sábado, 26 de agosto de 2017

El solitario genuino

     Cualquiera que haya cogido impulso para leer —por encima o por debajo— alguna entrada de este blog se habrá dado cuenta de mi disfrute al desmigar fragmentos de otras obras y situarlos dentro de una reflexión que poco —aunque casi siempre la palabra correcta sería Nada— tienen que ver con el propósito original. Apenas un alfiler que envidiar a ese loco-despojo de Jean-Baptiste Grenouille intentando conservar ese olor, esa memoria de otras pieles sin remordimiento de asesinato. Queda claro a su vez el hecho de que soy diletante en todo, experta en nada. Las opiniones volcadas aquí tienen el mismo valor que la hoja en el otoño: Tanto puede resultar bella en su caída como fea, molesta y maloliente cuando se observa pútrida, mil veces pisada, desde el suelo: Real y ficticia, cabeza o ala, silencio y tambor.
     La última nota es que, a pesar del texto escogido, todo este hilo ha sido rasgado lentamente a consecuencia de algunas conversaciones con mi amigo Gonzalo, al que tanto discutí sus aseveraciones sobre el insano impulso de lo que él llama «la retención humana»: Esa enfermedad que se empeña en retener en nuestra vida y vivencias otras vidas y vivencias cuyo resultado queda, de forma clara, en un escenario en ruinas e irresoluble. Y al que al final he terminado dando la razón.
Así voy a tomar esta vez una antigualla que lleva vistiendo la cabecera de mi otro blog un tiempo bastante prolongado y que no es sino este fragmento de La muerte en Venecia, de Thomas Mann:

«Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito».

     Y es que, ay, qué miedo o rechazo o vergüenza se le tiene a esta bellísima oportunidad de ser solitario, ¿verdad? ¡Qué mala imagen da sin resbalar al preguntarse el por qué! Cuando es cierto que un solitario es, en realidad, quien logra desbridar de su cuerpo esa maldita carcoma que tanto se adhiere: la dependencia.
Pues ¿no es la dependencia sino la hermana ciega de la experiencia? ¿No es mirar fijo al sol cinco veces, quinientas veces, siendo el sol solo sol y esperar que en la sexta, en la quinientos uno, sea el sol un grillo o una paloma?
Es decir, que el pensamiento de un solitario se tiene por desproporcionado cuando en realidad podría no serlo, ya que [el solitario] posee una herramienta metaexperimental que actúa a modo de tiovivo autónomo girando incansable sobre sus dedos y, en dichos términos, puede maniobrar con esta experiencia desde una raíz cortada: una raíz de distancia que no permite a la emoción o al pensamiento ardiente volcar su enredadera sobre acciones o palabras: Un solitario llega a plantearse la posibilidad de que el ser humano apenas conste de cuatro o cinco comportamientos básicos y sea, por lo tanto, nuestra vida individual un fútil esfuerzo por realizar disparatadas combinaciones, tal vez en un intento por hacerlos originales y sorprendentes. 
Pero la probabilidad es esta: hay un poco de matemáticas en nuestro comportamiento y así siendo, la dependencia será siempre un óbice para la resolución de nuestras más vanas ecuaciones.
     ¿Podría decirse, llegado a este punto, que entonces un solitario es aquel que no cae en dicho error? ¿Que suma y multiplica en frío y fríamente puede desprenderse (contrariamente a lo señalado por el señor Thomas Mann) con una mirada de lo dañino, obtuso o que no le proporciona nada más allá que decimales periódicos? Contestaré para continuar que sí como si solo cupiese en este texto su afirmación.
Entonces el solitario, el buen solitario —y siento decirlo— no es reglamentariamente confuso e intensito.
Sí. El solitario es «erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito» por naturaleza en cuanto es, además, un ser humano. Sin embargo, es el solitario quien puede darse cuenta —en perfecta sincronía— del error, desproporción, absurdez o delito. Cuando un solitario sabe que ha fallado o le han fallado puede caminar hacia la solución sin desviarse. Quizás es cierto que esté muy enfocado en el cuestionamiento de cómo restablecer el orden (y aquí doy por cierta esa tendencia a la obsesión que el fragmento expone), pero eso indica que está del mismo modo orientado a la reconstrucción con una condición clave: No olvidar para hacerlo puro.
     Siendo así y nada más allá de esto, el solitario es también quien pierde el interés —y muy fácilmente, he de agregar— al verse empujado hacia la salida del raíl para derrapar en otros términos igualmente erróneos, desproporcionados, absurdos e ilícitos. Es decir, el solitario no tiene reparos en asumir un error, pero sí resulta perezoso para caer en maniobras de sumisión-dominación, manipulación o extraños dramatismos o errores cuya resolución conoce por experiencias previas: Puede el solitario mirar al sol sabiendo que es «sol y solo sol» y no deprimirse al señalar: «No hay grillos ni palomas». Porque un solitario es un ser sin miedo al desprendimiento.
     También, claro, ha de saberse que no existe solitario sin matices: Un solitario puede tener compañía por cierto tiempo, incluso por mucho tiempo, puede tener compañía siempre y ser a su vez el ente más entregado a la renuncia inminente e irrevocable de la dependencia. En otros términos: instaura un alejamiento a través, o incluso a causa, del efecto rebote que suele generar el sentimiento común de esta separación, que no es sino una traducción insultante y menoscabada y no carente de lo grotesco.
Entonces ¿es el solitario un ser con balanza? Si no lo es, se le debe al menos otorgar el beneplácito de la duda: Puede tenerla.
Así es el solitario —en tanto que es un ser con posibilidad de balanza— un ser que no sufre al poner bajo el mismo foco las perturbaciones más exageradamente inquietantes de la mente humana junto a las más aburridas y cíclicas realidades que nos consumen: Porque ha dolido de forma desproporcionada puede montar desproporciones de rompecabezas con desenlace indoloro. De aquí se diría que el dolor avanza a la razón y que así consigue el solitario extraer la savia de esa razón, desatándose por tanto, y sin contonearse apenas, de la incómoda dependencia.
Porque el solitario aprende a no retener, no se confunde y se confunde a consecuencia; porque ha vivido sociable antes de vivir en solitario puede llegar a ser, si se esfuerza, un solitario sociable. Y este es el solitario auténtico: El ser sin miedo.

                      
Fotograma de La Muerte en Venecia, película basada en el libro de Thomas Mann y dirigida por Luchino Visconti.







domingo, 20 de agosto de 2017

    Y antes de que termine el pestañeo se acaban estas vacaciones tan productivas (e, increíblemente, ultra «low cost» teniendo en cuenta todas las tierras y aguas que he visitado). El final a todos los escenarios: las nubes grises de lluvia espesa, los mares que elevan sus olas como acordes de violín sobre el borde de sus cielos, la luz blanca temblando lechosa en la arena, los reflejos irisados en nuestros ojos: porque eso somos, somos agua y somos aire —y el aire es en verdad la clave— somos sol y el sol nuestra mirada.
    Con este pensamiento llevo ahora cada gramo de tiempo en pequeñas parcelas —ya fáciles— de mi vida: balines de pesados metales que debía sujetar firmemente con las manos reposan ahora frágiles sobre mis palmas, y las ligerezas —los conflictos etéreos cual cortinilla de seda— van siendo disueltas a polvo o ceniza entre las curvaturas de mi cerebro. Es tan sencillo: es sencillo porque somos gentes y personas rodeados de gentes y personas y por ello, quien no nos haga sentir como tal [persona] no debe permanecer por más tiempo en nuestros esfuerzos, al contrario de todos aquellos que nos hacen sentir sobre el mundo —sean más tempranas o tardías las explosiones de su descubrimiento—. Ya no más arrastrarse o danzar por aquellos que te hicieron (o aún hacen) sentir miserable y pequeño y raro cuando hay, sin fronteras, tanto ángulo vivo que nos llena de acrobacias por dentro: la vida cambia, las relaciones cambian y no hay que hacer de este hecho una sentencia inevitablemente mala. Un cambio es solo una revolución de la distancia y en su misma palabra caben los adverbios cerca y lejos: No hay fin, siempre es principio cuando aprendes a aceptar sin someterte. Y en la enfermedad es tan —tan— sencillo: cuando el corazón duela se debe recordar lo anteriormente dicho: que el aire es la clave. Al dolor sentarse y respirar, respirar mientras duela y cerrar los ojos como una simple pausa, un paréntesis en la vida, ya no el merodear los campos de los posibles fines: si estás vivo es suficiente para no crear hipérboles sobre hipótesis. Cuando duele: luchar y seguir los pasos avanzados de la medicina, la ciencia, porque ningún ser incorpóreo nos salvará, porque estamos hechos de agua y de aire, y también —y más importante—, de presente. Y por eso, aquí acaban estas vacaciones que no acaban y yo soy un «yo» lleno de «yoes» (como expone tan bien Hermann Hesse en El lobo estepario) y las lluvias densas en los fondos grises, las espumosas olas con sus ondas melódicas que nos describen el cielo y la fulgente luz nívea en el centro del ojo pueden ahora vivir en armonía como si de un solo escenario se tratase: donde estoy «yo» con mis múltiples «yoes» y la tierra con sus tierras y todo es un hermano, hijo único.

Fotografía tomada en Granada el 17 de agosto de 2017, un día antes de que tuviéramos que recordar que ya llevamos 81 años condenados a la inexistencia de Federico García Lorca.
Lorca, aún leemos tu Memento y te lloramos.

lunes, 17 de julio de 2017

La lengua de las espirales

Hace unos meses hablaba con un amigo psicólogo sobre Pizarnik, él me comparaba la vivencia de esta maga de grafías con la de sus propios pacientes (de los que en todo momento mantuvo el anonimato y el secreto profesional sobre su historia). En determinado momento me dijo: «Pizarnik se mantuvo gracias a sus palabras, no sé qué habría sido de ella si no hubiera sido capaz de escribir». «Pero aún se duda sobre si se pasó con su dosis de somníferos o si se suicidó, ¿cómo dices que no sabes qué habría sido de ella… ¡si murió tan joven!?», añadí contrariada. «Yo me refiero al antes, Alania, siempre hay un antes», me contestó él.
Hoy rememorando aquella charla comienzo a creer que tenía razón —quizás más allá de lo que él mismo pensaba que tenía de razón—, hay un antes para todo lo que vemos, existe el antes mucho antes de todo lo que conocemos y ¡puedo incluir tantos antes en mi propia experiencia!
Uno de ellos: a mí me han criticado continua y duramente por no hablar claro en mi poesía. Y puede que no lo escriba recto y firme, es cierto, puede que haga circunferencias en lugar de transcribir palabras.
Pero yo no reivindico un hueco, no reivindico que os guste y ni tan siquiera que comprendáis, solo sé que para algunos el lenguaje es todo lo que nos queda para seguir existiendo y esas curvas, esos puntos movidos y esas vocales inquietas son nuestro no saber qué sería de nosotros sin ellas.
En definitiva, todo lo que reivindico es tener el mismo derecho a sentir / mantenerme que el que tienen aquellos afortunados que conviven con su mente clara, aunque yo tenga espirales antes que palabras. Nada más.

Alejandra Pizarnik (1936 - 1972)

sábado, 15 de julio de 2017

Uno y sí mismo

«Soy vertical
Pero preferiría ser horizontal...
...y he de ser útil cuando yazca al fin:
por una vez, entonces, me tocarán los árboles, 
[y tendrán tiempo para mí las flores.»
—Sylvia Plath

Compañeros, obligados participantes de esta distribución terrena, no os entiendo.
Si todos lleváis sobre el mundo este hueso hueco y antiquísimo por víscera —ligeramente hacia la izquierda—, si desde su rigidez apenas si bombea y veis la vida translúcida, como investigada apenas a través de una lámina de una radiografía difusa: demasiado oscura, demasiado mal enfocada. Si lleváis la asfixia en algún lugar entre el esternón y la tráquea y no podéis respirar, toser, vivir. Si habéis acumulado las palabras en la misma forma, el mismo estante, todas con su mismo significado: desde arlequín a gusano, si todas una palabra misma y así optáis por enmendarla en una frágil colcha de silencio y el silencio no es suave, ni térmico, ni tangible. Si veis el primer rayo del día y rogáis, si dudáis del tiempo que podréis despertar apenas con un maullido en la oreja y levantaros tan solo por ese maullido en las córneas y avanzar tan solo por ese maullido en los dientes y resistir tan solo por esa levedad sonora, si dudáis si tendréis que empezar ya a disculparos por el fósil doloso que será vuestro contorno, si será valiente o cobarde esta resolución definitiva, si ocultáis las lágrimas como una vergüenza inmensa en vuestro cuerpo y fingís sonrisas plastificadas, alegrías plastificadas, manos de plástico plastificadas. Si todos sentís no poder, por poder, bañar siquiera con saliva vuestra lengua: no el acto más básico, ni razonado, ni nimio y así pensáis «aquí en el centro me atornillo una existencia oxidada».
Pues, no lo entiendo. Si todos sois yo y como yo sentís el sentir como este hierro candente, si todos sois todos en vuestro revés y el hacia dentro: por qué perpetuáis la especie e intentáis poner un pie tras otro, una palabra tras otra, una respiración constante y superflua y procesada, un mirar infatigable. Si todos lleváis mis ojos, mi aire, mi boca, mis pies y todo es uno y es sí mismo, entonces sabéis: que hay —al parecer— un ser humano único, solo y desmigado por el mundo, y es triste y es suicida y ha comprendido: que hay palabras sinónimas de la forma y sombra de una jaula y que nos dibujamos símbolos en la carne de su carne como cuevas.
No sé, tal vez haya ocasión para que encuentre paz y entonces os entienda. Pero estáis aún por venir
y llegaréis para las flores.

domingo, 28 de mayo de 2017

Un hombre de humor, G.K. Chesterton

Un hombre de humor en vida permite que el humor siga actuando cuando la vida acaba. Por ello hoy escojo a Gilbert Keith Chesterton, escritor de —entre otras muchísimas obras— El hombre común y El hombre eterno, u otras como El caballero salvaje o La balada del caballo blanco. Empecemos:

     Se dice de G.K. Chesterton que fue un escritor y periodista británico de inicios del siglo XX que cultivó varios géneros: el ya citado periodismo, los ensayos, la narración, la lírica o los libros de viajes… (Esto lo acabo de leer en Wikipedia).
Pero también cultivó su panza, y además de su panza o, en este caso, a causa de ella —pues Chesterton medía 1,93 centímetros y pesaba cerca de 134 kilos—, también la ironía y el buen humor. Así cuentan que una vez, durante la Primera Guerra Mundial, una mujer le abordó en Londres para reprocharle que él no estuviera «allí fuera en el Frente», a lo que Chesterton replicó tranquilo: «Disculpe, señora, pero si usted da la vuelta hasta mi costado, podrá ver que sí lo estoy».


Y hablando de Chesterton... hago una pregunta que no tiene nada que ver con lo anterior pero que sí me ha surgido a razón de éste y de sus textos no exentos de humor:
¿Por qué en las biografías, sobre todo en las de grandes escritores, aparece reflejado que en las puertas de la muerte dijeron algo revelador, espectacular, cultísimo y grandilocuente?
¿Ninguno tuvo el típico delirio de ver un perro en la esquina de la habitación? ¿No fue la última frase de ninguno de ellos: «Dame agua, que tengo sed» o «Me hago pis»?
Escribe Maisie Ward en su biografía sobre Chesterton que éste, en ese estado pre-mortem, dijo: «El asunto está claro ahora. Está entre la luz y las sombras; cada uno debe elegir de qué lado está». En otras biografías dicen que sus últimas palabras fueron «Hola, cariño» a su mujer Frances y «Hola, querida» a su hija adoptiva Dorothy... Incluso en este caso, que por fin se dicen unas palabras más o menos comunes (aunque yo sigo apostando por el grito de «Tengo sed»), se escriben luego supuestos y acasos para engrandecer esos momentos de muerte, así dice (seguimos hablando de la muerte de Chesterton) Joseph Pearce de estos dos saludos bastante corrientes que «sus palabras fueron sumamente apropiadas; en primer lugar, porque estaban dirigidas a las dos personas más importantes de su vida; y en segundo lugar, porque eran palabras de saludo y no de despedida, significaban un comienzo y no el final de su relación».

Oh… por supuesto yo imagino a Chesterton agonizando durante días y días en su cama, esperando el estertor último y pensando:
«A partir de ahora solo puedo decir cosas lúcidas y con un significado desplegable, no sea que me muera y estos hijos de puta no escriban chorradas grandilocuentes sobre mí… por cierto, tengo sed, joder, pero que mucha sed».
Y entonces pienso que si alguna vez logro ser escritora, espero ser una escritora póstuma, no vaya a ser que alguien me niegue mi vaso de agua en el lecho de muerte o en ese momento solo pueda pensar que quiero hacer pis.


Fotografía de Gilbert Keith Chesterton

domingo, 21 de mayo de 2017

Sobre la cansina pero incansable guerra de la poética actual


Sí, es evidente que la poesía ha sufrido un cambio considerable desde aquellos maravillosos poetas confesionales que emergieron en Estados Unidos en el siglo XX, muy alejados de la inteligentísima expresión de Sylvia Plath o incluso de la descarnada poesía de Alejandra Pizarnik, así como se ha alejado de la poesía acmeísta de las soviéticas Anna Ajmátova o Marina Tsevetáieva, o se ha alejado de la poesía de la experiencia de Ángel González o de José Agustín Goytisolo.
Sin embargo, ¿acaso no es posible que pudiéramos decir de este cambio lo que ya expuso William Shakespeare en labios de su Julieta, tan enamorada como familiarmente enemiga de su enamorado por un simple apellido que, al fin y al cabo, no era más que una palabra?

         «JULIETA: No eres tú mi enemigo. Es el nombre de                                 Montesco, que llevas. ¿Y qué quiere decir Montesco? 
        No es pie, ni mano, ni brazo, ni semblante, ni pedazo 
        alguno de la naturaleza humana. ¿Por qué no tomas 
        otro nombre? La rosa no dejaría de ser rosa, y de  
        esparcir su aroma, aunque se llamase de otro modo».

Con ello quiero decir que la poesía confesional, la poesía de la experiencia, al igual que la pastoril, la vanguardista, la acmeísta, o cualquiera que sea, no son poesía, sino meras clasificaciones. La poesía no es una taxonomía, por lo que ¿qué de cierto hay en esa crítica despiadada a los números uno en ventas de la poesía actual que dice que su poesía no es poesía, si ni siquiera la poesía es poesía? ¿Qué problema —real— hay con que se publiquen y vendan esos libros? Dejando a un lado el sufrimiento de los árboles, que crecen cada vez más tímidos y desesperanzados, y el hiperbólico dramatismo de sus Inquisidores: ninguno.
Y si reflexionamos brevemente y nos unimos a Shakespeare ¿qué sería mejor para la rosa? Si arrancásemos la rosa —es decir, quitásemos esa poesía a sus lectores porque en lo personal nos disgusta (y hasta puede llegar a ofender)—, ¿no moriría la rosa? Sí, muere, y muere sin piedad, no como el Ave Fénix que espera renacer, sino como el paso de «el solo hacia El Solo», recordemos aquí una reflexión de José Bergamín en su obra Claro y Difícil respecto a ello: «Porque no se ha de burlar el hombre con su soledad. Y es en el trance de la muerte donde ya no es posible esa burla, porque es en el trance de la muerte donde el hombre se queda solo, enteramente solo de verdad. (…) Solo con El Solo, que dijo, en el ápice de la experiencia mística espiritual, Plotino (…)». No ya vista esta muerte como algo profundamente religioso, sino desde el espíritu poético, esta muerte resultaría terrible, pues si se ejecutase el espíritu poético (el entusiasmo, el disfrute, la investigación…) no quedaría más poética sobre el mundo que la que nos deja, visualmente, la Naturaleza (una cascada, la caída otoñal de las hojas, la frontera espumosa que cae desde tus ojos en la orilla hacia el límite horizontal del mar… ¿y no es ya simplemente poesía que digamos que el viento «se levanta» o que el agua «corre»?), y sin embargo, si esta muerte sucediera ya no habría más poesía en las letras, la letra marcharía de «el solo hacia el Solo», una letra no sería más que un túmulo en la memoria creativa de lo que existió o alguna vez pudo existir. Quizás entonces, en esta ansia por cortar cabezas y condenarlo todo, se convierta cualquier poemario en aquel angustioso personaje dejado por Edgar Allan Poe en El pozo y el péndulo
«Sentía náuseas, náuseas de muerte después de tan larga agonía; y, cuando por fin me desataron y me permitieron sentarme, comprendí que mis sentidos me abandonaban. La sentencia, la atroz sentencia de muerte, fue el último sonido reconocible que registraron mis oídos. Después, el murmullo de las voces de los inquisidores pareció fundirse en un soñoliento zumbido indeterminado, que trajo a mi mente la idea de revolución (…), una espantosa náusea invadió mi espíritu y sentí que todas mis fibras se estremecían como si hubiera tocado los hilos de una batería galvánica, mientras las formas angélicas se convertían en hueros espectros de cabezas llameantes, y comprendí que ninguna ayuda me vendría de ellos (…). En aquel momento había una demanda inmediata de víctimas».
Pero recordemos que incluso en este cuento encontramos unas ratas que ayudan y una mano que salva.
Entonces, por el otro extremo de la rosa, ¿qué sucedería si en lugar de mutilarla, abonáramos la rosaleda? No sería extraño observar cómo algunas se marchitarían o sufrirían plagas de molestas pulguillas que las devorarían antes de que el capullo puediera desenmascarar la belleza de sus pétalos, pero ¿no sería también cierto que seríamos capaces de presenciar ese aluvión aromático de coloridos diversos, esa floración que tan irreal puede parecernos a la vista? ¿Podríamos experimentar un síndrome de Stendhal con una rosa si observáramos cómo emerge en libertad —y con cuidado— dicha rosa? Yo apuesto a que sí. Y apuesto por ello porque es, francamente, una completa falsedad decir que no existe en la actualidad una poesía con garra y diente, y es tan claro como el hecho de que quien dice: «No leo poesía porque no entiendo la poesía» debe todo el error al error primero: No leer poesía, pues si nos quedamos solo con la normalmente —pero no globalmente— poesía enseñada en los institutos, no es de extrañar que detestemos eternamente cualquier acercamiento a esta. Pero así como hubo otra poesía buena que seguramente descubriríamos más tarde —y mucho más posiblemente, por nuestra cuenta— existe ahora una poesía embriagadora, ¿cómo olvidar la nada lejana Wislawa Szymborska (1923-2012)? ¿Cómo olvidar aquellos versos de Silvia Nieva cuando dice: «¿Qué hacer cuando saltas / y el agua no lo entiende?» en La fábrica de hielo, ¿cómo olvidar la filoso-cómico-trágica poesía de Miguel Martínez López en Mis pies de mono o su reciente Viajes a una fresa? o aquellos Pliegues del día que nos regalaba Álvaro Guijarro en su TránsitO:

          «cada reloj, cada opción, cada nuevo intento
          de añadirse por fin a la gran grieta
          se cristaliza,
          y es como una misma puerta cerrándose
          o una piedra hallando reposo en la arena
          tras haberse deslizado verticalmente por el agua.»

¿No podemos decir que es evidente el desgarro emocional y que ellos son poesía? ¿No está este despliegue bien alejado del tan difundido —y con inquina cargado de connotación negativa— nombre de poesía pop que quiere englobar a TODA la poesía contemporánea?
Oh, sí, claro que la poesía se aleja, se aleja del pasado y se aleja de su presente, toda letra debe alejarse para seguir buscando. Y quien busca encuentra lo buscado, y poco importa quién busque a estos poetas o quién busque a una Irene X., un Carlos Salem, o un Escandar Algeet, o incluso aquellos cantautores que se desvían a ratos hacia la poesía, como Marwan o Diego Ojeda (por decir algunos ejemplos sobre los que suele haber revuelo), sé que existen en la actualidad otros autores que han llegado o han pasado brevemente por el número uno de ventas y de los que no conozco —ni  seguramente conoceré— un solo verso y, la verdad, no lo siento necesario: porque ni defiendo ni aborrezco su poesía, porque no es algo espeluznante que escriban ni que sus poemarios se vendan: son solo una forma de escribir y de ser leídos, como lo son todas las formas de escribir y de ser leídos. No hablo aquí ni de mayor calidad ni de menor, ni de gusto ni de sopor; lo que trato de defender es la tan menospreciada libertad de expresión que, parece, solo logramos recordar cuando nos conviene.
Si en tanto la palabra poesía no es en sí la poesía, ¿para qué intentar definir quién es poeta y quién no lo es? Decía Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego [433]: «La distinción existe entre adaptados e inadaptados: lo demás es literatura, y mala literatura», pero asimismo afirmaba anteriormente [432]: «¿cómo diremos, entonces, que ciertas cosas se encuentran fuera del plan que no sabemos lo que es? Así como un poeta de ritmos sutiles puede intercalar un verso arrítmico con fines rítmicos, es decir, para el propio fin del que parece apartase, y un crítico más purista de lo rectilíneo que del ritmo llamará equivocado a ese verso (…) La distinción es tal vez sutil hasta el punto de parecer sofística, pero lo cierto es que es justa. La existencia del mal no puede ser negada, pero la maldad de la existencia del mal puede no ser aceptada. Confieso que el problema subsiste porque subsiste nuestra imperfección» y esa imperfección es precisamente la de negar que se ha generado un movimiento masivo que ha dado lugar a una nueva poética, y esa maldad que recae continuamente sobre esa existencia es el problema que subsiste. «La ruina de los ideales clásicos ha hecho de todos artistas imposibles, y por lo tanto, malos artistas. Cuando el criterio del arte era la construcción sólida, la observancia cuidadosa de las reglas, pocos podían intentar ser artistas, y gran parte de éstos son muy buenos. Pero cuando el arte pasó a ser tenido por expresión de sentimientos, cada cual podía ser artista porque todos tienen sentimientos.» dice nuevamente Fernando Pessoa [Libro del desasosiego427]. Es decir, todos los artistas actuales son imposibles; es decir, todo esto es una guerra antigua: el miedo al cambio, a la evolución; el desarraigo de que lo nuevo no es lo quisiéramos que fuera o no es lo que disfrutaríamos. El giro de las artes lleva demasiado tiempo dando vueltas sobre una desgastada rueda, ¿no podríamos alguna vez dejar la queja y expandir la mente? Claramente sería un crimen aún mayor dejar de admirar a las viejas secuoyas de la poesía pero ¿comete —en serio— un crimen el que no quiere segar los brotes emergentes?
Sé que este tema no es nuevo en mí, bien pudiera esta entrada ser la inmediata continuación de la anterior, pero es solo porque no quiero más guerra, la guerra es algo atroz—todos lo sabemos— y así voy a cerrar todo esto con el increíble En lugar de un prólogo, incluido en el Réquiem de la ya nombrada Anna Ajmátova:

«En los terribles años del terror de Yezhov hice cola durante siete meses delante de las cárceles de Leningrado. Una vez alguien me “reconoció”. Entonces una mujer que estaba detrás de mí, con los labios azulados, que naturalmente no me conocía, tan solo había oído mi nombre, despertó del entumecimiento que era habitual en todas nosotras y me susurró al oído (allí hablábamos todas en voz baja):


-¿Y usted puede describir esto?


Y yo dije:


–Puedo.


Entonces algo como una sonrisa resbaló en aquello que una vez había sido su rostro.»



Hay una sonrisa que se dibuja en lo que alguna vez fue el rostro de la poesía: Porque existe una nueva corriente puedo describirlo, porque puedo describirlo continuaré dando esperanza a la escritura, porque todos escriben yo puedo seguir leyendo, porque sigo leyendo hallo lo que busco. Así que ojalá muerte a la guerra, que vaya del solo hacia El Solo, que esté con Dios o con el Diablo —como si está en estanterías de la Fnac, sellados con marca Cátedra o en blogspot—, pero que deje la palabra en la palabra. 
¿Lo recordáis, más arriba, en el ejemplo de la rosa? Yo sé perfectamente hacia qué rosa tiendo… pero esto no es El principito de Antoine de Saint-Exúpery, no hay una rosa única ni debemos cubrir la rosa con una campana de cristal para protegerla a ella y solo a ella, pues —como bien sabrán los lectores de Sylvia Plath—, una campana de cristal puede dar lugar a una vida agónica hasta la muerte.

«¡Silencio, silencio!» —como dijo el anciano rey Lear de Shakespeare (y como también dijeron Larra y muchos otros)—, y que sea el fin del silencio el fin de lo que pretende silenciar.




sábado, 6 de mayo de 2017

Por los siglos de los siglos, discusiones poéticas y Gabriel Cebrián.

Si nos ponemos a raspar un poco el polvo poemático —apenas con una pluma o un silbido—, ¿qué encontramos como eje imperecedero de la poesía?
¿El ritmo, la rima? ...No.
¿Un fuerte conocimiento en el empleo de recursos estilísticos? ...¡No!
¿La métrica? ...¡Cuánto hacía que no escuchaba un chiste de tal calibre!
¿El abuso de la figura de las alas, el contorno de las aves, los abismos, el silencio...? Aún no.

...¿Es este espécimen un poeta... o un idiota con aires de grandeza?... Ahí, amigo, justo ahí estamos encontrando el fin del mundo.

¿Sabéis de esta eterna discusión, cierto? A poco que uno se haya aproximado un milímetro a un boli o a una tecla cercana al enter ha tenido que escuchar sobre ello: No muestres jamás una poesía si no la has tenido veinte años bajo la axila y la has dado de comer hasta hacer de tu pulguilla un mastodonte (...¿¡Qué una poesía...!? ¡¡¿Estamos locos?!!...¡¡Veinte años son para UN verso... si es que se busca que el verso sea mínimamente decente!!...), no es poesía sino prosa porque no has usado el método único e inviolable de la poesía (si quieres construir una nube debes aprender primero a fabricar el cielo), tú no eres poeta porque no eres poeta porque no eres poeta... Y etcétera (a lo ee cummings).

«Los dioses crean —dice Sylvia Plath—, dejad que los necios critiquen y sigan criticando».

A todo esto, dejo esta divertida charla de Gabriel Cebrián, un saludo poético-afectuoso a todos los que comparten esta pasión junto a mí... con un último comentario, fauces vaporosas: haced más caso a Vicente Huidobro y menos a las lenguas viperinas:

«Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!

Hacedla florecer en el poema»


«Recuerdo que una vez fui poeta. Quizá no escribía muy bien, pero vivía como tal. Quiero decir, nada de desmanes ni de grandilocuencias, que sólo tienden a apuntalar obras insuficientes por sí mismas. En cambio, era mirar el agua y licuarme, mirar el fuego y arder, mirar la tierra y sentir mis raíces móviles acariciándola con cada paso, beber el aire e intoxicarme de altura. Sabía entonces que la vía láctea cabía en mi mano y quizás por ello podía yo escupir ideas cuyo significado era asequible únicamente en sueños, allí donde las frases más inocentes suelen cobrar resonancias apocalípticas y donde las más crueles expresiones a menudo nos acarician el alma. ¿Es que acaso no resulta evidente el desmedro de la semántica que en favor de la sensación pura opera en los sueños?
El lenguaje poético inevitablemente descansa en pautas oníricas. El resto, es sólo autorreflexión tautológica del concepto, que es lo que estoy haciendo ahora y lo que vengo haciendo desde que dejé de poetizar. No fue una decisión fácil, ni siquiera estuvo en el campo de mi discrecionalidad. Simplemente sentí que mis versos se volvían más y más teoréticos, a tal punto que bastardeaban lo que debía ser su esencia. Así que una vez más quemé las naves y proseguí en pos de nuevos rumbos, tentando esta vez historias cuasi ficticias en las que podía explayar mis inquietudes filosóficas y descriptivas sin lesionar los sacrosantos estadios supraterrenos que corresponden a LA POESÍA.

—LA POESÍA es algo grande, Gabriel, dejáte de joder —me decía cierta noche Renato desde atrás de su vaso de fernet con coca en el living de mi casa—. LA POESIA, vos mismo me lo dijiste, es Rilke, es Eliot, qué sé yo, no es una cosa así nomás. Vos seguí con los cuentos, que andás bien.
—-¿Te parece, loco? ¿Y qué carajo hago con las poesías ésas que vengo escribiendo desde que era chico? ¿Las tiro a la mierda?
—Y, no sé, boludo, qué querés que te diga. Capaz que si agarrás chapa con los cuentos después en una de esas las podés vender, viste que la gilada compra cualquier cosa, una vez que conseguiste tener marca registrada. Pero no te vayas a pensar que porque vendés son POESÍA, eh.
—Tá bien, tá bien, pero se me hace que sos un poco duro, che, hay algunas que no son tan malas, —argumenté, mientras hojeaba nerviosamente un volumen de mis «Eufonías Rioplatenses» en busca de algún poema que me permitiese reverdecer un poco aunque sea mis mustios laureles. Me planté en «Anfisbena» y me pareció que había encontrado un alegato, artero y falaz —aunque alegato al fin—, para contraatacar y recuperar un poco de autoestima.
—Ves, ésta me gusta. ¿La leíste?
—Sí, creo que sí —me contestó, acusando desinterés y cierto fastidio.
—Sabés, lo que es una anfisbena, ¿no?
—No, la verdad que no.
—¿¡Entonces cómo carajo hiciste para evaluar la poesía, la reputa que te parió!?
—Bueno, pelotudo, no sé, la cuestión es lo que te deja.
—Lo que te deja, la pindonga. ¿Qué carajo te va a dejar, así? Es como leer una carta en alemán sin saber alemán, forro. ¿Querés que te documente un poco, y la volvés a leer?
—No, Gabriel, dejame de hinchar las pelotas. Haceme caso, seguí con los cuentos, dejáte de joder. Tomate tu tiempo, madurá un poco, y vas a ver cómo más adelante vas a escribir POESÍA COMO DIOS MANDA.
—No sé, loco, la verdad es que no me parecen tan chingadas. Ya sé, Renato, no es Rilke, pero qué sé yo, mejores que las de algunos cuantos giles...
—Ya sé, nabo, pero todo depende del punto que quieras matar. Podés ser un POETA o el rey de los poetas boludos, ¿no? Si te conformás con eso... mirá, yo que vos todavía no las mostraría.
—Tarde.
—Pero la puta que te parió, viejo, no te puedo dejar solo que hacés cagadas. ¿A quién se las mostraste?
—No sé, armé unos cuantos volúmenes y los repartí por ahí.
—Y bue´, ya está. A lo hecho, pecho.
—Ahora te digo, ¿vos sabés que varias personas me dijeron que les gustaban más mis poesías que mis cuentos?
—Seguro que son de la caterva ésa que la va de intelectual y que encuentra todo tipo de disparates interlineados.
—Loco, sos un prejuicioso de mierda. Dame una oportunidad, o, aunque más no sea, leélas de nuevo con el Larousse a mano.
—¡Andá a la puta que te parió, forro! ¡Lo único que faltaba! ¡Porque no conocía una boludez de ésas que andá a saber de dónde las sacaste te hacés el fino, ahora! ¿Ves lo que te digo, chabón? La poesía no se escribe con el diccionario en la mano.
—¿Y quién dijo que no?
—Cualquiera, boludo, cualquiera que le preguntes te va a decir lo mismo.
—Bueno, me chupa un huevo. Yo escribo poesía con diccionario enciclopédico, diccionario de filosofía, diccionario de sinónimos y mirando televisión. Y andá a la puta que te parió, vos también.
—Y bueno, loco, jodete. Todavía que me preocupo por tu carrera... flaco favor te hiciste mostrando esos “apuntes”.»


—GABRIEL CEBRIÁN, Introducción a Flaco Favor, La sombra del relámpago, Eduardo Zapiola, ediciones Stalker, páginas 7-9.