que, anestesiada en su invención de una vida mejor y bajo aprobación de su psicóloga, Paula decidió adoptar un perro, un terrier blanco al que llamó Menta, e incluso yo, que había sido testigo de sus fracciones de tiempo, sus reversos alegres y ensoñadores, pude vislumbrar una verdad nueva en sus ojos cada vez que acariciaba a aquel perrillo algodonero, su primer afecto sin recelo.
Y no, no fue su única novedad afectiva, pero sí la más sincera.
Por su parte, Javier se había instalado en su costado como mejor amigo, confidente y casi doble psicólogo, mientras que mi lugar había hecho aguas y acabado prácticamente deshidratado. No puedo negar que me ofendí, después de todo fui yo quien pasó las noches e histerias de Paula sin levantar mi vuelo y Javier solo era un muñeco ampuloso de porcelana, incapaz de adentrarse en un lugar ajeno a sí mismo, aunque, por otro punto, conocía a Paula lo suficiente para comprender que ese era el único formato en que sabía relacionarse: ir y venir, adorar y odiar. Todo formaba parte de su misma esfera. Y en un último apartado, yo parecía ser el único que guardara esa visión altanera y chiclosa de Javier, así que aún hoy no me atrevería a culparla por su flagrante elección.

            Por aquel entonces Javier, el Lord, se afianzó posiblemente como el mejor anfitrión de la historia, no solo era admirado con fiel devoción por Paula, sino que paso a zancada fue ganando la admiración de todos. Ese era el fin último en la mente de Javier: la grandiosidad, sentirse en la explotación del más elevado estatus. Por ello esas cargadas decoraciones en muebles y sillas, el Ibuprofeno para todos, los zumos de naranja de vitamina recién exprimida, las napolitanas y hasta los escarchados antifaces de gel para el alivio de las noches. Cuidaba con mimo de cada piel esquelética como un padre o un hermano. Sí, se habían unido como se afilian los condenados a muerte, desconocidos empáticos ante una causa común. Pero, por encima y más allá de esto, el resto de los melosos gestos que Paula desmigaba hacia el grupo, aquel que la había dejado en pausa hasta su alta, resultaban dudosos para mí. Así, cada vez que se abría al centro de la sala podía presenciar a Jesse James un segundo antes de recibir por la espalda el disparo de Robert Ford que acabaría con su vida.
Y no crean que no lo sé, claro que es posible que Paula hubiese realmente perdonado a todos, pero lo cierto es que yo no y claro, era posible que aquel recelo no fuera sino una proyección mía, de mi propia estaca resentida, pero lo que intento decir es que yo vivía en mil novecientos cuarenta y cinco y estaba rodeado de Ezras Pounds en su momento más decadente, el momento de ser reducido a traidor.

            De los demás, qué puedo decir, Marta y Roberto se habían convertido en un monstruo bicéfalo, una sola cabeza pensante, si uno decía que la nieve era roja, el otro lo afirmaba; si uno decía que se tenía que marchar a las siete treinta, el otro le anudaba los cordones a las siete veintinueve. Yo no entendía por qué Roberto, que había por fin anclado su bandera en Venus, estuviera allí cada domingo. Después de todo tanto Marta como él lo habían dejado muy claro: este grupo de literatas ponía rumbo a la destrucción. Y a mí me daba la sensación de que ambos estaban dejando campos plagados de minas para que aquello sucediera cuanto antes, había perdido a mi Roberto por un pelele, un soldado dispuesto a morir granada en mano, abanderado por Marta.
Lo que por entonces no sabía era lo cerca que aquella destrucción se encontraba.

            Ciertamente, en los rostros de todos podía verse una estela insalubre. Aquel coqueteo suicida los había aguijoneado hasta su carpe diem y cada domingo llovían camisas con esquinas por fuera, arrugadas; cada domingo las gafas de sol, los congestionados ojos, las ojeras pigmentadas en kohl de las mujeres. La reunión era el after que abría sus puertas tras el desfase. Incluso Sofía, tan ánima y muda, se había adherido a aquellas noches de luces psicodélicas y suelos de caracol con sus minifaldas, sus medias siempre rotas, su inacabable belleza que ni el carbón ni el sudor eran capaces de manchar.

            Por primera vez me sentí el hombre más desgraciado de la tierra, la soledad me acosaba en cada esquina, la propia conciencia de mi yo como un ser desterrado de la sociedad, macilento, observando aquella atmósfera desde una miríada de distancia, observando a la primera gota de la tierra: a Sofía.

            Hacía nudos y nudos de papeles con mis manos, esa pobre publicidad sufriendo la fricción oclusiva de mis palmas. Chamanes en espiral, abogados en dobleces, la ayuda para dejar de fumar. La ayuda, la ayuda. La ayuda que nunca llegaba para llevarme en brazos de regreso a Sofía. Avergonzado de mí solo podía hablarle desde mi ojos de corderillo asustado, sin palabras, distante.
Porque yo te abandoné, Sofía, te dejé tras la luna y volante cada día ante las grandes puertas del hospital. Y tú eras Sofía, mi silenciosa y desamparada Sofía, la que me devolvía sus ojos sin rencor.

            Todo aquel nuevo amiguismo, aquel vivir el momento de los que fueron Judas, desertores, me ponía en encefalograma plano. Yo fui el único que no encajó en esa burbuja y, como cortina de humo, pude ver cómo lanzaban un nuevo peón sobre la mesa.
En su carnet: Francisco David Murillo. Aunque la única vez que lo llamaron así tendré que contarla más adelante. Por ahora, lo conoceremos por el apodo con el que se nos presentó a todos: Cable.
Llegó al tablero uno de aquellos sábados de desfase y Javier quedó rápidamente embriagado por ese cráneo, esa inquietud galáctica tras sus ojos colmena. Un cráneo imparable e impaciente, solo así se le podía definir. Había empezado la carrera de arquitectura, de medicina, de informática. Y te lo decía así, sin los gloriosos nombres de hectárea y floripondio de cada grado. Lo decía como una anécdota, con humildad y, aunque al final solo había resuelto ser filólogo, cada pequeño picoteo le había dejado inagotables torrentes de datos. El chico que valía para todo, ya lo ven. Aficionado como es de intuir a la literatura, con ese ansia de saber, no tenía fin durante las sesiones. Fue el primer hombre inteligente que conocí que nunca resultó pedante, pues a la vez que dejaba caer nombres y fechas y pura biografía sobre por qué consideraba a Frost el padre de la escritura creativa, te metía algún chascarrillo que te estallaba de risa y uno volvía a tener diez años e introducía en su boca dos paquetes de peta zetas para fardar ante los colegas.
Hay que tener una gracia divina para poner humor sobre la vida de Robert Frost, tan recargada de infortunios, y hay que hacerlo muy bien para que no resulte en pétreo humor negro.

            Sin embargo, más que todo aquello, lo que ganaba la atención de Javier era la forma en la que Cable había acabado ganándose la vida. Aun hasta el cuello de deudas había logrado fundar el centro más llamativo de todo Madrid, no le faltaba detalle: Bar, librería, sala de lectura y tienda de cómics y merchandising. Cada cliente podía tomar el libro, manga o cómic americano que quisiera y tener una hora entera para saborearlo dentro de la sala. Desde Akira Toriyama hasta Friedrich Nietzsche.
Era fácil, si al final del cronómetro el lector estaba convencido, solía comprar el libro y, aunque no lo crean, incluso cuando era dejado sobre la barra con una mueca de inapetencia, el libro solía acabar vendido. Cable era un estratega que deslizaba a todo cliente por su ratonera. Quien acudiera a la barra a por un café, una cerveza o unas croquetas de boletus tendría garantizada una conversación que marcaría su día y, con la misma garantía, un bocado en el coco que pondría un muñequillo de Kenshin o Kira entre sus llaves, una camiseta de Guy Fawkes en una bolsa y un descosido en la cartera, pues si algo no le faltaba a Cable era la labia. En plena crisis y agujero negro de Madrid, Cable había conseguido montar todo aquello él solo. Y no me resulta extraña la diamantina aureola que surgió en torno a su persona.

            Pero ¿recuerdan lo que les mentaba antes de Robert Ford, el forajido que mató al jefe de su banda con un disparo en la cabeza? Jesse James limpiaba un cuadro sin sospechar que, segundos después, sucios meteoritos de sangre lo pintarían de nuevo. Y lo que Robert Ford no supo, a pesar de todos los avisos que le dejaron indemne, es que acabaría muerto del mismo modo: disparado con alevosía y una escopeta. En su tumba, todo lo que quedó de su recuerdo fue este epitafio:
«El hombre que disparó a Jesse James».
Y sin embargo, la ironía siguió riendo en aquella ruleta rusa cuando el asesino de Jesse James fue disparado por O'Kelly bajo el mismo ritual, convirtiéndose este último en El hombre que mató al hombre que mató a Jesse James y, aún más fiesta, A. G. Paul, un policía, también acabó disparando a O'Kelly durante una persecución, dejando su beso muerto sobre la tierra. Y así llegamos a Paul, El hombre que mató al hombre que mató al hombre que mató a Jesse James.
Las barrillas ruedan y ruedan por el oeste dispuestas a acabar con todo.

            Claro que, hasta que no tuvo lugar todo lo que voy a contarles, yo nunca había visto ningún arma en tres dimensiones y ni el mayor genio, ni el mismísimo Cable, habría sido capaz de adivinar aquel cuadro, por dónde nos vendría el disparo.

miércoles, 11 de abril de 2018

Una jaula de grillos, Capítulo XI


Todos

             Desde aquella primera noche nadie regresó a visitar a Paula. Ni Roberto, ni Marta, ni Javier. Lo más cerca que tuvo de recibir una visita fue Sofía, que nunca puso un pie más allá de su vehículo. Paula solía referirse una y otra vez a este hecho.

—Supongo que habrían preferido que lo consiguiera —decía—, o da igual en realidad, solo les interesaba el morbo. Porque ahora nadie es nada, nadie significa nada, ese es el valor que damos hoy en día a las personas. Vinieron aquí atraídos por las noticias de muerte o posible muerte, hicieron su papel de afectados y enfadados y todo ese rollo. Pero es esta vida solo un show que prescinde del actor. Si no hay muerte, no hay función. Tanto decías que te importaba, tanto menos vas a demostrarlo. Fuera de la muerte todo es falso, fuera el ser se deshincha.
—Bueno, la muerte siempre infla el peso, si no mira a Hemingway. ¿Sabías que se pesaba siete veces al día y anotaba su peso en las paredes del baño? El último peso que registró fue un día antes de su viaje a Cuba, de donde ya no regresó, el 24 de julio de 1960, recuerdo la fecha porque es cuando nació mi madre. Su última anotación fue «190 libras», unos ochenta y seis kilos para que me entiendas. Ahora, en el Café Iruña, en Pamplona, su estatua pesa doscientos cuarenta kilos. La muerte le ha supuesto un engrosamiento importante ¿no crees? Pero que ahora pese más no lo hace más verídico ni querido, solo muerto.
—Si fuera Hemingway seguro que tendría muchas más visitas, y seguramente me traerían un poco de coñac. Pero solo vienes tú, y tú también te irás.

             Le aseguré hasta el último grano de arena que no me iría, pero sabía que tenía razón. Ella saldría de allí y todo iría volviendo al mismo marco, cada aceituna a su hueso, y no quedaría un solo fósil ni movimiento táctil en nuestras memorias. Porque yo no sabía qué hacía allí, pero sí sabía que no la amaba. Quiero decir, tampoco es que pudiera decir que no me importara, porque era Paula, siempre Paula... Y aún así yo me iría, me alejaría en cuanto expiara mi culpa, disipara mi parte de su huella. Pero mientras el futuro llegaba, yo insistía en permanecer.

             Sus padres y las visitas familiares solían abarcar todo el día, así que yo tenía que conformarme con velarle las noches. Y allí todos los amaneceres eran iguales:
A las ocho y media una enfermera y una auxiliar entraban en la habitación y daban los buenos días antes de mascar sus palabrillas de guión «¿Cómo te encuentras hoy? ¿Has dormido? ¡Vaya día hace!», después hablaban entre ellas.
Cada mañana la misma escena: mientras una tomaba la tensión, la otra la temperatura; mientras una traía toallas y pijama limpios, la otra envolvía con parafina la vía de Paula para que se duchara. «No te la mojes mucho ¿eh?».
La frase de cada mañana.
Al dar las diez los médicos subían al escenario. El jefe apache se ponía a los pies de la cama y, detrás, una hilera de estudiantes formaban una pared humana. Entonces yo tenía que abandonar la habitación.
Todas las mañanas la misma mañana. Un lunes de tres meses.

—Despierta, van a venir las enfermeras y te van a encontrar ahí tirado como un mendigo —. Paula llamaba a todo el personal «las enfermeras». Personal de limpieza, celadores, auxiliares de enfermería, residentes. Si era uniforme y zuecos, era enfermero.

             Encajé en vertical mi rastrojo cuerpo en el sofá, aún limpiaba con el dorso de la mano el pequeño arroyo que salía vergonzosamente de mi boca cuando comenzó de nuevo el espectáculo: Una mujer algo gruesa, morena y con gafas arrastraba el tensiómetro, mientras la otra traía el termómetro y un nuevo atrezo bajo el brazo.

—Dejaron esto anoche en el control para ti —dijo extendiendo un libro blanco.
—¿Quién lo ha traído?
—No lo sabemos, nos lo han dejado las compis de la noche.

             Paula cogió aquel libro blanco y lo abrió. ¿Estaría ácida o dulce, sería seca o jugosa su mandarina? Un alud de gajos y gajos de sonrientes Paulas arrastraban el sustrato vegetal que eran sus manos. Antiguos momentos con Javier o conmigo, artísticas fotografías de aquellos lugares que habían marcado lo inmensamente bello de su vida. Alguien la estaba definiendo, diciéndole con imágenes: «Vamos, Paula, esto no es todo.»

—Quiero volver a casa —me dijo—. Quiero encontrar a esta chica otra vez, quiero saber quién me ha hecho esto y darle las gracias. Aquí todas las pastillas me saben amargas.

             Le di un beso en la frente y la dejé allí con su madre, con el libro, con sus cuidadoras pinceladas de blanco. Sofía seguía fuera.
Ríndete, Hachiko, no voy a volver.
Eché a andar, pajizo, como si fuera yo mismo el enfermo que escapara de aquel hospital sin abrigarse a un diagnóstico siquiera. Roberto ya estaba levantado cuando llegué, Javier y Marta lo acompañaban. Habían traído churros.

—Y ¿cómo está? —preguntó Javier.
—Si tanto os interesa, podéis ir a verla.

             Cogí un churro y di media vuelta, queriendo escabullirme a mi habitación lo más rápido posible para alejarme de aquel corpúsculo de farsantes, pero Javier vino corriendo y me abrazó por la espalda, parecía un perrillo que llorara ante la galletita que sostiene su dueño entre las manos.
Javier, al que en nuestra comedia interna llamábamos «el Lord», era un chico no solo estrafalario, sino exagerado. Así pues, tras un dramático discurso, entendí que sería mejor para mi salud sentarme un rato en aquella mesa que luchar contra su pezuña de trapo. Volvieron a interrogarme sobre Paula.

—Pues está, ¿cómo explicarlo? Se tiene la sensación de estar leyendo en desorden la vida, los poemas de Patricia Heras.
—Tú siempre vives en tu propio mundo de literatura ¿verdad? —se burló Roberto—. Mirad tíos, os lo tengo que decir. Este mundillo de literatuchos os está quitando la vida, empieza a ser peligroso, en serio, todos acabáis como las putas grecas. Mira Paula, estaba bien hasta que empezó a ir a esas dichosas reuniones.
—Paula siempre fue inestable —dije—. Y es al contrario, Roberto, leo porque la realidad me mata, leo porque la realidad nunca podrá ser mejor que la literatura. Ese mundo que te desgasta es lo que me mantiene, es lo único que nos queda.
—Ay, mi niño —agregó Javier—. Todavía tendríamos que lamer mucho opio para ser Artauds.
—Pues yo opino que Roberto tiene razón —señaló Marta—. Os envenenáis como poetas malditos. Todo lo convertís en ponzoña, exageráis menudencias o ponéis expectativas demasiado elevadas sobre aquello que no podéis controlar hasta que os frustráis. Vivís con mucha letra y ninguna herramienta. Todo esto da asco.
—Si eso es lo que piensas, Marta, supongo entonces que cuando invitaste a Roberto a las reuniones ya estabas pensando en destruirle ¿verdad?

             Los miré como un personaje dickensiano. Últimamente me sentía hollín de todo, verdugo y convicto de todo. Siempre sumiso. Mis decisiones, mis proyectos, todo mi yo era formado siempre por otros, mi yo inútil para mostrar desacuerdo o sintiéndome, si es que enseñaba ese monstruo, irremediablemente atormentado, carcomido ante la escisión de mi mansedumbre. Incluso ahora, proyectando una y otra vez mis salidas furiosas de casa de Javier, de Roberto, de la sala de espera; la contestación a Paula en el restaurante de Sofía, cómo había alejado a esta injustamente por mi trinchera en la otra, o la incorrecta contestación en mi entrada, la pequeña discusión que acababa de tener con Marta, sentía la faz de la tierra rasgar en sierra mi cerebro. Aterrado como estaba al abandono, a que desterraran de su axila a este cachorro que yo era, como mi madre hizo, me adaptaba a todo, agua mansa en su tinaja, buscando miguillas de protección para despejar el campo de cuidar de mí mismo, siempre entregado a sus anhelos para obtener aprobación. Porque yo era raro, yo era un no válido, un ser menor que debía permanecer a la sombra de sus alcornoques. Estaba enfadado, enfadado con Sofía por buscarme, enfadado con Roberto por no volver y sostener a Paula, enfadado con Javier por seguir haciendo sus reuniones como si no hubiera sucedido nada, enfadado con Marta por hermanarme a través de padres disfuncionales y ausentes. Enfadado porque eran humanos, enfadado porque no lo eran.

             Marta hundió una estaca desde el elefante agrandado de sus mejillas a mi garganta, su rayo láser de cianuro en fulminante metabolismo, yo aproveché la irritación colectiva para marcharme. Por primera vez en semanas pensé en Sofía, dándome cuenta de que mi turbulencia no se esbozaba por sus perfiles, sino por los míos. Porque había abusado durante años de Roberto, me había echado a los brazos filiales de Sofía; si me desesperaba estar con Paula, era porque la necesitaba y necesitaba a su vez que Paula estuviera bien para estar bien yo. Siempre necesitando un alguien que sostuviera mi yo. Y ver a Sofía allí, sirena que me aguardaba cuando abandonaba a Paula, me introducía entre dos océanos haciendo de mí poco más que un coco, mi saber tan solo una ondulación catastrófica, lapa incrustada en las distancias entre una isla y la otra. Alga y refugio, eso era mi vida.

             Volví a echarme a la mañana, sin dormir, esperando encontrar a Sofía. Pero mi Werther estaba solo frente a su casa. Sofía no estaba en el parque donde sonreía a los perros, a las hormigas, al rastreo en remolino entre los árboles. No había nido donde silbara. Roberto tenía razón, todo lo hacía con literatura, solo otra forma de delegar mi personaje a alguna crónica que no fuera la mía, ¿no era ahora mismo un tuberculoso partiendo hacia su montaña mágica? Y Paula tenía razón, nadie da valor a nadie, somos un número en un segundo, no se puede confiar en las dimensiones, las circunstancias. Pero de cada mil palabras de goma que uno escucha, queda alguien que calla y te siente.
«Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo cuando van entre el centeno...»

             Solo ahora, en este plató remoto donde escribo lo que mi memoria recuerda, soy consciente de que ya era tarde.
Sofía, si pudiera ser arcilla para modelar de nuevo toda tu historia.


Fin de la primera parte


martes, 10 de abril de 2018

Una jaula de grillos, Capítulo X.


Sofía

           Amanecí sobre el cuerpo cicatriz de Paula. Estaba despierta, siendo surco divisor entre dos mundos, adormilada por las drogas.

—¿Cuándo volviste a autolesionarte, Paula, por qué no pediste ayuda?
—No puedo respirar —su voz era extrañamente incorpórea, una espina de pescado que se rompía entre los dedos—. Esta impotencia de ser consumida y no poder marcharme. Es como si tuviera todo el aire dentro, aquí, dentro del pecho, luchando por salir, por gritar. Pero no sale. Y duele, colapsa.
—¿Recuerdas cuando te leía a Szymborska? «Lo llamaremos grano de arena y él a sí mismo ni grano ni arena. Prescinde del nombre general, individual, efímero, perenne, erróneo o adecuado.»
—«Desde la ventana hay una hermosa vista del lago, pero esa vista no se ve a sí misma. Incolora e informe, atónita, inodora e indolora está en este momento». Me gustaba cuando me leías. Siempre me gustó ese poema, pero es triste. Y ahora Szymborska no está.

           Apenas pude despedirme antes de ser expatriado de aquella mujer que fue mi nación y mi cuna. Sofía esperaba fuera, con su maquillaje derramado en petróleo bajo los párpados. No había llorado, solo había pasado la noche en vela siendo muelle de los otros. Y, a pesar de todo, yo sabía que yo era la razón por la que seguía allí.

—Está despierta —informé.

           Sofía me acompañó a casa, fue la primera vez que la vi fumar. Luego se quedó sentada junto a mí, alisando las arrugas que me apresaban entre las sábanas, silencio de ala hasta que me dormí.
No desperté hasta el medio día, ruido y olor de una mañana que se encumbraba tarde. Sofía seguía allí y había preparado café, calentado la leche, azucarado el azúcar. Había robado una de mis viejas camisetas de Metallica y mordía tímidamente una manzana. Por un momento quise gritarla «¡Ven aquí y bésame como es debido!». Entonces gruesos torrentes se derramaron de mi inconsciente. No lloraba por Paula, lloraba por aquel hombre en el que me estaba convirtiendo, aquel hombre que podía pensar en cosas tan horribles como esas. Me di cuenta en seguida, un caracol sobre instintos primarios y de hombre macho, estaba pensando como mi padre. «Ven aquí, como es debido, bésame». Órdenes y dominación. ¿Quién era yo en aquel momento? Si ese era mi yo, no le reconocía.

           Por suerte Sofía no revolvió en mis pensamientos ni llegó a mi Australia, por el contrario se acercó y me sirvió un vaso de café. Nunca había visto las figuras geométricas que nadaban en aquellas pupilas, lo profundo de su iris.
Sofía, tú eras una aurora boreal.

—Deberías irte a dormir, yo volveré en breve al hospital.

           Pero no se fue, fluyó desde la ducha con sus ojos limpios dejando, inocente de ella, gotas de su desnudez marmórea dispersadas en mi imaginación. Me lanzó una toalla y capté el mensaje, abandonándome a sus mandatos. Un oasis me había salvado de alta mar y ahora era mi momento de regresar, ser el galeón que liberara a Paula de su esclavitud.

           Solo al dejarme a salvo en el hospital Sofía se marchó. Durante las semanas sucesivas apenas me di cuenta de la existencia de Sofía, me compuse mueble mesilla de Paula, quien a veces se asía a uno como si fuera su amnios y otras era ballesta, ruleta rusa que despreciaba aquel lugar en el que acertara, fuera en sus padres o en mí.

—¡No me digas que esto es un momento y pasará! —gritaba—. No seas como estos idiotas que me apresan y me recitan estúpidos libros de autoayuda. ¡Tú no! Quizás es que a ti también te han comido el coco, pero conmigo no podrán. No. Aunque me metan en una piscina de esas pastillas para locos con las que me empachan. Yo no estoy loca, sé lo que quiero, y necesito que esto pare. ¡Hazlo parar!

           Yo la sujetaba por las muñecas y la dejaba llorar hasta mecer de nuevo un algodón sereno entre mis brazos y, en ocasiones, cuando estaba más calmada, aprovechaba para bañar mi propia ansia de respuestas.

—¿De verdad querías morir?
—Sí. No. No lo sé. Es solo. Estoy tan harta. No puedo más. Saber que me levantaré mañana y seguiré respirando, aquí, abrir los ojos. No sé si quiero morir o no, solo sé que este círculo no me dejará mientras viva. Volveré una y otra vez, como el reloj siempre llega a las doce.

           Sofía siempre esperaba para llevarme a casa y conducía en silencio. Hasta que un día me invadió la intemitencia y empecé a alejarme, un Plutón y un Sol donde ella se fijaba en una órbita ciega para mí. Volvía a casa a pie o en autobús, enfurecido con ella. Y ella seguía allí, magnética en su coche. Pero yo estaba cansado, cansado de su «¡Mírame, soy tan misteriosa!», de su estar siempre ahí, dormir conmigo, usar mis camisetas y luego dejar la nada, ni una palabra. ¿Qué pretendía yéndome a buscar? ¿Ganar puntos, volverme loco? Ahora no era su tiempo de protagonismo. Y tampoco el mío.
Sin plena consciencia de mis actos, empecé a dejar de pensar —cada vez más— en Sofía, de buscar su coche tras las amplias puertas del hospital.

           Un día no volví a recordar el algoritmo de sus ojos, la perfecta simetría de sus clavículas y, si estuvo allí, yo no lo recuerdo.


Una jaula de grillos, Capítulo IX.


Marta

          Solo había conocido la versión de Marta que mostraba a una mujer de náyade o nereida, es más, aquella a la que no le bastaba con ser la ninfa más bella de las aguas, sino que se encontraba más allá de los elementos. Creía volar por encima de nuestra estúpida cabeza de humanoide, ser la cometa que manejara desde arriba las hormiguillas obreras que éramos. Ahora, abandonada de juegos, empecé a componer su realidad, y lo que vi fue tan solo un artificio inseguro. Toda su crueldad, su vigor litosférico, no eran sino glasé dorado sobre el pétreo andamiaje de su autoestima, aquel alfiler inexistente.

—Lo siento mucho —dijo—. Yo no sabía que pasaría esto.
—Nadie lo sabía, Marta.
—Sí, tú sí, tratabas de decírmelo. Todas esas llamadas. Y yo solo pensaba en ganarte, hacerte ver que no tenías control sobre mí. Estaba tan cegada que no podía. Aunque lo hubieras escrito en post-it sobre mi frente, no lo quería ver. Tan solo porque quería ser mejor que tú, porque estaba celosa, porque quería importarle más que tú a Paula.
—Yo tampoco lo vi. Es decir, sí veía que estaba cayendo en su espiral, pero pensé que sería como otras veces, que cogería su maleta y se iría uno o dos meses a Nueva York o a Zambia, que se raparía el pelo o se haría un tatuaje en zonas prohibidas. Jamás pensé que llegaría tan lejos.
—Pero es que ella era feliz ¿sabes? Siempre estaba riendo. Cuando salíamos, era mágica. Íbamos de compras y se ponía las ropas más absurdas, nos tirábamos fotos hasta que el móvil se nos caía de las manos de pura risa. Me llevaba a fiestas que solo conocían unos pocos, fiestas subterráneas o en azoteas, y no había allí ni un solo alma que se resistiera a sus movimientos. Todos querían acercarse a esa pluma que danzaba con el viento. Estaba tan viva.
—Lo sé.
—Lo sabes —hizo un silencio breve—. Este hospital me trae muy malos recuerdos. Mi madre falleció aquí esperando un trasplante hepático que nunca llegó. Mi padre se encerró en una depresión tan profunda que dejó de hacerse cargo de mí, fue como si él también hubiera muerto. Yo tenía solo catorce años y me quedé sola. No puedo soportar, no puedo perder a nadie más ¿entiendes? No puedo volver a quedarme sola ¿no es esto algo egoísta?
Rompió a llorar, ni siquiera fui capaz de tocarla.
—Todos somos egoístas. La gran mayoría piensa que el suicidio en sí es un acto egoísta. Pero, dime ¿quién de los aquí presentes no lo está siendo ahora? ¿Quién de nosotros entiende lo que es ser devorado hasta el punto de querer morir? No nos importa, solo queremos devolverla a la vida, que esté con nosotros. ¿Quiénes somos para forzarla, para obligarla a continuar con algo que detesta? Pero no nos importa, no nos importa en absoluto lo que ella sienta, porque solo queremos que regrese, sea como sea.
—No digas eso, por favor, cuando hablas así siento como si ya estuviera muerta.
—Está bien. Todo irá bien, Marta, solo tenemos que esperar.

          Dije eso último sin creerlo, quise hacerle entender que ella no tenía la culpa de lo sucedido, aunque mi interior gritara que todos éramos los culpables.

          Sofía estaba allí, frágil pero ancla. Podía ver cómo le afectaba lo que sucedía a su alrededor, cómo le atravesaban las personas que cercaban su cosmos, constantemente, siempre invadida por todo lo que rozara sus sentidos. Pero callaba, Sofía era nuestra roca. Nos traía tilas, y cafés y chocolates de máquina y yo me acomodaba en su pecho. Ella acariciaba mi cara mientras dibujaba figuras de aire sobre el suelo. Se aseguró incluso de la paz de Marta, de aquellos ojos que parecían mirar desde lo hondo del océano, de esos ojos ventana encharcada, de sus brazos extendidos en posición de auxilio. Sofía enredó aquellos brazos en un hogar seguro.
Era el respiro circulante de aquella sala de espera, invisible, pero indudablemente necesaria.

—No soporto esta espera, voy a entrar.

          Me levanté infectado de ira, desesperación y adrenalina, alcancé la puerta antes de que aquel kraken que braceaba por detenerme consiguiera capturarme y accedí con menos esfuerzo del que hubiera supuesto. Alguien del personal se acercó «¿A quién viene a ver? Solo familia, espere fuera, horario restringido.» «Restringido, restringido», palabras bíblicas e inertes que no me interesaban nada.
Solo quería ver a Paula.

          Mentí. Volví a ser el novio de Paula, nunca habíamos roto. Años y años. Íbamos a casarnos, vivíamos juntos desde los dieciocho, estábamos intentando tener un hijo.
Me dejaron verla. Ella no podía verme.

—«¿Quién vació la arena de vuestros zapatos cuando debíais levantaros de la muerte?» —dije—. Es de Nelly Sachs —añadí.

           Y entonces todo quedó en silencio, un silencio que solo las alarmas de los monitores y de las bombas de infusión se atrevieron a romper.


lunes, 9 de abril de 2018

Una jaula de grillos, Capítulo VIII


Paula

          Sobre Paula podría delinear mil cosas y, más que exagerar, me quedaría corto. Como el agua de un río, era difícil ver pasar a la misma Paula dos veces, de una zancada a otra te hallabas ante una nueva traducción de ella. Tan pronto era Sáhara como Antártida, neutra como la voz de un megáfono o anfitriona colosal de unas fiestas que ríete tú de Gatsby. Todas las escalas humanas se hacinaban en su momento, su propia historia.
Y yo había vivido lo suficiente junto a ella para reconocer a su Pizarnik.
Su descriptivo poema había sido así incluso antes de afianzarnos como pareja: Quedaba y desquedaba conmigo numerosas veces en el mismo día, llegaba con dos billetes en la mano hacia tierras perdidas y encantadas. Otras veces era Paula y solo Paula. Cuando empezamos a compartir cama pude ver todas las veces que esa misma cama la cementaba, cómo tenía que reunir en cada fibra un Atlas para, simplemente, poder levantarse. Cómo había veces que ni siquiera lo conseguía. Había abandonado estudios, perdido trabajos, había dejado volar cada oportunidad que la vida le brindaba.
Y siempre cuando estaba poseída por Pizarnik.
Por entonces yo ya me estacaba, paralizado por el miedo, sin saber qué hacer. Era Roberto quien peinaba su crin y maniobraba para recolocar sus riendas.

         Viéndome de nuevo desvalido, solo en el recreo con el moquillo colgando, y no viéndome en una posición favorable para acercarme a ella, decidí hablar con Roberto.
Pero para Roberto, del mismo modo que su principio seguía el rumbo de «No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita», su máxima era: Sé feliz. Uno podía estar desangrándose, canceroso, encarcelado, desahuciado; no importaba mientras uno fuera feliz. Así que su respuesta vino a suponer que ahora que ella y yo no éramos nada, ella no era nada para él. No iba a enfrentarse a reptiles que no le pertenecían.
Se lavó las manos.

        Y allí me cosí, a la descompensada balanza entre el respeto propio y la seguridad de Paula, hablando en terremotos con Marta, a la que servía la rata muerta de mi dignidad en las manos. Orgullosa como era, tuve que atravesar un Imperio donde nunca se ponía el sol para que entendiera. Se sintió ofendida, porque qué iba a saber yo más que ella, que era su amiga, tan amiga que compartieron útero y neurona. Qué iba a saber yo, que era un viejo loco.

         En parte me resultó divertido que aludiera a mi estampa de tarado porque allí, en casa de Javier, no había forma de tropezar con un sujeto que no estuviera, de alguna forma, tocado.
Aquella casa era un auténtica jaula de grillos, y nosotros su población.

         Sofía hizo de marsupio para mí todo ese tiempo, entre zumos y pirámides de nata escuchaba atentamente mi autoindulgencia. Marta cuidaría de ella, había avisado, había hecho todo lo que podía hacer.
Y Sofía me miraba y yo sabía, yo sabía.

         Cada noche Marta llamaba, narrando las peores noticias imaginables, todas las noches en mis sueños. Cuando aterrizaba de nuevo en la realidad, casi antes de despegar los ojos, era yo quien la buscaba.

—Tú otra vez. Que está bien, joder. ¿Me oyes? BI-EN.

         Pero yo insistía hasta que me detallaba qué planes habían hecho, qué expresiones había mimetizado Paula, qué comió, qué bebió, qué llevaba puesto, de qué modo habían bailado sus muñecas por el aire.
Me convertí en una marioneta entre acosador y payaso, detective y gato.
Porque yo sabía lo que Paula era capaz de hacer. Yo sabía, yo sabía... Y lo fue.

—De momento está en la UCI, tío, no dejan pasar a verla. Marta se ha quedado en el hospital, dice que por el momento es mejor que nosotros no vayamos, que solo los más íntimos, ya sabes.
—Pero ¿qué ha pasado?
—No sabemos muy bien, la verdad, parece que ha intentado suicidarse.
—¿Parece? ¡O lo intenta o no! ¡No puede parecer un intento de suicidio!
—¡Cálmate, tío! Estamos todos igual, nadie se explica nada. Marta no deja de llorar. Los médicos han dicho que esta noche es clave, que si logra superar esta...
—Voy a ir a verla.
—A ver, escúchame tío, flipando estamos todos ¿de acuerdo? Pero es mejor que no vayas, entiendo que estés descolocado, pero respeta un poco, tío. Esto es muy serio.
—¡Pues claro que es serio, joder! ¡Me estás diciendo que hay posibilidad de que esta sea su última noche y esperas que me quede aquí, esperando una llamada que abra la caja y diga «sí, estaba vivo»! Que es Paula, ¡Paula! ¿De verdad te has olvidado tanto de ella, tan insensible te has vuelto, Rober?

         Lo último que vio fue la manga de mi chaqueta al escabullirme. Un soldado en las trincheras, reuniendo valor para acercarse a las granadas, recibir metralla, ganar la guerra.

Resiste, Pizarnik, resiste. Permite que se ponga el sol.




domingo, 8 de abril de 2018

Una jaula de grillos, Capítulo VII.

Roberto

               Durante días tuve cuidado de llegar a casa hacia las horas brujas, de marcharme pronto. Logré evadir a La Inquisición durante, al menos, siglo y tres cuartos. No había vuelto a coincidir con Roberto desde aquel domingo de mecha y pólvora. Hasta esa noche.
Volví a casa arrastrado, en ojerosos pasos que hacían las veces de banda automática por la que circularan mis pies. Necesitaba un anti-ojeras potente —como dormir, por ejemplo—, el ataúd de una cama.
Pero no pude.
Encontré a Roberto viciando a un juego de lucha, sin saber bien si se peleaba con el mando o con los personajes, tan sumido en la violencia como estaba. Entonces el k.o.
Apagó la consola y me miró.

—Tío, como siga yendo a esas reuniones te juro que me meto un tiro, ahí no voy a conseguir nada con Marta ni siendo George Clooney ¿sabes? Y saliendo con ella y con Paula, pues tú me dirás... Por cierto, tío, que yo no sabía que Paula iba a ir, lo sabes ¿no? Me quedé tan flipado como tú.
—Está bien, Rober, ya lo sé.
—He pensado, podemos organizar algo fuera ¿sabes? Quiero decir, tendrías que proponerlo tú, porque si lo digo yo van a ser un cantazo mis intenciones ¿sabes, no? Por Lavapi o por ahí, tú decides. Puedes llevarte a Sofía si quieres.

Se empezó a reír, cabeza de péndulo en el que tintineaba una burla.

—¿Sofía, tío, en serio? En fin, tú sabrás, mientras no se ponga a chupar murciélagos por ahí, por mí está bien, que se venga. Pero ¿en serio, tío? Joder, intentas liarte con una tía más aburrida y no la encuentras. Es siniestra, tío.

               Seguía riendo, hiena excitada de dientes, pero era inútil explicarle que aquel embrión entre Sofía y yo estaba más allá de las turbulencias de la carne, lejos del pulposo deseo.
Yo no podía amar, a ella no le interesaba.
En realidad, empezaba a pensar que a Sofía no le interesaba nada.
No queríamos tocar, sino ser tan solo dos ninguno que se entienden, dos ninguno sobreviviendo en una invención que no nos amamantaba. Acepté la propuesta de Roberto como acepté el pesimismo que me estriaba, consciente como era de que aquella ceniza que se pegaba a mis glóbulos no era sino producto del cansancio, la pesadez que había ido apilando debajo de mi escalera.

               Así inicié la cadena de Whatsapp. Y planes, y bares, y copas. Logré reunir una cantidad considerable de gente en aquella quedada extrajaveriana. Era cierto que aquellas reuniones en casa de Javier se hacían los domingos por cuestiones laborales de algunos de los miembros y, por supuesto, hubo algún disidente, aunque tan solo dos o tres rechazaron volcarse más allá de la rutina.
Tras un auténtico teléfono escacharrado se había congregado un grupo camaleónico que iba desde chiquillos de diecisiete años hasta señoras de sesenta y tres. Sin embargo, era bello presenciar cómo aquellos buceadores de libros se trataban uno a otro como igual, como un flotador que se apartara alegremente de la perfidia social.

               Gran parte de ellos había publicado uno, o dos o ciento cincuenta y tres libros; otros tantos exploraban, sin brújula o con mapa, el camino de la publicación. Todos se decían unos a otros cómo debían escribir y el qué, todos eran el Victor Hugo de nuestros tiempos. Olían a libro nuevo, a éxito. Insultaban a sus contemporáneos no presentes y criticaban grandes clásicos de la literatura con la facilidad con que se vierte el azúcar en el café.

               Roberto, que pasaba de aquellas fiestas de ego como un león de las espinacas, se había exiliado de la conversación al minuto y medio.
Apoyado en la barra, hablaba sin parar con Sofía —es decir, hablaba a Sofía—. Ver su boca moverse, gesticulando bajo aquellas luces verdes, parpadeantes, inundado de aquella música de camión averiado, me daba la sensación de estar presenciando una alucinación dentro de la pantalla añeja de algún televisor, con sus interferencias grises y sus sonrisas en blanco y negro.
Con claridad solo veía el disgusto de Sofía, que ni siquiera miraba a Roberto. Su vista se encontraba sobre alguna pelusa o mota que solo ella podía ver. De vez en cuando arrugaba la boca y yo intuía sus cascadas de «m». Cogí mi copa y mi capa de héroe y me abalancé, dispuesto a rescatarla.
Pero mi primer paso de caballero se vio eclipsado por pastillas de freno.
En una modalidad de tiempo que no avanza, vi cómo Roberto tomaba a Sofía de la cintura y la atraía, con una fuerza de gravedad aún no descubierta, hacia sí mismo. Vi a Sofía ser el pedazo de tierra que ve cómo se aproxima un meteorito y no se aleja. Y los vi también salir del bar.

               Quedé como un faro girando hacia la profundidad del mar, triunfante. Dirigí mi luz cálida hacia Marta y levanté mi copa, después bebí. La cruzada había terminado y, entre los sables de su estratagema, yo me alzaba.
Yo soy El Cid, Campeador de mí.
He conquistado y ganado.
«Cabalga, Cid, mientras vivas, buen fin tendrá lo que hagas.»

               Con aquel naipe ganador aún navegando en mi copa, volví a la conversación de los sumos intelectualoides. En mi lengua ardían lo que una vez fueron los pensamientos de Anaïs Nin.
«Me aferro al mundo creado por los artistas, porque el otro está lleno de horror, y no le encuentro remedio».

               Sí, estaba allí, en un esqueleto que me rechazaba, el personaje secundario de aquella obra de genios, trivialidad menuda entre Faulkners y Balzacs y Orwells cerebelosos. Y no es que me sintiera integrado en aquel grupillo de artística fanfarronería, pero si había que tomar bando en esta sociedad infecta escogía, por una vez, el bando de los vencedores, de la corona y la supremacía.

               Sin embargo, si aquella noche hubiera abandonado el monopolio de mi yo. Si por una vez hubiera salido de mi ensoñación geocentrista y hubiese leído a Sofía, su ciego braille... ¿habría podido evitarlo?


viernes, 6 de abril de 2018

Una jaula de grillos. Capítulo VI.


Sofía

        Un arlequín hecho de guijarros, así me mantuve hasta que Sofía terminó su turno de trabajo. Mis ojos de máquina de escribir buscando en las baldosas qué palabras decir. Toda mi vida había intentado ser directo, pero ¿cómo podía hacer de arco sobre una flecha tan inaccesible?

        Baldosas, aquel vidrio en la ventana que imitaba mi reflejo, vosotros sabíais por qué y el qué necesitaba explicar a Sofía, pero no fuisteis capaces de decírmelo.

        Al verla allí, de pie, me di cuenta de que parecía un acosador de serie B y sentí vergüenza de mí mismo. Qué lejos me quedaba la vista cuando quería mirarla. Pero ella lo hacía intensamente cuando me pasó por delante, tan nebulosa como siempre. Glándulas sudoríparas masticadas en la lengua tras mi derrota, los tiempos que perdía eran memorias en las que ella se marchaba «era una especie de olvido en las nubes, púrpuras indiferentes y difuminadas; era, no ya un torpor, sino un tedio, en toda la soledad quieta por donde las nubes pasan.»

        Entonces paró y comprendí que, en aquellas esferas acuosas que incitaban a sumergirme, estaba pidiendo que la siguiera. Y así hice.

        Para cuando llegamos a Malasaña, yo ya me había estudiado todas las aristas de cada una de las baldosas y, sin embargo, aún no alcanzaba a alinear una polilla en mi boca. Sentía una calima de Pessoa, intentando poner medida a alguna letra, cualquier creación que sonara a las traducciones y contrariedades que paseaban con gruñido en mi cabeza.

        Llegamos a un sitio con paredes de personajes poliédricos, una canción de Nacha pop hecha bar. Era un lugar agradable y encontramos un sitio relativamente tranquilo donde poder hablar o, al menos, un sitio donde dos personas normales hablarían de cosas normales con normalidad. «¡Pobres compañeros míos que sueñan en voz alta, cómo los envidio con vergüenza! Conmigo están los otros —los más pobres, los que no tienen más que a sí mismos a quien contar los sueños y hacer lo que serían versos, si los escribiesen— los pobres diablos sin más literatura que la propia alma.»

        Le expliqué torpemente el asunto de Paula, la intención con la que habíamos entrado precisamente donde ella atendía. Conté, en repaso breve, de qué nos conocíamos y en qué situación nos encontrábamos ahora. Sofía no decía nada, pero escuchaba cada palabra como si la estuviera escribiendo en su memoria con una caligrafía inmejorable.

—Me gustaría coserte a la sombra de Pessoa, Sofía.

        Me di cuenta de que empezaba a entender sus reacciones. En realidad ya no necesitaba escuchar su voz, pero un polvo cósmico o alguna arenilla de sílice me impulsaban a seguir y, sin pensarlo demasiado, dejé que toda la ventisca saliera hacia el oriente.

—Quisiera ver tu sonido de piano tocado en escalas ¿sabes? Alcanzar al fin esa señorita que nunca vi. Volver a ser niño porque yo era un niño, y hoy no lo soy, y quiero que tú me lleves en esa caja de la infancia, esa llave de mazmorra que tanto guardas. Yo soy un niño exiliado, Sofía. Pero si yo tuviera tu voz, si tuviera tu voz de arco por allá volando, arriba y abajo, podría guardarla porque el sonido es igual en el recuerdo que en la verdad, y entonces yo te conocería y tendría algo tangible para decir «esto es un vaso, esto es una orquídea, así se anudan los zapatos» y en todo el caos, eso estaría bien. Sé cómo suena todo esto, mi padre ya me decía que era un «repipi», puedes pensarlo, no me enfado. Pero me gustaría guardarte, Sofía, porque tu silencio suena en mi cerebro como las paredes de un gramófono y no lo soporto. No te estoy hablando de nada romántico ¿sabes? Eres guapa y todo eso, pero es solo que, no sé. Hay algún paracaídas en el que nos hemos conocido antes y quiero saber, solo quiero saber...

        Sofía me detuvo dejando caer su mano en mi rodilla. Acababa de soltar todas mis acuarelas sobre el agua y sentía tanto pánico como alivio al encontrarme allí, a oscuras, sin los eternos ojos de las calles. Sofía mostraba su boca en expresión cálida, sonrisa enigmática en la que sentía, a pesar de lo previsto, un refugio de aguas calmas.

        Nunca escucharía su voz y nunca llegaría conocerla, pero me estaba aceptando. Nos estábamos guardando para llevarnos siempre en las bodegas del alma. Y, desde entonces, pude entenderla sin la superficialidad de su voz.
Pero Sofía, yo quería sacar tu canción al mundo.
Cómo iba yo a saber que aquellas notas que encajaron, perfecta sinfonía en aquel entonces, terminarían difuminándose algún día.



* Todo lo remarcado en negrita pertenece al Libro de desasosiego, de Fernando Pessoa.