jueves, 23 de marzo de 2017

Amor y odio más allá de la muerte

    El año pasado, durante mi visita a la casa-museo de Charles Dickens en Londres, hice esta fotografía (que introduzco al final del texto). El anillo estaba situado prácticamente al lado de otro: el anillo que Dickens regaló a Catherine Thompson Hogarth para su compromiso, lo que daba al entorno un extraño aura apocalíptico y voy a explicar el porqué, porque cada vez que lo veo vuelve a llamarme la atención.
    Corren muchos rumores acerca de por qué Charles Dickens y Catherine Hogarth terminaron separándose públicamente en 1858 (aunque, que Dickens tuviera una amante —Ellen Lawless Ternan, veintisiete años más joven— fuera sin duda el motivo definitivo), de hecho, ni siquiera parece que comenzaran con buen pie: Ambos se conocieron en febrero de 1835, durante la fiesta que Dickens celebraba por su vigésimo tercer cumpleaños —recordemos que Catherine era hija de un editor para el que Dickens trabajaba y, por lo tanto, no es de extrañar que ambos se reunieran bajo ese mismo espacio—; unos días después, un primo de Catherine le asegura que «Dickens mejora mucho con el trato»... una aseveración que así de primeras nos hace intuir que a Catherine no le entraron precisamente por el ojo las formas del escritor, ya que parece una respuesta a una réplica de Catherine respecto a su persona. Pero así se lo escribe su primo y, como una epifanía así debió de ser [que para Catherine, Charles Dickens fuera «mejorando con el trato»], pues el 2 de abril de 1836 ya estaban celebrando su boda... y vivieron felices, tuvieron hijos —nada menos que diez— y se sostuvieron en un matrimonio que, para qué negarlo, estuvo lleno de mentiras (mucho habría que decir al respecto sobre Dickens, pero vamos a centrarnos en el tema que nos ha traído aquí)... y así hasta que no soportaron vivir bajo el mismo techo.
    Y ahí es donde entra en juego el anillo de la foto, pues es un símbolo muy turbio que encierra parte de lo que sucedió a partir de ese evento, y voy a exponerlo de forma muy breve porque no precisa de más palabrería: Tras la ruptura, Georgina —la hermana de Catherine— decide mantener a Dickens como su casero y, años después, tras la muerte de Dickens, Catherine envía este anillo como regalo a su hermana que «la había abandonado»: Un anillo en forma de serpiente implicándola por su traición. Y así es como quedan un anillo de compromiso y un anillo de rencor compartiendo vitrina en un museo.

Más allá de la vida, parece.


domingo, 5 de marzo de 2017

La vida es sueño


«…Porque la vida es sueño; y los sueños, sueños son».

¿Quién no recuerda y relee extasiado este soliloquio de Segismundo en la obra de Calderón de la Barca? ...Sí, lo relamemos con gusto porque son temas que nunca pierden vigencia: vida, sueño… nuestra propia vida, nuestros propios sueños...
¿Y qué son nuestros sueños sino nuestras identidades ocultas, nuestras metas irracionales e inalcanzables, sino la proyección en el presente de las diapositivas que silenciamos en el pasado?
   No, los sueños no son solo los paréntesis donde volamos o buceamos sin la imposición que nos marque el límite de nuestra capacidad pulmonar, no es simplemente habitar el cuerpo de los animales o conocer esa figura por la que derramamos nuestras babas, no es solo visitar un imposible. En los sueños también se comprende, y se comprende porque no nos estancamos en un escenario único y así logramos, sin óbices, alcanzar una visión global de los hechos.
   Despiertos nada nos aleja de Segismundo: nos lamentamos en la misma cárcel, cautivos en una oscuridad tal que no se nos permite saber ni quiénes somos… Pero en los sueños… ¡cómo salimos de esa cárcel, de qué manera estamos tan pronto en Mojácar como riéndonos de los pomposos barcos de Puerto Banús!

                   «Mira esos dos, nunca han podido exprimir, no han tenido que pasar
                   las vacaciones en una habitación prestada de un antiguo hotel, han 
                   recibido sus camas descomunales sin darles importancia ni gloria en 
                   lugar de pensar con qué construir un nido donde permanecer juntos y 
                   abrazados, qué lástima, no han podido experimentar ese aliento de 
                   pensar juntos hasta ser solo un uno inseparable, nunca alcanzarán 
                   nuestra unión».

   Y al echaros en la cama, arropados con la reminiscencia del amor más profundo, apareces de nuevo en solitario, en el barrio de tu infancia, en los fantasmales rincones de tus antiguas casas… y acaricias por primera vez a tu compañera felina ¡más de un año antes de haberla acariciado, un año antes de que su existencia estuviera siquiera pensada! y entonces gritas, te ves gritando al nubarrón negro todo lo que respetuosamente callas, ves cómo se difumina el error más grave de tu vida y te sientes protegida, a pesar de la ira, a pesar del asco, a pesar del miedo... porque no existe el tiempo, no hay lugar, todo se mezcla en un punto expansivo y no se encierra, por tanto, un sentimiento exclusivo, sino que todos los sentimientos cohabitan en comunión con su contrario. 
   Y si en los sueños existe todo lo que en nuestra consciencia atamos —el odio, el amor— y la vida es sueño; y los sueños, sueños son; entonces sueño y vida son extremos que se tocan: porque solo sin reprimir ninguna isla —esa «fiera condición, / esta furia, esta ambición»— podremos observar y naufragar tranquilos todas las zonas de nuestros mapas. Solo al borrar nuestras fronteras «en un mundo tan singular» como es el que vivimos; encontraremos, al fin, el hombre libre.

                  Imagen relacionada

viernes, 24 de febrero de 2017

El mundo que soñó Van Gogh

Fragmento de una carta de Vincent Van Gogh a su hermano Theo:

La Haya, 2 de enero de 1883.
(...) «Precisamente porque busco y porque quisiera mantener una amistad verdadera me es tan difícil resignarme a una convencional.
Cuando por ambas partes existe el deseo de vivir en amistad, si de vez en cuando no se está de acuerdo, uno no se resiente tan fácilmente, o, si se resiente, se repone pronto. Pero cuando se es convencional, es casi inevitable que se produzca la amargura, precisamente porque uno no puede sentirse libre, y mientras no se dé curso a los verdaderos sentimientos, éstos bastan para dejar recíprocamente una impresión desagradable y duradera, y se debe desesperar de la posibilidad de llegar a significar algo el uno para el otro. Donde hay convencionalismo, hay desconfianza y de la desconfianza nacen toda clase de intrigas. Y con un poco más de sinceridad la vida resultaría mutuamente más fácil.
Sin embargo, uno se acostumbra a las situaciones existentes, pero esto no es normal, y si fuera posible retroceder de golpe treinta, cuarenta o cincuenta años, creo que nos sentiríamos más cómodos entonces que ahora; es decir, que tú y yo, por ejemplo, nos sentiríamos más a gusto. En cincuenta años, creo, no se querría vivir esta época. Porque si ha de originar una época de decadencia, acabaremos muy embrutecidos para reflexionar, y si se produce un cambio para bien, «tanto mejor».
Yo no creo que sea absurdo creer que es posible que vuelva a haber una especie de época rococó, porque esto que, en la historia de Holanda, se ha llamado época rococó, se ha originado en el relajamiento de los principios y en la sustitución de lo verdadero por lo convencional. Cuando los holandeses quieren, surgen los síndicos de los pañeros, pero cuando la sal pierde su sabor viene una época de decadencia. La historia prueba que no viene de golpe, pero que puede suceder."


     En las fechas en las que esta carta fue escrita, Van Gogh andaba bastante decepcionado con la realidad que había encontrado en el «mundillo de artistas» con el que tanto había soñado y al que tanto había ansiado acercarse, de ese modo se lo señaló a su hermano en más de una ocasión: 
(...) «Me estuve acordando del año pasado, cuando llegué a esta ciudad. Me había imaginado que los pintores formaban una especie de círculo o asociación donde reinaban el calor, la cordialidad y una cierta unanimidad. Esto me parecía muy natural y no sabía que pudiera ser de otra manera. No quisiera perder las ilusiones que alimentaba a este respecto cuando vine, aun cuando deba modificarlas y hacer la distinción entre lo que es y lo que podría ser.
No podría creer que es un estado natural el que haya tanta frialdad y desacuerdo. ¿A qué se debe? No lo sé, y no tengo autoridad para examinar esta cuestión (…)».

     …Y puestos en situación, me pregunto, ¿es esto algo inherente al mundo del arte, se lleva sobre los hombros como algo inmortal e inflexible? El eterno menosprecio, la imperecedera falta de empatía y espíritu, ¿siempre empapa al hombre con esa visión del ser único, único y central sobre el mundo?
     Recuerdo casi con cariño mis primeros acercamientos al «mundo poético»; esa exaltación que sentía, casi como sumergida en un fenómeno fan de adolescente, al esperar durante horas en la puerta de alguna librería, biblioteca, o incluso bar para escuchar poesía. Recuerdo casi alegremente las primeras veces que tuve la ocasión de hablar con algunos de esos poetas que me gustaban y que tanto admiraba por entonces, mis primeros contactos con cierta gente de este entorno que —incluso a veces sin escribir ni un punto y coma de poesía— disfrutaba con ella y con la que podía, por tanto, compartir mis gustos y neonatos pensamientos, lo recuerdo casi como si de repente volviera a tener mi cara roja y mis manos sudadas y temblorosas. Pero también recuerdo el sonido de cristales desperdigándose por el suelo a medida que fue pasando el tiempo, aún siguen sonando: la tapa metálica sigue haciendo círculos en el suelo tras la caída.
    Quiero decir, ¿es siempre así, es necesario mantener esta amistad de careta y convencionalismo? Es bastante lamentable reconocer que cuando mejor me han tratado, o cuando más integrada he estado, ha sido cuando he estado cerca de «personas influyentes» en este 
«mundillo», como si se separase a mi persona de mi cuerpo, de mi esencia humana, y se me redujera a ser nada más que un pequeño escalón que diera paso al gran escalón, desde el que poder mirar desde más arriba (¿cómo de absurdo parece esto?); pero sí, cuando mejor me han tratado ha sido cuando no sabían que yo era otra nadie, otra sin cara ni nombre ni estrella. 
    Comparemos esto con otros «mundillos»: 
Nunca me han dicho: «estás conmigo porque soy piloto y quieres viajar gratis por el mundo», ni siquiera cuando trababa a mi, por entonces, novio piloto de una forma ciertamente reprochable...
Nunca me han dicho: «estás conmigo porque soy cocinero y quieres comer rico sin manchar ni una sola sartén con tus manos», y eso que es bien sabido mi eterno odio por la cocina y el delantal...
Pero ¿cuántas veces me han dicho: «Te acercas a mí solo porque escribo»? ...No las puedo contar.
    Por eso, que Van Gogh señale justo el retorno de una época rococó me resulta tan esperanzador si se extrapola a las relaciones y, de este modo, a la amistad; pues ¿no sería bella una amistad no dirigida a los dioses o a los monarcas de la poesía sino a la sociedad sin huella ni firma, a los individuos todos que compartimos asuntos genéticos e históricos y nada especial por lo que ser enmarcados en la memoria, que compartimos un mismo gusto sobre una extensa gama de diferentes poéticas o, incluso, que estamos en discordia sobre algunas de ellas, pudiendo debatir sanamente sin pretensiones, ni alzas, ni exilio, ni miradas-cuchillo? Una amistad pura y sincera y mundana.
    Me pregunto: ¿es necesario mantener con vida este «mundillo» superficial y agotador, es necesario coger lo bello de las expectativas y romperlas; como copos de nieve que se parten al desaparecer por el pequeño hueco de las alcantarillas... o podemos crear otro nuevo?

«Precisamente porque busco y porque quisiera mantener una amistad verdadera me es tan difícil resignarme a una convencional» «La historia prueba que no viene de golpe, pero que puede suceder».

    Por ello quisiera recuperar el entusiasmo y la inocencia que sentí una vez por la poesía, crear ese mundo de unión y autenticidad, volver a poner colores y palabras sobre el blanco sucio... revivir el mundo con el que soñó Van Gogh.

Fuente: VINCENT VAN GOGH, La Haya (diciembre de 1881- septiembre de 1883), 2 de enero de 1883, Cartas a Theo, prólogo de David García López, Alianza editorial, España, 2008, páginas 131-133.

                                                 De Loving Vincent, primera película «al óleo» 
                                                                             sobre Vincent Van Gogh.

jueves, 23 de febrero de 2017

La tristeza de Zola

Antes de traicionar a su amigo de infancia, Paul Cézanne, al presentarle en La obra como un personaje ciertamente decadente, Zola mantuvo una correspondencia regular con el pintor. Su amistad fue ejemplar hasta entonces: Zola ayudó económicamente en numerosas ocasiones a Cézanne, le apoyó y animó en su arte, le mantuvo al tanto de lo que escribía, lo que sentía... expongo aquí fragmentos de algunas de esas cartas, por aquellos tiempos, con un Zola herido que aún podía confesarse a Cézanne sobre el podrido mundo del arte, por el precio de exponer sus propios pensamientos al público...:



París, 20 de mayo de 1866, Zola a Cézanne:

«Hemos agitado un tremendo número de ideas, hemos examinado y rechazado todos los sistemas y, después de tan ardua tarea, nos hemos dicho que, fuera de la vida potente e individual, no hay más que mentira y memez.
¡Dichosos los que tienen recuerdos!
(...)
» Nosotros vivíamos en nuestra sombra, aislados, poco sociables, deleitándonos con nuestros pensamientos. Nos sentíamos perdidos en medio de la multitud complaciente y ligera. Buscábamos hombres en todas las cosas, queríamos encontrar en toda obra, cuadro o poema, un acento personal. Afirmábamos que los maestros y los genios son creadores que, cada cual a su manera, han creado un mundo de la nada, y rechazábamos a los discípulos, a los impotentes, a aquellos cuya tarea consiste en robar de aquí y de allá alguna migaja de originalidad.
» ¿Sabes que éramos unos revolucionarios sin saberlo? Yo acabo de decir de manera resonante lo que nosotros hemos estado diciendo durante diez años en voz baja. El ruido de la querella te debe de haber llegado, ¿no es cierto? Ya has visto qué acogida han tenido nuestros caros pensamientos. Ah, aquellos pobres chavales que vivían sanamente en plena Provenza bajo su sol anchuroso, y que incubaban tanta locura y tanta mala fe...
Pues —tú lo ignorabas probablemente— yo soy un hombre de mala fe. El público ha encargado ya varias docenas de camisas de fuerza para llevarme a Charenton.
(...)
»Esto es lastimoso, mi querido amigo; esto es muy triste. Así pues, ¿será la historia siempre la misma? ¿Habrá que hablar siempre como los demás, o callarse? ¿Te acuerdas de nuestras largas conversaciones? Nosotros decíamos que ninguna nueva verdad podía mostrarse sin excitar iras y descalificaciones. Y ahora me ha llegado a mí el turno de ser injuriado y silvado.
(...)
»Parece ser que hay servicios que se pueden hacer, y verdades que no se pueden decir.
Así pues, la campaña ha terminado, y, para el público, yo soy un vencido. La gente aplaude y ríe abiertamente.»


     Un día y un mes antes de recibir esta carta, el 19 de abril de 1866, Paul Cézanne envía una segunda carta al superintendente de Bellas Artes, A M. de Nieuwerkerke, para insistirle acerca de sus dos lienzos, rechazados por el jurado: «Me contento con decirle de nuevo que no puedo aceptar el juicio ilegítimo de unos colegas a los que yo no he dado personalmente la misión de valorarme», diría, puesto que, de hecho, únicamente los artistas que ya habían obtenido recompensas en el Salón estaban autorizados a participar en las elecciones del jurado. Cézanne nunca fue admitido en el Salón, y por tanto, no tenía derecho a votar. Entre los rechazados también se encontraban Manet y Renoir.

     Cézanne pedía que se restableciese el Salón de los Rechazados, una exposición «abierta a todo trabajador serio» (según sus propias palabras) donde poder mostrar al público sus obras, sin interferencia de un jurado al que rechazaba.
     Antes de que Cézanne obtuviese respuesta —que finalmente sería de rechazo: «Lo que me pide es imposible; se ha reconocido que la exposición de los rechazados era muy poco conveniente para la dignidad del Arte, por lo que no será restablecida [la exposición del Salón de los Rechazados]»—
Émile Zola avisó en un comunicado en L'Evénement que tenía que hacer al jurado un «duro proceso», y que dejaría «sin duda alguna, descontenta a mucha gente, decidido como estoy a decir gruesas y terribles verdades».

    Efectivamente, desde finales de abril hasta mediados de mayo, Zola publicó una serie de artículos atacando al jurado bajo el seudónimo Claude y, aunque en un principio su reseña sobre el Salón debía ocupar de dieciséis a dieciocho artículos, a razón de sus burlas hacia los profesores de la Academia, las alabanzas a las obras de Manet que habían sido rechazadas y sus escandalosas opiniones; fue invitado a publicar un sexto y último artículo para «despedirse» como crítico de arte.
    Zola, que a menudo se sentía abatido por el tumulto y escribía a Cézanne y Baille sobre el mal de la sociedad, escribió a Cézanne la carta de la cual os he puesto algunos fragmentos, en la que, además, se quejaba de la —según se muestra— extrema sensibilidad de los pintores: «Vosotros, los pintores, sois mucho más irritables que nosotros, los escritores. He manifestado claramente mi parecer sobre los libros mediocres y malos, y el mundo literario ha aceptado las sentencias sin enfadarse demasiado. Pero los artistas tienen la piel más tierna. Yo no he podido ponerles un dedo encima sin que empezaran a gritar de dolor. Algunos buenos muchachos se compadecen de mí y se inquietan por los odios que me he ganado; temen, creo, que me puedan degollar en cualquier esquina.
»Y, sin embargo, me he limitado a decir mi opinión, de manera un tanto cándida. Creo haberme mostrado mucho menos revolucionario que un crítico de arte conocido mío, que afirmaba últimamente, ante sus trescientos mil lectores, que M. Baudry era el primer pintor de la época. Yo nunca he dicho semejante patochada.», así como el sufrimiento que le había causado «esta querella que acabo de tener con la turbamulta, con desconocidos; me sentía tan poco comprendido, y adivinaba tanto odio a mi alrededor, que a menudo el desaliento hizo que se me cayera la pluma de las manos» y la decisión que le había impulsado a publicar un folleto titulado Mi Salón, en el que reunió dichos artículos y unas cuantas cartas injuriosas, junto alabanzas, recibidas por el director de L'Evénement; firmadas esta vez con su propio nombre —abandonando así el sobrenombre de Claude.
   «Yo no he querido quitar a la gente su juguete, y he publicado Mi Salón. Dentro de quince días el ruido se habrá calmado, y a los más ardientes no les quedará más que una vaga idea de mis artículos. Será entonces cuando, en las mentes de todo el mundo, yo crezca aún más en ridículo y en mala fe.
»Las pruebas no estarán ya ante los ojos de los ridiculizadores, el viento se habrá llevado las hojas volatineras de L'Evénement, me harán decir cosas que yo no he dicho y contarán barbaridades que yo nunca he formulado. Yo no quiero que esto ocurra, y por eso he reunido los artículos que publiqué en L'Evénement bajo el seudónimo de Claude. Deseo que Mi Salón siga siendo lo que es, eso exactamente que el público mismo ha querido que sea.
»Se trata de unas cuantas páginas manchadas y rasgadas de un estudio que no he podido completar. Las doy tal y como son, como jirones de análisis y de crítica. No es una obra lo que yo entrego a los lectores; son, en cierto modo, las pruebas testimoniales de un proceso.
»La historia es excelente, mi buen amigo. Por nada del mundo destruiría yo estas hojas; no valen gran cosa por sí mismas, pero han sido, por así decir, la piedra de toque contra la cual he probado al público. Ahora sabemos lo impopulares que son nuestros caros pensamientos.
»Además, me complace poder exponer una segunda vez mis ideas. Yo tengo fe en ellas, y sé que, dentro de unos años, el mundo me dará la razón. No temo que me las tiren a la cara pasado cierto tiempo.»

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Émile Zola en una conferencia en Londres, 1893, en el Institude of Journalist.

Fuente: Correspondencia, Paul Cézanne, Edición de John Rewald, Visor distribuciones, Madrid, 1991.

miércoles, 22 de febrero de 2017

La historia de Anaïs Nin y Antonin Artaud

Dejadme contaros una historia. 
Sus protagonistas: Anaïs Nin y Antonin Artaud.

PREFACIO:
 Nin conoce a Artaud, el atormentado, siempre nervioso, consumidor excesivo de opio Artaud. Quedan, hablan, pasean, intercambian correspondencia…
Nin siente cada vez más curiosidad por el hombre que lo habita. No le ama, pero le ama en tanto le comprende, le quiere comprender, le quiere ayudar.
Ambos acuden a una cena en casa de Bernard Steele en un suburbio de París, tras la cena Artaud se vuelve rígido, una escultura a medio camino entre el mármol y La Antártida.

ESCENA I:
Artaud acude a ver a Anaïs Nin con la intención de explicar el comportamiento de aquella noche, hablan, hablan… Artaud se interrumpe y le dice:

«—¿Te interesa, realmente, mi vida?
Después, añadió:
—Quiero dedicarte mi libro. Pero, ¿te das cuenta de lo que significa? No va a ser una dedicatoria convencional. Revelará que existe una comprensión sutil entre nosotros.
—Existe una compresión sutil entre nosotros —dije.
—Pero, ¿es efímera? ¿Se trata de un mero capricho por tu parte, o de una conexión fundamental, esencial? Me pareces una mujer que juega con los hombres. Tienes tanto calor y tanta simpatía, que sería fácil engañarse. Pareces querer a todo el mundo, diseminar tus afectos. Temo que seas veleidosa, inconstante. Imagino que hoy estás interesada por mí, pero que mañana me abandonarás.

(... )

—Pero, ¿escribes a menudo cartas así a escritores? —continúa Artaud— ¿Tienes costumbre de hacerlo?
—No —reí yo—, no he escrito a muchos escritores. No lo tengo por costumbre. Soy muy exigente. No recuerdo más que dos escritores a los que haya escrito, aparte de ti: Djuna Barnes y Henry Miller. Te escribí partiendo de la base de que existe una correlación entre tu obra y la mía. Yo empecé situándome en cierto plano, y en ese plano te encontré a ti. Es un plano en el cual no se entrega uno a planos superficiales.
—Hiciste algo mágicamente anticonvencional. No podía creerlo. Si procediste con semejante desprecio del mundo, obedeciendo a un impulso como el que has descrito, entonces es demasiado bello para creerlo.
—A Bernard Steele no le escribiría así. Si no hubieras comprendido lo que te escribí, no viendo que me dirigía al Antonin Artaud que revelan sus obras, si me hubieras contestado en un plano corriente, no serías en modo alguno Antonin Artaud. Yo vivo constantemente en un mundo donde las cosas no ocurren como en el de Steele, por ejemplo. Sé que Steele hubiera interpretado mi carta de un modo diferente, pero tú no.
—No podía creer que esto fuera posible —dijo Artaud—. Nunca creí que esta actitud fuera posible en el mundo. Temía comprender. Temía estar engañándome, que todo resultara completamente vulgar, que tú no fueras sino una mujer sociable que se complacía en escribir cartas a escritores, hacerse la simpática, etc. Ya sabes, me tomo las cosas tan en serio.
—Yo también —dije en un tono tan grave que no admitió dudas—. Con la gente soy afable, acogedora, amistosa, pero sólo en la superficie. Cuando se trata de sentimientos fundamentales, del sentido profundo, las correspondencias son muy raras, y fue a tu seriedad, al poeta místico, a quien me dirigí directamente, al margen de cualquier convencionalismo, porque mis intuiciones son rápidas y confío en ellas. También yo me tomo las cosas muy en serio. Ya te he dicho que vivo en otro mundo, y creí que tú lo intuirías, como yo había intuido el tuyo.
—La otra noche, en el tren —añadió Artaud—, cuando me hablaste con tanta simpatía, sentí que te estaba hiriendo con lo reservado de mi actitud.
—No, yo lo atribuí a tu trabajo. Sé que cuando alguien trabaja en una obra de imaginación se encuentra completamente absorbido por ella, y que se hace difícil salir otra vez al mundo y participar en él, sobre todo en un mundo frívolo.
—Todo era demasiado maravilloso. Esto me asusta. He vivido demasiado tiempo en la más absoluta soledad moral, espiritual. Es fácil poblar nuestro mundo, pero a mí no me basta.
  Artaud puso su mano sobre mi rodilla. Me sorprendió que hiciera un ademán físico. No me moví…)».

ESCENA II:
Artaud envía una emotivísima carta a Anaïs Nin.

«He llevado a mucha gente, hombres y mujeres, a ver ese cuadro maravilloso [«Lot y su hija»], pero ésta es la primera vez que veo a un ser humano conmovido por una reacción artística que le ha hecho vibrar como si amase. Temblaban tus sentidos, y me di cuenta de que en ti el cuerpo y el espíritu están completamente soldados, puesto que una impresión puramente espiritual podía desencadenar en ti una tormenta semejante. Pero en este insólito matrimonio es el espíritu el que dirige y domina el cuerpo, y debe acabar por dominarlo completamente. Noto en ti un mundo que aguarda a que un exorcista lo despierte. Tú misma no eres consciente de esto, pero lo reclamas con todos tus sentidos, con tus sentidos femeninos, que en ti también son espíritu.
»Siendo lo que eres, debes comprender la gran alegría dolorosa que siento por haberte conocido, alegría y sorpresa. Siento que, en todos sentidos, mi infinita soledad se llena de un modo que me aterroriza. El destino me ha concedido mucho más de lo que nunca pude imaginar. Y, como todas las cosas dadas por el destino son inevitables, prescritas en el cielo, llega sin titubeos, espontáneamente, con tanta belleza que me asusta. Como para hacerme creer en milagros, si los milagros fueran posibles en este mundo; pero no creo que ni tú ni yo seamos cabalmente de este mundo, y es esto, este encuentro demasiado perfecto, lo que me afecta como una aflición.
»Mi vida y mi espíritu se componen de una serie de iluminaciones y eclipses que constantemente actúan dentro de mí y, por tanto, a mi alrededor y en torno a  todo cuanto amo. Para quienes me aman sólo puedo ser una continua decepción. Ya has observado que, a veces, tengo rápidas impresiones, rápidas adivinaciones, y, otras veces, soy absolutamente ciego. Las verdades más sencillas se me escapan, y es necesario poseer una comprensión muy poco común, una sutileza muy rara, para aceptar esta combinación de oscuridad y luz cuando esto afecta las emociones que se tiene derecho a esperar de mí.
»Otra cosa nos liga estrechamente: tus silencios. Tus silencios son como los míos. Eres la única persona ante la que no me avergüenzo de mis silencios. Tu silencio es vehemente: se nota que está sobrecargado de esencias, extrañamente vivo, como una trampa abierta sobre un abismo por la cual se pudiera oír el secreto murmullo de la tierra misma. No hay poesía inventada en lo que te digo, lo sabes muy bien. Quiero expresar estas poderosas impresiones, las impresiones que realmente tuve. Cuando estábamos en la estación y te dije: «Somos como dos almas en un espacio infinito», había percibido ese silencio, ese conmovedor silencio que me hablaba y hacía que desease llorar de alegría.
»Me haces enfrentarme a lo mejor y lo peor de mí mismo, pero ante ti sé que no tengo por qué sentirme avergonzado. Habitas los mismos dominios que yo, pero puedes darme todo lo que me falta, eres mi complemento. Es cierto que nuestra imaginación ama las mismas imágenes, desea las mismas formas, las mismas creaciones; pero física, orgánicamente, tú eres el calor mientras que yo soy el frío. Tú eres flexible, voluptuosa, fluida, mientras que yo soy duro como el pedernal, estoy calcinado, fosilizado. Una fatalidad que está más allá de nosotros nos ha unido: tú te dabas cuenta, veías las semejanzas, notabas cuánto bien podríamos hacernos uno a otro.
»Lo que más temo es que el destino te ciegue, que también tú pierdas el contacto con esas verdades. Temo que durante uno de esos períodos en que estamos apartados uno de otro, sientas una gran decepción y dejes de reconocerme, y que yo te pierda entonces. Algo maravilloso apenas si acaba de empezar y podría llenar toda una vida. Te adivino con toda la sinceridad de mi alma, con toda la gravedad y profundidad de que soy capaz. En ocho días mi vida se ha transformado completamente. Tengo un nombre que me dio mi madre cuando yo tenía cuatro años y por el cual me llaman mis íntimos: «Nanaqui».

—Artaud dijo:

«Contigo podría regresar de los abismos en que he vivido. He luchado por revelar el funcionamiento del alma tras la vida, más allá de la vida, en sus muertes. No he transcrito más que abortos. Yo mismo soy un abismo absoluto. No puedo imaginar mi yo sino como algo que fosforece en todos sus encuentros con la oscuridad. Soy el hombre que con mayor profundidad ha sentido los balbuceos de la lengua en relación con el pensamiento. Soy quien mejor ha comprendido sus deslizamientos, las esquinas de lo perdido. Soy el único que ha llegado a estados que nunca se osan nombrar, los estados anímicos del condenado. He conocido esos abortos del espíritu, la conciencia de los fracasos, el conocimiento de las veces en que el espíritu se hunde en las tinieblas y se pierde. Este ha sido el plan cotidiano de mis días, mi constante búsqueda obsesiva de lo irrecuperable.»

INTERMEDIO:
Artaud y Nin se besaron una vez (voy a repetirlo como un eco… «una vez, una vez, una vez… tan solo una vez»), pero Nin sabe que no quiere volver a ser besada por esos labios perfilados de láudano, no siente un interés salvajemente físico, sino una atracción salvajemente intelectual. Esperanzada por el mundo abstracto que pueden compartir, el poder nutrir las ramificaciones de sus cerebros en ese mundo de luces y sombras donde pueden encontrarse uno y otro.
...La Anaïs complaciente, de sueños rotos, la Anaïs que lleva la espina paternal del abandono, que mezcla lástima, piedad y una inmensa curiosidad por Artaud; y un Artaud adolecido de sí mismo, adolecido del mundo. Artaud, el pobre niño enfermo. 

ESCENA III:
Anaïs le hace saber que «no ama al hombre, sino al poeta». Pero Artaud, el hipersensible Artaud, aún sumergido en el pensamiento de que en la insistencia está la clave, se sigue esperanzando con sus propios sueños y expectativas.
Y por el otro lado Anaïs, la consciente del contrapunto, del equilibrio entre su voz más analítica: la que le hace saber que, inconscientemente, quiere seducir a todos los hombres para poner una conquista sobre la huella del padre y la que se sincera cuando se dice —y le dice— que no quiere seducir a un hombre que no ama. Anaïs... la que parece tan sincera en sus Diarios y luego... (pero no, no meteremos estos datos en esta historia, no nombraremos ni a su marido Hugo ni a Robert Paul —diecisiete años menor que ella—, no hablaremos de las partes de sus Diarios suprimidas y encerradas bajo llave en un banco de Brooklyn, ni de los Diarios sucesivos a este episodio en concreto —¡ni siquiera lo que hay detrás de ello en este mismo Diario!—, pues hablamos de ello como si se tratara de un escenario aislado de su verdadera existencia).

ESCENA IV:
Artaud se da cuenta de que no «tendrá» a Anaïs en lo más íntimo del sexo o del romanticismo y estalla, muerto de ira:

«—Antes de que me hables —me dijo—, tengo que decirte que en tus cartas noté que habías dejado de amarme o, mejor, que nunca me habías amado. Otro amor se ha apoderado de ti. Sí, lo sé, lo adivino, es tu padre. Todas mis dudas respecto a ti estaban en lo cierto. Tus sentimientos son inestables, cambiantes. Y el amor que sientes por tu padre, tengo que decírtelo, es abominable.

»Un Artaud virulento, resentido, todo él furia y rencor. Lo había recibido con una ternura pensativa, en la que ni siquiera reparó.

—Das a todos la ilusión de un gran amor. Es más, creo que no soy el único a quién has engañado. Me da la impresión de que amas a muchos hombres. Creo que le hiciste daño a Allendy, y quizá también a otros.

»Yo callaba. No negué nada. Pero pensé que se equivocaba al creer que todo había sido premeditado. Ve impureza por todas partes.

—Creo que eres absolutamente impura. »


FINAL:
Y ahora, decidme: ¿Os resulta familiar esta historia?
¿Cuántas veces han sospechado de que vuestro acercamiento nada tiene que ver con el interés por el humano, sino por puros y viciosos intereses oscuros, agrios?
¿Cuántas veces el no poder caer en ese rol de «pertenecer a», de no poder satisfacer esa obsesión y dejar que te posean, de «ser de» os ha destruido, ha destruido esa relación tan prolífica para vuestro yo, para los otros yos y los otros tús, cuántas veces la han recogido y transformado en pura bilis?
Sed sinceros.

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POSDATA: Todos los diálogos y correspondencia han sido extraídos del Diario I de Anaïs Nin (edición de Gunther Stuhlmann), páginas 284-286, 292-295 y 308.

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domingo, 12 de febrero de 2017

Memoria

       Todo el mundo sabe que, al nacimiento, nuestros pulmones se liberan del líquido que contuvieron en su refugio materno y comienzan a llenarse de aire, es el inicio de nuestra respiración pulmonar. Sin embargo, nadie se ha atrevido a explicar todavía qué sucede con ese líquido: Se ha mantenido como un tabú la forma en que este se condensa, se evapora y precipita como un níveo copo primerizo sobre nuestro cerebro —A partir de entonces, este será el verdadero órgano con que respiremos—.
        Durante años, copos y copos de distintas tonalidades, formas y tamaños van depositándose sobre las estructuras curvas del interior de nuestras cabezas, conformando una gélida pirámide que nos pertenece y no, pues la sabemos del mismo modo que la ignoramos. 
         En ocasiones, abrimos nuestros diarios y dejamos caer sobre sus hojas pequeños copos: las huellas inmortales de nuestra imaginación, las imágenes medio deshechas de vivencias que acabarán por desintegrarse si no dejamos impronta… 
El vértigo insolente a la flacidez de la memoria nos conmueve y nos mantiene ocupados construyendo las bases de nuestra propia nevada.
         Pero digamos que una noche —pongamos que la noche de un jueves, nueve de febrero de dos mil diecisiete—estás en el Vergüenza Ajena y, de repente, notas cómo comienza a desflorar la primavera: dejas caer sobre el aire cierto nombre de un escritor inglés.
«¿Cuál has leído?», te preguntan. Títulos, títulos y títulos siguen cayendo sobre la mesa, laboriosas palabras que no te dicen nada.
«¿Qué libros eran aquellos —te dices—, de qué trataban, cómo vivían sus personajes, cuántas veces murieron…? »
          Notas el rayo de sol y tus ojos, como haciendo de lupa, van derritiendo la nevisca en el interior de tu cabeza. No quedan lagunas, ni charcos, ni tan siquiera el rastro de alguna gota insignificante. En su lugar, un centenar de hormiguillas negras, vivaces y hacendosas trasladan ligeros fragmentos de recuerdos, como si de migas de pan se tratara, de una esquina a otra de tu cerebro.
Así llegas a casa, asustado por el cortocircuito inminente, y abres tus viejos diarios en busca de los copos fundidos: ¿de dónde procedían?, ¿en qué miga se han convertido…?
Desde las páginas, cuadriculadas y azules, una extraña se levanta desde tu propia vida y saluda antes de volver a dormirse.
«¿Quién es esa chica…? —piensas—, ¿y aquella otra…?
»¿De qué trataban, cómo vivieron, cuántas veces se les permitió morir?».

Acaricias por última vez el tacto plano del papel y escribes:

«—1930: un escritor se cae de su biografía: fallece por tuberculosis.
  —2017: cae en mi escritura el borrón autobiográfico: mis memorias mueren por mis memorias.»


        Cierras la boca a tus desahogos, a tus diminutos fósiles, y entierras en la basura aquel aluvión de cuadernos. Ahora entiendes la verdadera frustración de la memoria y no, nunca fue el miedo a perderla, sino a tener que mirarla sin poder reconocerla.
Así se licua tu cerebro: tu memoria líquida se desdibuja desde tu neonatal estado hasta las arrugas más recientes de tu cuerpo.
        «Después de todo —piensas observando el bulto deforme que la basura hace de tus cuadernos—, ¿quién iba a querer compartir su hogar con todas esas chicas desconocidas?».
Y aún te descubres mirando al cielo: la gente dice que pronto empezará a nevar.

         

Anotaciones de un invierno en experiencia

    Primero fue la lluvia sin armonía ni equilibrio, la aparición y despiece de sus gotas resonando en un compás distraído por el avance de mis pasos, el zapateo húmedo, redundante. Mis oídos protegidos por un amplio y grueso gorro simulaban no un sonido sordo, sino el despertar de un corcho que acostumbrado al espacio hueco del vacío encuentra al fin la libertad con gozo, despacio, repetitivamente.   
     Más tarde vino el viento, el tipo de viento que mece los árboles como ramas marinas, pinos sumergidos en rápidas corrientes de aire con su hilera de agujas siendo parte de las olas. Una ventisca de hojas en espiral que conquista suelo y aire, ese vendaval que deja su electricidad anclada en el vivo vaivén de la hierba.
     Finalmente me embiste un clima en remolino que me empuja hacia atrás con insistencia, la presión me obliga a corregir el paso y dificulta el correcto funcionamiento de mis pulmones, un violento atrapamiento me asfixia y cambia mi respiración por su siseo. Hay un impulso, ya en casa un diluvio me despunta hacia el presente y el rabioso granizo cae en fragmentos golpeando con furia mi ventana, «tam tam tam, déjanos entrar en tu vida», parecen decir sin requerir la boca. El sonido como sal vertida sobre un tablón de madera se extiende por las paredes y se refugia en el techo de un tercer piso, pues este bloque de seis niveles no impide que su murmullo se filtre en vertical por su estructura. Nana, la pequeña gata que habita este hogar junto a mí, comienza a aproximarse con su ligero movimiento hasta situarse apenas a un milímetro de mi sombra, ambas nos quedamos quietas como si hubiéramos sido esfinges diseñadas en granito desde el nacimiento, somos cariátides que observan con asombro lo más alto de la estancia. «¿Lo escuchas, Nana? Es el tiempo devorándonos».
     La miro y pienso en las bellas imágenes que he encontrado hasta entonces: aquella lata que abandonó apresurada los arcos subyugantes con que el ser humano dibuja la forma útil de sus manos, esa lata rebelde que ahora duerme al resguardo de unos escalones de metro, desenvuelta al fin sin nada más que su metálica superficie y las numerosas briznas de polvo que la circundan. Si se observa, el desorden de los escombros ofrece al suelo un destello nuevo cada día a fin de que sus baldosas no se estanquen ni se aburran, y no existe diferencia entre esa mugre de papeles arrugados y la aromática espuma que se concentra en nuestros sumideros tras la ducha. 
     Un sinfín de visiones siguen llegando a mí como fotografías antiquísimas: evoco la reseca hoja amarilla que resiste a la muerte entre sus brillantes compañeras verde oscuro, o el rojo vivaz de unas fresas tentando a la vista con su cubierta fresca de agua, o el paseo de una menudísima oruga que madruga a principios de enero para explorar las calzadas colonizadas por el hombre, o el sonriente caminar de los perros con sus lenguas pendulares, esas lenguas que cuelgan alegres y sonrosadas y esos perros que no piensan más que en mantener sus ojos llenos de chispas moteadas por el sol…
     La abstracción se vuelve acuosa al tiempo que Nana encuentra una guarida entre mis brazos, la noche sigue cayendo en granizada más allá de nosotras y sobre mis párpados una nebulosa somnolencia comienza a desintegrar la materia que nos rodea, ya siento solo la suavidad de su pelaje dispersándose, emoliente, desde las yemas de mis dedos a la totalidad de mi cuerpo y mi memoria. «¿Lo escuchas, Nana? Estamos exprimiendo la savia». Una vez más no detendremos la lluvia ni moldearemos una puerta que concluya los temporales, pues solo cesarán cuando decidan, en su caprichosa independencia, tocar una última nota. Pero qué manera de engendrar la calma. «¿Lo notas, Nana? Somos los retales invisibles que sobreviven al invierno».