miércoles, 21 de octubre de 2020

Subterránea

 

«Escribo como siempre, por lo de siempre: me estoy ahogando».

—Alejandra Pizarnik.

 

A veces olvido mi lugar y empiezo a hablar.
Entonces tengo el qué, pero pierdo el quién y el dónde.

Porque soy subterránea, porque hay soledades que no se pueden elegir.
Yo tengo la mía, aquí abajo.

No solo son las palabras que no se pueden pronunciar, porque este enterramiento lo impregna todo.

Escribí una vez «Puedes oír mi piel un segundo antes de romperse», es un sonido continuo.
Por eso, en ocasiones, cuando hace viento y veo el polvo haciendo piruetas, de puntillas sobre el aire por delante de mí, pienso que son mis células deshaciéndose. Y que algún día se esfumarán todas hacia el otro lado, hacia aquella dimensión.

Entonces olvido mi lugar y quiero ser libre, libre de la piel, liberarla en escamas.
Quiero subir y subo, quizás solo para encontrar que estar en lo más alto a veces no son más que ansias de tirarse. 

¿Olvido mi lugar o no hay lugar? Porque hay soledades que son la única realidad, que lo ocupan todo. Y no hay lugar para el quién ni el dónde.

¿Se acude a la imaginación para no tener realidad? ¿Para enamorarse de una idea?
Por tener una figura que nos calma.

Para imaginar, por ejemplo, que amamos y es mutuo.
Solo hay que cerrar los ojos, eso es todo lo que te pide.
Es suficiente: su voz te cubre para mantenerte en tu piel. Sus ojos te miran y te reflejas en los suyos como una persona. Quizás es suficiente con descansar un beso en el hombro. Y entonces el mundo puede descansar cómodamente en el sofá.
Porque la imaginación es más poderosa que la realidad.

Pero también es peor, porque la imaginación se evapora y queda un halo, y luego nada.

Imagina entonces que el sol posa su cuerpo sobre la tierra, que se tumba en el asfalto. Y es pisoteado, y es cubierto con colillas, y de barro de suelo y del vaciado de los perros. En algún momento algún rayo disparará su orgullo, harto de la paciencia, y entonces será noche. Siempre noche.

Imagina qué frágil es la luz.

Entonces, imaginemos: Ya hemos imaginado sobre la superficie, imaginemos bajo la tierra.
Dicen que las ardillas entierran sus frutos (pongamos: una nuez) para hacer acopio y que no se los roben. Dicen que con frecuencia olvidan dónde los han enterrado. Creo que sería una buena ardilla.

Pero así, en algún momento —quizás este—, crece un nuevo nogal. 

Entonces: A veces creo que sería una buena ardilla, pero normalmente me identifico más con la nuez. Porque hay soledades que no se eligen y tras el abandono crezco sola y a solas.

Todo esto no es más que una imaginación, una nuez.

Imagino, porque a las personas como yo es lo único que nos queda.
Y, sin embargo, encuentro que imaginar es solo otro nombre para la frustración.

Mi imagen es transparente para la memoria. A veces olvido mi lugar porque tal vez no hay lugar, tal vez esto sea algo intrínseco. Intrínseco, quizás otoño, tal vez soy tan estacional como una gripe, pero sin vacuna o cura. Las vueltas a lo mismo y la vuelta a lo mismo. Los pensamientos irrelevantes, los pensamientos que no cesan. La misma línea del que vence y es vencido.

Imagino.
Imagino sin qué, ni quién, ni dónde.

Imagino que algún otoño no lograré salir de esto, porque un final ha de acabarse.
Esto no tiene por qué resultar una tragedia. Ni siquiera tiene que significar algo. Simplemente a veces hablo porque olvido que no hay nadie, hablo porque me he acostumbrado a hablar a solas, en nogal. Si la nada te escucha: no te juzga, no te malinterpreta, no te victimiza. 

Cierra los ojos, no te pide más que eso: Imagina que vocalizas bajo el agua. Si entonces la soledad te mira, te reflejas como un pensamiento cíclico, transparente para la memoria. Existes, aunque seas subterránea.

El mundo descansa cómodamente en el sofá.





jueves, 27 de agosto de 2020

Vencer a la muerte

      Quizás se registre con un nombre, como el L’eprit de l’escalier, me refiero a ese acto irreprimible de la memoria, el que aparece para recordarnos cuentos que ya conocemos, pues nos pertenecen, el que no podemos parar cuando empieza su escalada por las letras del episodio: ante una relación que se acaba, ante una vida que se evapora, al final de las vacaciones o del año. El final quita la pausa a la concatenación de páginas propias, hay quien lo llama balance.

      Ayer me escribió un amigo y quedé sorprendida, pues lo que en su verdor fue Pangea hacía tiempo que se había transformado en continentes de varios Pacíficos de por medio. Y es el síndrome cuyo nombre desconozco de la memoria: porque hay nostalgias que viven en estado de latencia, fuera de tiempo, deseando siempre regresar a su ciudad natal.

      Es ese nombre de efecto o síndrome que tal vez exista, incluso en este verano en el que no hay, a grandes rasgos, grandes escenarios, quizás los actores vistan andrajos, pero la obra sigue. Por ejemplo, he comenzado más de una veintena de libros que no he podido terminar, tan bochornosa resultaba la historia, tan horrible vocabulario era. Pero hay dos libros por los que agradezco esta libertad con caducidad que ahora me toca: Estos son Canto yo y la montaña baila, de Irene Sòla y, muy por encima de todos, Desde el corazón siberiano, de Alma Karla Sandoval, una novela entre la realidad y la ficción de la poeta Marina Tsvietáieva y una de sus hijas, Ariadna Efron, en aquellos años de hablar bajito en la Unión Soviética. El lenguaje que lo escribía me traía olas desde Réquiem, el poema más grande (para mí) de Anna Ajmátova, siendo en verdad su longitud tan de mitad de página. Me gustó cuando lo citaron en el libro, imagino que es así como se sienten los amantes de la novela negra cuando aciertan la resolución del crimen. Esta puesta en orden de la literatura también es parte del efecto o síndrome descrito.

      El efecto viene con el final: Como desde hace muchos años vivo mis vacaciones en el mismo chalet que no me pertenece, ni rozo, ni quiero, en un lugar que de primeras rechaza cualquier encanto. Ya me quedan menos de dos días, por eso el fantasma de la memoria, el balance. Así adquieren célula sus habitantes felinos, cuántos de ellos y cuán magníficos son, con qué elegancia pasean y suben y bajan por todas las calles y muros. A la llegada compré pienso y les dejé un buffet de comida y agua. Al principio solo venía una gatita sin cola que yo temía que se pusiera mala, tal era el ansia con que comía y bebía. Era una gata blanca con islas, como Nana.

      Esa misma noche, más avanzada ya, apareció otra gatita tigrita, pequeña y con tripa de camada reciente, venía como una sombra que crees ver sin seguridad: rápida, más preocupada por huir que por comer. Pronto acabó perdiendo el miedo y la vergüenza, prácticamente instalándose en el patio y abandonándonos solo a la hora de las tomas cuando, imagino, saldría rumbo al escondrijo de sus bebés para darles de mamar.

      Por último apareció un gato negro que sigue viniendo como una flecha: entra, acierta y se retira. Supongo que solo aprovechará la pulsera del todo incluido cuando nos marchamos por fin del patio hacia la cama.

      Me doy cuenta de que a pesar de que me conformo con muy poco, y de que cualquier migaja me genera bienestar, sigo siendo una chica más bien triste y eso me enfada, ni siquiera puedo creer que, conociendo mis privilegios, con todos estos días en este lugar tan calmo, no haya sanado. Me come la idea de regresar a esa casa que no amo, pues siempre he amado los hogares que me han acogido: desde los que se caían a cachos, como el de Chamberí, a la caja de cerillas de Tribunal (al que yo llamaba en secreto El Anexo, un de Ana Frank aunque sin guerra y en pequeño). Pero este lugar, no casa, lo siento como un país extranjero al que accedo sin pasaporte. No extranjero como Portugal o Francia, sino extranjero como Australia o los glaciares de Argentina.

      Sé que debería únicamente dar gracias y reconocer que, cuestión de suerte o no, la fortuna me sonríe: es sabido que no es fácil vivir en una ciudad tan de grasas trans en precios como lo es Madrid, y aún así nosotras, Nana, las plantitas y yo, nos cuidamos solas con techos y paredes, y un suelo en el que se incluyen hasta terrazas. Soy la chica triste pero no esa chica triste: la mayoría del tiempo ya no estoy llena de estrellas de nieve.

      Solo la idea de que Nana me acompañe un día más justifica mi existencia: No tiene forma de gragea ni jarabe, pero estoy convencida de que su terapia ha sido la mejor de todas las que he probado, que todos esos tiempos en salas de espera silenciosas, frías y vacías de aire; que todos esos tratamientos de mañana, tarde y noche con colores y formas redondas y blancas, alargadas y asalmonadas, de brillantes rosas para subrayar las líneas de mi dentro. Me sigue sorprendiendo que esté a días de cumplir los treinta y cuatro con todas las veces que este desastre me ha mantenido colgando. Quién iba decir que la única forma que mi enfermedad necesitaba tenía cuatro extensiones con almohadillas en su vértice y una naricita de fresa. Cada mañana me despierto con su carita muy cerca de la mía, me toca los mofletes y yo la acaricio y le doy los buenos días, y enseguida caigo en que ese día tampoco me he levantado en el desliz hacia el sustrato, que ya no es mi constante. En mi balance, efecto o síndrome, el que quizás tenga nombre o acaso no, soy una chica a veces triste cada vez con menos a veces: Era así como se vencía a la muerte.


martes, 11 de agosto de 2020

Escribir un bolígrafo


[Al tiempo que transcribíamos esto, el torbellino insistía: no es una poesía, recuerda, soy una disrupción, recuerda. No soy una voz, recuerdaA continuación difundimos lo que pudo captarse del torbellino, rogamos disculpen las fallas y hebras perdidas.]

.

Tengo algo dentro que nunca logra dormirse, desvanecerse. Está tan condensado. 

Como el tronco de un árbol en mitad de un campo de prácticas,
como un átomo entre nubes de hongo.
Como una raíz fuera de lugar, forzada por el huracán.
Arriba abajo gira.

Por dentro. Algo dentro que soy. 
Por dentro hay algo dentro que soy.

Soy

los espacios entre las líneas de las huellas dactilares.
El espacio virtual entre las pleuras.
(¿Qué hay con estar para esto?)
Por dentro soy lo que nunca seré por fuera.

Tan condensado.

Por dentro todas las escenas que nunca llegarán son tu aborto: en tu probeta.
Una palabra para la nada.

La soledad como una hormiga flotando en el mar.
No.
El futuro solo es más grande.

Demasiado escrito para ignorarlo, demasiada memoria para borrarlo.

Todos estos años las mismas letras acopladas a su posición, el mismo espectro inamovible.
Arriba abajo gira.

El pasado es un chivato del futuro
y no lo podré coger, respirar:
El pasado es un chivato del futuro y la memoria un escudo de plomo.
Arriba abajo gira una palabra para la nada.

¿No podría subir y alcanzar la cabeza, por ejemplo?
¿Podría taponar los receptores del dolor,
por ejemplo? 
¿Podría irse antes que yo?
Por ejemplo.

Las imágenes que nunca he visto correteándome por dentro.

En algún momento todo acabará como empezó y parecerá que nunca sucedió nada.
Como una hormiga flotando en el mar. Como la arena entre los muros de los dientes y como la arena sobre la lengua. Como mi boca.

Mi boca que solo se abre en segundo plano.
Mi boca que gesticula sola en otra dimensión.

Mi boca que está tan encerrada en las costillas.

Mi boca huyendo

de la espiral negra,
del agujero negro,
de la ceniza negra.

(Detén la quietud).

Mi boca inútil sin cuerdas vocales.
Mi boca que se esfuerza.
    Que le gustaría que.
               Que quisiera que.
                       Que necesita que.

Mi boca de píxeles que quiere darse forma aquí,
en el corcho blanco,
mi boca, ¿dónde?

(Detén la quietud)

El torbellino, si sangrara, ¿lograría salir? 
El torbellino, si sangrara, ¿volvería a recordarme que tengo ojos?

(Detén la quietud)

Por dentro, hay algo dentro que nunca he visto,
que no logra desvanecerse. 

Necesito unos ojos que me recuerden que tengo ojos.
Una palabra para la nada.
.

[Al tiempo que transcribíamos esto, el torbellino insistía: no es una poesía, recuerda, soy una disrupción, recuerdaNo soy una voz, recuerda. Hemos difundido lo que pudo captarse del torbellino, rogamos disculpen las fallas y hebras perdidas.]



domingo, 2 de agosto de 2020

Escribir un gato

I. El Pájaro.

En el pueblo todo el mundo va ya en coche: Con el coche a por el pan, con el coche acá la Merce, con el coche a buscar el coche. Todos en coche para todo. Todos, menos nosotros. Nosotros mantenemos el viejo carro de mi abuelo, el que chirría solo con ver el suelo, el tirado por el Pollino.
El Pollino es un burro que compró mi padre al Bartolino, hará tres años, pero como lo compró siendo ya adulto, no sabemos qué edad tiene, así que, por si acaso, yo todos los días le canto el cumpleaños feliz y le acaricio un poco el hocico.
A mí me da mucha pena el Pollino, pero es que a mí me dan mucha pena todos los animales que tienen que trabajar a la fuerza para nosotros, me da mucha pena el egoísmo humano. A mí me parece que eso es esclavizar y esclavizar me parece mal, así que suelo ir andando a todas partes y llegar hasta donde mis pies me dejan. Y solo cojo un autobús cuando tengo que ir al colegio.
Sin embargo, no sé por qué, ese día fui con Rique y con mi madre en el Pollino: Rique sobre el Pollino, y mi madre y yo en el carro.
Mi hermano en realidad no se llamaba Rique, sino Enrique, pero como mi padre hablaba raro, así como vocalizando para dentro, todo el mundo le entendía «Rique, Rique», y así se quedó. Por eso Rique decía que se alegraba de no haberse llamado Mariano o Angulo.
A mí me llamaban el Pájaro porque decían que tenía la cabeza como llena de avecillas recién paridas, de las que se caen del nido y parecen desnudadas de piel y de todo, como si le dieran al sol solo el músculo, como criaturillas pequeñas con forma de insectos inyectados en sangre. Y a mí me parecía una imagen espeluznante y por eso me habría gustado llamarme de cualquier otra manera, como Mariano o Angulo, porque cuando me llamaban el Pájaro me sentía con el revés en carne viva y me ardían hasta los brazos y los ojos y las rodillas. Y me daba asco ese apodo y la mala suerte que tenía, porque, de haber tenido buena suerte, a mi padre se le habría entendido «Jaro, Jaro», y con Jaro me habría quedado y, sin embargo, esa suerte se la llevó toda Rique, que nació once meses antes que yo y no me dejó nada.

En fin, yo iba sobre el carro leyendo unos papeles con mis poemas. No eran malos poemas, pero tampoco era buenos. En realidad no eran ni una mijilla de buenos. Ahora que cuento esto, la verdad es que cuanto más los miraba, menos buenos se hacían, y al final solo me gustaron los espacios en blanco. Entonces sentí que debía dejarlos libres y, uno a uno, los eché volar. Y aunque los había visto nacer y todo eso y me daba mucha pena, ya tenían sus patitas y sus alas y yo no tenía que darles el biberón más ni ponerme papillas en el pico, así que ya no iban a ser felices junto a mí y yo no era feliz porque no eran como para quedarse conmigo. Tenían que volver a su hábitat, a desarrollar su naturaleza lejos del ser humano.


II. Por donde habitan las mariquitas.

Mi madre y el Pájaro iban detrás e iban discutiendo, como siempre, porque a mi madre le gusta mucho gritar y está siempre deseosa de encontrar cualquier tema para discutir. Y si piensas que no existe una sola razón para que te regañe, es solo porque a ti no se te ha ocurrido. Pero a ella sí, así que siempre hay un motivo y siempre grita: y te grita a ti o a quien sea, porque yo creo que le da un poco igual, de hecho creo que mi madre nació malhumorada un día y ya no supo estar de otra manera. Al menos así lo recuerdo de estos últimos trece años, que son los que tengo. Aunque, para ser sinceros, de mis trece solo recuerdo ocho. Los cinco primeros me los sé porque mi abuelo habla de todo lo que no preguntas, y yo nunca pregunto por esos cinco años.

Y mi madre gritaba al Pájaro porque este iba tirando cosas, y el Pájaro venga a decirle no sé qué de que tenían que ser libres, como si fueran animalillos, y a tirar y tirar papeluchos. Al Pájaro le llamaban el Pájaro por majaderías como esa, pero yo no me metía. Mientras ellos se decían y gritaban, yo disfrutaba de los hierbajos altos y secos y verdosos, los hierbajos que parecían espigas y no lo eran. Observaba los escarabajos que casi pisaba el Polluelo y las nubes de mosquitos y las nubes en el cielo. Y pensaba que entre toda esa hierba salvaje debía de haber millones de mariquitas descansando bajo las hojas y los pétalos. Si hubiera ido solo, si mi madre no me gritara por lento y mi hermano no me regañara por coger bichos, me habría bajado del Pollino y las habría cogido todas. Y si hubiera ido con el Pompas habríamos contando las manchitas de las mariquitas, a ver quién contaba más, y yo me habría reído de él porque le ganaría y tendría que quedarse mirando mientras yo pescaba, porque como solo teníamos una caña, cada día la usaba solo el que ganara el reto. Y siempre nos inventábamos un reto nuevo, a veces tan fáciles como ver quién encuentra más espárragos por el sendero de la vía, y otros más complicados. Una vez el reto fue subirnos al muro que separa la casa de la Paqui del camino de la higuera, que es alto muy alto y viejo como un bosque y se cae a cachos. Teníamos que recorrerlo a la pata coja, ida y vuelta, y quien lo hiciera en menos tiempo pescaba ese día y el otro se quedaba metiendo el dedo en las lombrices, por pie pezuña. Pero como la Paqui nos pilló, avisó a nuestras madres, y como mi madre siempre quería gritar y gritar vino muy dispuesta y nos puso el culo como manzanas maduras, y ese día no nos tocó la caña a ninguno.

Pero con el Pájaro no se podían perseguir palomos ni coger ranas, y además mi madre habría gritado mucho y se nos habrían escapado hasta las piedras. Y así iba yo, pensando en mariquitas y la caña y el Pompas, aburrido, con la frente arrugada de mirar al frente que nos traía el sol, por donde teníamos que ver el pueblo, y en el pueblo la casa de la Mari.


III. Callejero y doméstico.

Llegamos a casa de la Mari y mi madre se bajó con la docena de huevos blancos y la docena de morenos. Los huevos los había rebuscado yo esa mañana y había dado las gracias a las gallinas mientras mi madre me había gritado que no me entretuviese. Mi madre trocaba huevos por productos de la huerta con la Mari, aunque la Mari no tenía ni tierras, ni huertillo, ni siquiera unas macetas o un jarrón. Pero como ella, su marido, dos de sus hijas y los novios de sus hijas trabajaban en La fábrica y siempre se traían cajas y cajas de tomates y patatas y lechugas y melocotones y otras cosas, siempre les sobraban y siempre se les iban a estropear y siempre nos daban un montón.

Lo llamaban La fábrica o La fábrica de tomate porque al principio solo se dedicaban a fabricar latas de tomate, pero como luego les empezó a ir mejor, abrieron más fábricas e invirtieron en más productos, y ahora puedes ir a trabajar a La fábrica de tomate y pasarte la jornada recogiendo melones o seleccionando picotas. La mayoría aquí trabaja o ha trabajado en La fábrica, porque aquí es difícil encontrar otro trabajo que no sea el del campo.

Por esto, cuando llegaba el verano, nos pasábamos la mitad de las vacaciones poniendo en conserva los productos de la Mari. Y venga a pelar tomate y venga botes al baño María, y venga botes y botes de melocotón en almíbar, y a pelar judías y desgranar guisantes y pelar patatas. A mí me habría gustado que fuera al revés, que fuera la Mari quien nos diera los huevos y nosotros todas las frutas y hortalizas y verduras, y allá ella el tiempo que invirtiera en pelar y lavar y poner al baño María: Yo llegaría a casa y guardaría los huevos y tendría el resto del verano para mí.

Y allí estaba mi madre gritando Mariiiii, y la Mari no respondía. Y otra vez Mariiiiiiiiiiiii, y la Mari que no respondía. Y así hasta que mi madre reguñó algo y maldijo más entre dientes y entró como si la casa fuera suya, porque en mi pueblo y los de alrededor las puertas se dejan abiertas o enganchadas con una cadenilla fina y todo el mundo se fía de todo el mundo, y nadie nunca ha robado nada.
Rique y yo nos quedamos al lado de la puerta, sudorosos y con las mejillas como guindillas, hasta que Rique se aburrió y entramos dentro. La Mari se había quedado medio sorda de chica, porque se cayó de una escalera y se rompió un tímpano y no se acordaba de que le quedaba otro, por eso se llevaba muy bien con mi madre y ni le molestaba el vocerío ni nada. Mi madre y la Mari hablaban de nosotros y el martirio que suponía cuidarnos, mi madre le contaba las trastadas de Rique y las cosas tan raras que tenía el Chico. Para mi madre el Chico era yo porque yo era el pequeño, y yo tenía envidia de mi hermano, porque se había quedado con el nombre que le entendían a mi padre y yo no me quedaba con el que me decía mi madre, y la gente no me conocía como el Chico sino como el Pájaro, y no me lo decían en el sentido de pájaro-pájaro, de los pájaros que vuelan y se lavan las alas con la tierra, ni siquiera con el sentido en que la gente entiende la expresión «ese es un pájaro», sino como al feto que se cae del vientre de la terraza y hace pop contra el suelo, y estaba seguro de que nadie me llamaba el Chico porque mi madre era tan malhumorada y gritona que nadie quería usar sus palabras. 

Y cuando mi madre le hablaba de mí a la Mari, la Mari no hacía más que negar y negar y se le movían las canas de derecha a izquierda. «Más vale que le quites las tonterías y le hagas un hombre de provecho», decía la Mari. Y es que ni mi madre, ni la Mari, ni mi padre, ni mi hermano, ni nadie en mi pueblo, ni siquiera los de alrededor del pueblo, entendían que yo escribiera poemas, y mucho menos que los liberara y los tratara como si tuvieran vida y picos y plumas. Pero yo sabía que había hecho bien en liberarlos, porque aún no había escrito un poema tan domesticable que pudiera quedarse conmigo en casa, y además yo nunca querría tener un poema domesticado, porque yo quería hacer poemas que pudieran vivir dentro y fuera de mí y de mi casa: Yo quería hacer un gato.


IV. Dar caza.

Si esperábamos veinte minutos, el Pompas volvería de la academia de verano. Si mi madre me dejaba esperar al Pompas, yo me quedaría y ella y el Pájaro se volverían a casa con el Pollino y las espinacas, y las lechugas, y los cebollinos y las sandías. Y la Mari me invitaría a comer macarrones y el Pompas y yo bajaríamos al río y nos inventaríamos un reto, y yo me pasaría la tarde pescando y le llevaría bla-blas a la Mari y le diría: «Por los macarrones». 

Los bla-blas es como llaman aquí a los black-bass, y como el Pompas y yo no los sabemos distinguir, llamamos bla-blas a todo lo que no son perca soles, y nos ponemos muy contentos cuando pescamos uno porque desde que introdujeron los perca soles en las aguas, lo invadieron todo y ya casi no quedan bla-blas.

Pero mi madre no me dejó esperar al Pompas solo y tuve que quedarme con el Pájaro, que siempre nos venía con moralinas cuando el Pompas y yo más nos estábamos divirtiendo. Así que pensé que lo mejor sería aparcarle bajo un árbol y que se entretuviera con sus bolis y sus cosas mientras nosotros íbamos acá el Manolo a tirarle piedras a los gorrinos, hasta que apareciera el Manolo y tuviéramos que salir corriendo, riendo y saltando como locos. Y el Pompas diría «¡El último en llegar al río pierde!», y el Pompas perdería, y yo le llevaría bla-blas a la Mari para que cenaran esa noche.

El Pompas llegó diciendo que la perrilla del Cañí, la Tana, había parido y el Pájaro se puso muy contento y dijo que quería verlo, así que allá nos fuimos, nos fuimos aunque empezaba a caer una lluvia gorda de verano, con toda su fuerza y su malaje y su olor a tierra mojada. Cuando llegamos, los cachorrillos estaban mamando de la Tana y ninguno de ellos se tomó a mal que nos plantáramos allí con los zapatos llenos de barro y barro hasta las rodillas y los muslos, ni siquiera a la Tana le molestó que nos chorrearan los pantalones y la camisa, e incluso nos levantó el morro para que se lo acariciáramos. Sin embargo, al Cañí no le hizo tanta gracia que fuéramos y empezó a decir que seguro que estábamos pensando alguna maldad que hacerle a los cachorros, y que no se fiaba de nosotros. Y cuando decía que no se fiaba de nosotros se refería al Pompas y a mí, porque el Pájaro solo se pondría a peinar la barriga de los cachorros y a poner una sonrisa bobalicona mientras les decía que eran unas cosas muy bonitas, y muy pequeñas y que ya les amaba. Pero el Pájaro nunca pensaría desde qué altura puede caer un perrillo sin que se espachurre, o cuánto tardaría uno de ellos en encontrar a la Tana si lo separábamos unos cuantos metros, o si la Tana nos mordería en cuanto intentáramos llevarnos uno, o si podríamos cogerlo aunque la Tana gruñese si uno de nosotros la sujetaba mientras por el rabo. 

El Cañí nos sugirió que fuéramos a por caracoles ahora que había dejado de llover, para que pudiéramos dejar descansar a la Tana, y como prácticamente nos echó y nos quedamos sin nada que hacer, nos fuimos en busca de los caracoles y dejamos al Pájaro husmeando no sé qué por entre los matorrales.
Yo reté al Pompas a ver quién era capaz de coger más caracoles y nos picamos mucho, porque además muchas veces oíamos crac-crac bajo nuestros pies y nos quedábamos sin tres o cuatro caracoles de una sola pisada. Cuando esto nos pasaba siempre estirábamos el cuello por si veíamos aparecer al Pájaro, porque de seguro que se ponía a hacer un entierro a la baba aplastada, y a las conchas de los caracoles, añico por añico, y de seguro-seguro nos cortaría el rollo. Pero el Pájaro estaba lejos y bien entretenido y yo estaba ganando al Pompas y le llevaba diez caracoles de ventaja.
Y fue entonces cuando le vimos, al Pájaro, que venía con las rodillas y las mejillas y los brazos ensangrentados y una sonrisilla de recién enamorado, de mentecato. Iba acariciando un animalillo mojado y de pelo negro. Y el Pájaro nos miró y giró un poco el pecho para que pudiéramos verlo, y el animalillo estaba allí, muy quietecito, las garras retráctiles al tacto del Pájaro, las garras que podían volver a descuajaringarle la cara o amasarle la barriga. Y ese día supimos que el Pájaro nos había ganado: había cazado un gato.


sábado, 28 de septiembre de 2019

Otra Emily Dickinson, ¿es posible?


       Lo que voy a mostraros es una de las cartas de Emily Dickinson, la cual pertenece a sus The Master Letters y es poco conocida. De hecho, Google solo fue capaz de mostrarme una traducción de la misma —bastante mala, por cierto—. No me ha quedado más remedio que ir transcribiéndola desde una conferencia de Laura Freixas —conferencia sobre la que baso la siguiente reflexión—, la traducción es suya y, a mi parecer, bastante más poética y acorde con la figura de Dickinson.

       Poco se sabe realmente de la vida de Emily (El Mito, como la llamaba Mabel Loomis Todd), y poco se sabe de la intención real de estas cartas. Se dice que es imposible fecharlas, aunque la traducción que encontré sí la situaba en el verano de 1861 (yo la situaré, como mínimo, un año más tarde), se dice que no es posible saber si fueron realmente cartas o si fueron borradores de estas (jamás enviados); se especula sobre quién sería o hubiera sido su destinatario (y se barajan dos opciones: Samuel Bowles y Charles Wadsworth), se piensa también que pudieron ser una especie de ejercicio literario, sin más.

       Lo que sí se dice, y todos parecen coincidir, es que tiene forma de carta de amor. Es más, la traducción que os comento la encontré como «carta de amor de Emily Dickinson», no digo más.

       Sin embargo, tras leer y escuchar sobre la excéntrica Dickinson, esa mujer que se fue aislando en su habitación (al estilo de Una habitación propia que proponía Virginia Woolf), rechazando cada vez más recibir visitas (recordemos que para una mujer de su posición social solo existían tres opciones: niña, ángel del hogar (dedicación exclusiva a la casa, marido e hijos) y loca. Sabemos que ya no era niña —por mucho que lo interpretara ante Thomas Higginson cuando este fue a conocerla a Amherst—, sabemos que renegaba de convertirse en un ángel del hogar y recordemos, como señalaba Freixas, aquel verso suyo que decía I'm nobody: «Soy nadie»; esto no nos dejará dudas de qué papel aceptó, de su alejamiento de la vida social (aislamiento) y nos ayudará, además, a comprender mejor el texto que se viene); y viendo lo que esconden sus versos, los subterfugios que había que emplear en la época victoriana si eras mujer para, simplemente, hablar de ciertos temas, he llegado a una interpretación bien distinta. De seguro ningún estudioso de la vida y obra de Emily estará de acuerdo, quizás quien lea este texto tampoco, pero como nunca llegaremos a saber la verdad, yo me he propuesto crear la mía.

       Compartiré primero la carta limpia para que se juzgue sin mácula, después pasaré al análisis.

«A un destinatario desconocido:

       Señor, si viera usted una bala alcanzar a un pájaro y él le dijera que no le han disparado, podría usted llorar ante su cortesía pero, ciertamente, dudaría de su palabra. Una gota más herida en la herida que mancha el pecho de su Margarita. ¿Entonces creería usted? La fe de Thomas en la anatomía era más fuerte que su fe en la fe. Dios me hizo, señor, no fui yo sola, no sé cómo fue hecho. Él construyó en mí un corazón. Pero el corazón se hizo más grande que yo y, como la madrecita con un bebé rollizo, me cansé de sostenerle. Soy más vieja esta noche, señor, pero el amor es el mismo, igual que la luna creciente, si hubiera sido voluntad de Dios que yo respirase donde usted respira ahora, y encontrase el lugar yo misma por la noche, si nunca puedo olvidar que no estoy con usted, y que la pena y la escarcha están más cerca de usted que yo, si deseo con una fuerza que no puedo reprimir ocupar el lugar de Reina, el amor del Plantagenet es mi única disculpa.

       ¿Tiene usted un corazón en su pecho, señor? ¿Está colocado, como el mío, un poco hacia la izquierda? Dice usted que no se lo digo todo, Margarita confesó y no lo negó. Los Vesubios no hablan; los Etnas, tampoco. Uno de ellos pronunció una sílaba hace mil años, y Pompeya lo oyó y se escondió para siempre.

    No sé qué puede hacer usted por ello. Gracias, señor, pero si yo tuviera barba en las mejillas como usted, y usted tuviera los pétalos de Margarita y se interesara por mí, ¿qué sería de usted?

       Pensaba yo que cuando muriese podría verle, de modo que me morí lo más deprisa que pude. Esperé mucho tiempo, señor, pero no puedo esperar más hasta que en mi cabellera castaña haya hebras blancas y usted lleve bastón. Entonces puedo mirar mi reloj y, si el día ha reclinado mucho podemos arriesgarnos a ir al cielo, ¿qué haría usted conmigo si yo llegara de blanco? ¿Tiene usted un cofrecillo para meter dentro a los vivos? Quiero más verle, señor, que todo lo que deseo en este mundo y el deseo, un poco cambiado, será mi único deseo para los cielos.

       ¿Puede usted venir a Nueva Inglaterra, vendría usted a Amherst, querría venir, señor? ¿Margarita le decepcionaría? No, no le decepcionaría, señor, sería un consuelo para siempre solo mirar su rostro mientras usted mirase el mío. Entonces podría jugar en los bosques hasta que cayera la noche, hasta que usted me llevara donde el ocaso no pueda encontrarnos.»



       Tras leerla sí parece de primeras una deliciosa carta de amor, ¿verdad? Pero sucede que hay muchos puntos que me llevan a pensar que no es sino una envoltura, encubrir algo que, en su condición de mujer (y esto era bien sabido por ella), no habría podido decir: Pienso que esta carta podría ir dirigida, en realidad, a Thomas Higginson y que, en ella, se queja, como alguna vez hizo con su amiga Susie (Susan Huntington Gilbert Dickinson, también llamada Sue), de la dificultad que la mujer arrastra en la literatura por el simple hecho de eso mismo: ser mujer.

       Nos situamos en abril de 1862, Thomas Higginson, crítico y editor, publica en The Atlantic Montly una especie de llamamiento (Letter to a Young Contributor) incitando a que envíen sus escritos a la revista. El 15 de abril de ese mismo año, E.D. responderá enviando cuatro poemas.

       Es la primera vez que E.D. envía sus escritos: algo inaudito y, además, aumentado por el hecho de que sea a un desconocido. Sin embargo, no lo hará con intención de ser publicada, sino por el mero interés de saber si lo que escribe, pasado por el filtro de quien supuestamente sabe de literatura, tiene algún valor —«Señor Higginson, ¿está usted demasiado ocupado para decirme si mi Verso está vivo?», escribirá—. No se tiene la respuesta original de Higginson (en el siglo XIX se quemaban todas las cartas recibidas por una persona cuando esta moría), pero por futuras respuestas que E.D. le enviaría, se deduce que este le debió decir algo así como que su poesía era espasmódica, incontrolada.

       Y bien, puestos ya en contexto histórico, entro en harina y voy directamente al texto:

«Una gota más herida en la herida que mancha el pecho de su Margarita». 
Se sabe que E.D. planteaba la cuestión de sexo (hombre y mujer) con la distinción de dos soles: El hombre, el poseedor del poder más pleno, sería el Sol mismo: grande, brillante. Y la mujer, por el otro lado, sería un sol en miniatura, un sol que encontraba Dickinson en el centro de las margaritas. De ahí que se meta a sí misma bajo ese sobrenombre.

«Dios me hizo, señor, no fui yo sola, no sé cómo fue hecho. Él construyó en mí un corazón»
Esto cae directamente sobre un punto ya expuesto con anterioridad, la imposibilidad de las mujeres del siglo XIX para hablar abiertamente sobre temas como el sentimiento amoroso o la sexualidad, una forma que tuvo Dickinson para excusarse fue no echarse a sí misma la culpa: sino hacerlo a la voluntad de Dios. (Cuando Dickinson se describe en una carta a Higginson le confesará que, en su casa, todos menos ella son creyentes).

«Pero el corazón se hizo más grande que yo y, como la madrecita con un bebé rollizo, me cansé de sostenerle» (…) «pero el amor es el mismo, igual que la luna creciente, si hubiera sido voluntad de Dios que yo respirase donde usted respira ahora, y encontrase el lugar yo misma por la noche, si nunca puedo olvidar que no estoy con usted, y que la pena y la escarcha están más cerca de usted que yo» (…) «¿Tiene usted un corazón en su pecho, señor? ¿Está colocado como el mío un poco hacia la izquierda? Dice usted que no se lo digo todo, Margarita confesó y no lo negó».
Son estas palabras, principalmente, las que me llevaron a esta nueva interpretación: la lejanía del tema amoroso y el acercamiento a la queja sobre la falta de libertad que sufrían las mujeres victorianas (aunque tampoco la actualidad ha resuelto bien este problema, ¿verdad?).
El corazón de Margarita se hace más grande, es decir, ya no es un sol en miniatura que yace en el centro, cubierta de pétalos blancos, sino que ha crecido, se ha hecho Sol: se ha hecho hombre. Porque los hombres eran quienes realmente podían escribir y E.D. quería gozar de los mismos privilegios de estos. Estaba cabreada y respetaba muy poco que se diferenciara a la literatura por temas tan banales como ser hombre o mujer. Ejemplos de ello los tenemos en numerosas cartas que le enviaría a su gran amiga Susie:

«Así, ya ves, tengo que escribirte, desde abajo, a ras de tierra, sin atardeceres, ni estrellas; sin una pizca de crepúsculo que convertir en poema — ¡para enviártelo! Pero sí habrá misterio y aventura en el viaje de esta carta hasta tus manos — piensa en los valles y colinas, en los ríos que habrá de atravesar, y en los conductores y revisores que se esforzarán por entregártela lo antes posible; ¿y no compone acaso todo eso tal poema que nunca podrá escribirse?» 
Es decir: Tengo que ser inferior por ser mujer, tengo que disfrazar lo que quiero decir para decirlo.

«Qué haré, Susie — no hay espacio suficiente, ni la mitad siquiera para contener lo que iba a decir. ¿No le dirás al hombre que fabrica las hojas de papel que no le tengo el más mínimo respeto?»

Ese hombre que puede publicar libremente: no fabricar hojas de papel en sí mismas, sino textos literarios, obra.

O, cuando su padre y Susan se encontraban en un congreso en Washinton, al que Emily no pudo asistir (nuevamente, por ser mujer), escribiría con amargura: «¿Por qué no puedo ser yo delegada al gran congreso, acaso no lo sé todo sobre Daniel Webster, y la tarifa y la ley?» (…) «No me gusta nada este país, y no me voy a quedar aquí más tiempo».

Emily señala que, a pesar de las diferencias corporales, su fondo es el mismo, es una persona de mismo corazón, situado exactamente en el mismo espacio del hombre (a excepción de quienes padecen dextrocardia, pero imagino que Dickinson no estaba pensando en medicina precisamente). Se queja y no puede olvidar que sean los hombres quienes pueden hacer gala de ello, que ellos están más cerca de las letras, de la exposición de los sentimientos, que son ellos quienes pueden respirar (y hacerlo con libertad), y hablar de sus penas y sus temores sin tener que usar una máscara, una metáfora, una caja ataúd. «Dice usted que no se lo digo todo» Pero ella, mujer, lo está diciendo, parece que no porque lo esconde con palabras y palabras, pero está confesando ese malestar, esa condena impuesta por la sociedad hacia las mujeres.

«Los Vesubios no hablan; los Etnas, tampoco, uno de ellos pronunció una sílaba hace mil años y Pompeya lo oyó y se escondió para siempre». 
En esta clara referencia a Jane Eyre, obra de Charlotte Brontë, alude al hecho de que la mujer traga y traga sus sentimientos, lleva en su interior la lava y, si alguna vez el volcán explota, es decir, si se atreve a expresarse, la sociedad se encargará de hundirla hasta el momento de su muerte.

«Pero si yo tuviera barba en las mejillas como usted, y usted tuviera los pétalos de Margarita y se interesara por mí». 
Es decir: si yo fuera hombre, ¿se tomaría mi literatura en serio? ¿Se me tomaría al fin en cuenta?

«¿Qué haría usted conmigo si yo llegara de blanco?» 
Una de las excentricidades de Emily Dickinson era vestir siempre de blanco. Se le han dado muchas interpretaciones: de energía (lo que en español traducimos como al rojo vivo en inglés es white heat: ya que al calentar el metal, este se pone blanco), de considerarse un ser fantasmagórico, solitario; se ha dicho que no es más que una referencia a la asociación de la época mujer-blanco como símbolo de pureza, de novia, de monja, de ángel (el Ángel del hogar que E.D. tanto aborrecía y al que no quería sucumbir —a Sue le escribiría precisamente sobre ello empleando esa misma palabra: el miedo que tenía de sucumbir ella misma, de someterse a un hombre, convertirse en su esposa y tener que cuidar de él, la casa, los niños, y nada de ella misma ni de las letras), como una página en blanco y, otras dos que son las que a mí me encajan con el texto: virginidad y mortaja.

    Virginidad porque hasta el envío a Higginson de sus cuatro poemas, Dickinson no había enseñado nada al mundo, mortaja por considerar que está condenada a la muerte porque son letras de mujer. ¿Condenaría Higginson su talento a la muerte, le negaría la crítica por su condición?

«¿Tiene usted un cofrecillo para meter dentro a los vivos?» 
¿Le respondería igual si hubiera sido un hombre? ¿Tiene acaso la intención de responder si sus poemas están vivos, puede al menos criticar a los que respiran, aunque sea mujer?

«Esperé mucho tiempo, señor, pero no puedo esperar más hasta que en mi cabellera castaña haya hebras blancas y usted lleve bastón, entonces puedo mirar mi reloj y, si el día ha reclinado mucho podemos arriesgarnos a ir al cielo» (…) «Entonces podría jugar en los bosques hasta que cayera la noche, hasta que usted me llevara donde el ocaso no pueda encontrarnos». 
¿Podría Emily esperar a que la sociedad cambiase?
Para Emily, como escribiría en otra de sus correspondencias con Susan, correr en los bosques aludiría a la infancia, el único periodo en el que, para ella, una mujer podía ser libre. ¿Viviría alguna vez una sociedad que le diera tal libertad, la misma que a los hombres? Ojalá hubiese sido niña y siempre niña, donde la oscuridad que acecha con la edad madura: la sumisión al hombre, el ocaso, no la alcanzara nunca.


«Quiero más verle, señor, que todo lo que deseo en este mundo y el deseo, un poco cambiado, será mi único deseo para los cielos. ¿Puede usted venir a Nueva Inglaterra, vendría usted a Amherst, querría venir, señor? ¿Margarita le decepcionaría? No, no le decepcionaría, señor, sería un consuelo». 
No hay nada que deseara más que eso, un ocaso que no alcanzara nunca más a ninguna mujer: quería la libertad, un deseo un poco cambiado, cambiado de sexo: de que en lugar de ser solo para el hombre, fuera para ambos.
¿Podría el hombre ponerse en los pies de Emily, llegar a donde vive como vivencia de sí misma, como mujer (cuando le dice si llegaría a Nueva Inglaterra, a Amherst), y leerla como leería si no supiese quién es, si pensara que es un hombre? Encontraría que no por ser quien es, lo que es, el lector se decepcionaría, pues las mujeres pueden escribir tal como escriben los hombres y, si esta memez de diferenciar se diluyera, sería un gran consuelo.
Porque entonces todas las mujeres podrían.

martes, 6 de marzo de 2018

Nadia Anjuman: nacer en el peligro de ser mujer

    Parece mentira, pero aquellas escritoras sobre las que hablara Stefan Bollman en Las mujeres que escriben también son peligrosas (Maeva Ediciones, 2007) no fueron las únicas que tuvieran una vida complicada por querer adentrarse en un terreno de hombres.

    Si nos acercamos a nuestra actualidad, a 2005, encontraremos un cuerpo muerto —un cuerpo de mujer—, a manos de su marido. ¿Por qué? Por publicar un poemario.
Os hablo de Nadia Anjuman.

    Nadia Anjuman, poeta y periodista, nace en Afganistán en 1980 y reside en Herat, capital cultural y artística del país. Herat fue la cuna del Club Literario de Herat, que vería —como afirmó Ahmed Said Agigi (también conocido como Ahmed Said Haghighi), presidente del Círculo Literario de Herat fundado en 1920— cómo en los años noventa los talibanes destruían con fuego todos los libros y estatuas y encerraban a las mujeres. Quienes quedaran como miembros del club serían torturados y condenados a muerte por el simple hecho de escribir.

    Era aquel un grupo mixto, en el que a pesar de todo las mujeres eran separadas para realizar sus propias reuniones.

    Tres veces por semana, bajo un cartel en el que podía leerse La aguja de Oro, las mujeres se reunían para realizar, supuestamente, lo único que el Régimen Talibán les permitía hacer: coser y bordar. Por entonces las mujeres tenían prohibido estudiar —Nadia vio su educación interrumpida durante dos años gracias al veto de aprender a leer o a escribir, incluso si era el padre quien enseñaba a su hija a escribir, este era condenado a pena de muerte por ello—, tampoco podían trabajar, reírse en voz alta o maquillarse.

    Pero aquellas mujeres de La aguja de Oro introducían en el Club de Costura, escondidos bajo sus burkas, bolígrafos y papeles donde poder escribir y ser instruidas —por el ya nombrado profesor Ahmed Said Agigi— sobre algunos autores prohibidos en Afganistán, como James Joyce, Shakespeare, Dostoievski, Balzac, Dickens o Nabokov; autores por los que, de haber sido descubiertas, habrían sido condenadas a la horca.

    Nadia Anjuman sería una de esas mujeres-poesía que esquivaría las estrictas prohibiciones de sus contemporáneas, reivindicando en sus versos no solo temas amorosos, sino la tremenda situación opresora a la que estaba sometida la mujer afgana. Así, en un fragmento de una de sus poesías se puede leer:

              «Estoy enjaulada en esta esquina
              llena de melancolía y pena...
              Mis alas están cerradas y no puedo volar.
              Soy una mujer afgana y debo lamentarme

    En 2005, siendo aún estudiante de la Universidad de Herat, Nadia Anjuman publica su primer libro: Gul-e-dodi (Flor Roja Oscura), que supondría su principio del fin.
A excepción de su hermano, Mohamed Shafi, que veía en su hermana una pionera de la poesía afgana, la familia vivió aquello como una deshonra cuando empezó a ser divulgado y reconocido no solo en Afganistán, sino también en otros lugares como Irán o Pakistán.

    Nadia Anjuman fue golpeada en la cabeza por sus familiares y su marido, Farid Anjuman —con el que su propia familia había forzado a casarse— hasta la muerte.

    Tenía Nadia un hijo de seis meses, Bahram Said. Un niño que no solo habrá visto a su madre siendo asesinada por el hecho de ser mujer, sino que habrá visto cómo aún siendo esta barbarie condenada por las Naciones Unidas y habiendo ingresado la suegra de Nadia en prisión, el principal culpable —su propio padre—, pasaría únicamente un mes en la cárcel; estando ahora en libertad y, aún peor, con su custodia. Farid Anjuman reconocería haberla golpeado, pero no asesinado. Desde la prisión, Farid diría:  «No he matado a Nadia. ¿Cómo iba a matar a alguien a quien yo amaba? Tuvimos una pequeña discusión y solo le di una bofetada en el rostro, una sola vez. Se fue a otra habitación y cuando volvió me dijo que había tomado veneno. Me dijo que me perdonaba por abofetearla y me suplicó: “No le digas a nadie que tomé veneno; diles que morí de un ataque al corazón.»

Para Farid Anjuman, Nadia murió por suicidio. Eso sí, tanto él como la familia impidieron que se realizara la autopsia.

Un poema de Nadia Anjuman:

Un llanto sordo

El sonido de las verdes huellas está en la lluvia
nos llega desde la carretera
almas sedientas y faldas polvorientas llegaron del desierto
su ardiente respiración y el espejismo fundido
de sus bocas secas y de polvo cubiertas
nos llegan, ahora, desde la carretera
sus atormentados cuerpos, chicas criadas en el dolor
La alegría alejada de sus rostros
corazones viejos y alineados de grietas
no surgen sonrisas en los inhóspitos océanos de sus labios
ni una lágrima brota del seco cauce de sus ojos
¡Oh, Dios!
¿Podría ignorar si sus sordos llantos que saltaron del cielo
alcanzan las nubes?
El sonido de las verdes huellas está en la lluvia.

Retrato de Nadia Anjuman


miércoles, 28 de febrero de 2018

Marcos Ana, una casa sin llaves

Cuando le preguntaban a Marcos Ana si sentía rencor por lo vivido, sus injustos años encerrado en aquel diminuto hueco abarrotado, a la vez que se veía forzado a memorizar por el patio sus poemas para transcribirlos de noche, escondido y bajo luz escasa, ingeniando siempre cómo sacar su profundidad a la vida; él respondía «No».

A menudo, cuando hablo con ella —digamos anónima— empieza a volverse loca conmigo:
«¿Pero por qué insistes en poner la otra mejilla? Siempre intentando hacer la vida de los demás mejor, más fácil, incluso cuando eso implica hacerte más difícil o peor la tuya. ¿Y dónde estuvieron todos cuando los necesitaste? ¿Vio alguien lo que hacías? ¿Es que no te han insultado suficiente, no te han abandonado suficiente, no te han pisoteado suficiente?».
Esto volvió a ocurrir hace escasamente tres días.

Entonces, yo miro los ojos en flor de anónima y pienso: «Entiéndeme. Yo quiero estar en el bando de los Marcos Ana. Quiero sentir mi puerta abierta, hacer del encierro un pájaro y llenar de palabras mi menudísima memoria, pequeños poemas que extiendan la prisión y la vida. Quiero ser un Marcos Ana, anónima, sin rencor. Sentir que una cárcel no puede eliminarme, porque solo puedo ser libre siendo yo, incluso cuando me hundo».

Mi casa y mi corazón
(sueño de libertad)

Si salgo un día a la vida
mi casa no tendrá llaves:
siempre abierta, como el mar,
el sol y el aire.

Que entren la noche y el día,
y la lluvia azul, la tarde,
el rojo pan de la aurora;
La luna, mi dulce amante.

Que la amistad no detenga
sus pasos en mis umbrales,
ni la golondrina el vuelo,
ni el amor sus labios. Nadie.

Mi casa y mi corazón
nunca cerrados: que pasen
los pájaros, los amigos,
el sol y el aire.

—Marcos Ana, Decidme cómo es un árbol, Memoria de la prisión y la vida, Ed. Umbriel 2007©, ISBN 978-84-89367-40-1.

Y mientras vivió, devuelto de nuevo al mundo, lo cumplió.
Siempre abierto al momento, a una visita, a una charla, Marcos Ana ya no tuvo que esconder un lápiz con palabras dentro de su calcetín, consiguió al fin su casa sin llaves. Pájaros, sol y aire.