sábado, 20 de enero de 2018

Goethe: Werther y la tragedia del observador.

Dicen que Werther murió de amor, que en las Penas del joven Werther Carlota es el iceberg donde este halla el hundimiento definitivo. Pero sucede que cada vez estoy menos de acuerdo con esta visión pobre y manida de la obra de Goethe.

Carlota no es el iceberg: Carlota es la parte visible, la brizna fácil. Werther tenía algo más profundo e inasible por su extensión: Lo realmente trágico de Werther no fue sentir amor, fue ser un observador.
El observador, el que se ve a sí mismo en un vaho irreal sobre su propia vida, el que llega a esa consciencia deslustrada de su persona: al moho que se implanta sobre una vida que es un mundo tan capaz de distorsionarse y ser doblado hacia abajo. Ese mundo mecánico del que no poseemos el complejo mapa, esa imposibilidad de vida que maniobre con savia propia los engranajes.

«Yo formo parte de los personajes y desempeño también mi papel; mejor dicho, se me obliga a desempeñarlo, se me hace maniobrar como a un autómata. Si cojo la mano del que tengo más cerca, retrocedo con espanto, creyendo que es de madera.»

Su vida estaba, él tal vez no.
«Cuando el hombre no se encuentra a sí mismo, no encuentra nada».

Recordemos que no todo supuso un negativismo de primera página, sino que se trata aquí de una evolución progresiva.
Así en su inicio, las correspondencias que Werther enviara a Guillermo llevaban un rumbo completamente distinto a las letras más avanzadas, el Werther primigenio comenzaba confesando a través de sus cartas sus ganas de «gozar el presente, y que lo pasado sea para mí pasado por completo». Se trataba de un Werther embriagado por la naturaleza, por las plantas, por los pequeños animales, las montañas que le inspiraran calma y vida, la naturaleza continente de todo lo que el mundo pudiera ofrecer: «Cada árbol, cada planta es un ramillete de flores y siente uno deseos de convertirse en abeja, para revolotear en esta atmósfera embalsamada, sacando de ella el necesario alimento».
No, a este Werther no le sucede que se enamora de quien no debe ni puede tener, quiero decir: sucede, pero ni de lejos es lo más reseñable de la obra.
Porque lo que a Werther le sucede es que es solo eso: un observador. Y, lo que es peor: es un observador que analiza lo que observa.

Pero Werther, el observador, quien observara un tallo queriendo ser abeja, acaba por descubrir qué observa y al descubrir destruye. Esto es, se destruye. No puede quedar inocencia en quien ha visto demasiado y, sin inocencia, qué puede quedar salvo el sentimiento vago, el cambiar los tallos que se enredan, frescos y verdes, entre los pies de uno por la desesperanza, esa desesperanza que se talla en lo que entendimos desde un inicio por nuestros pies, los únicos vestigios de ser planta que nos fueron concedidos al nacimiento; qué cuando la locura te arranca, te destierra y ese delirio imborrable te hace suyo.

«Parece que se ha levantado un velo delante de mi alma, y el escenario de la vida infinita se transforma a mis ojos en el abismo de la tumba, eternamente abierta. ¿Puedes decir «esto existe» cuando todo pasa, cuando todo se precipita con la rapidez del rayo, sin conservar casi nunca sus fuerzas, y se ve, ¡ay! Encadenado, tragado por el torrente, y despedazado contra las rocas. No hay un momento que no te consuma, que no consuma a los tuyos; no hay un momento en que no seas, en que no debas ser destructor; tu paseo más inocente cuesta la vida a millares de pobres insectos; uno solo de tus paseos destruye los laboriosos edificios de las hormigas, y sumerge todo un pequeño mundo en un sepulcro.»


El drama de un observador es que una vez alcanza una realidad que ignoraba, no hay salida posible: Una realidad expuesta en su ser más íntimo no puede salir del cubículo que lo contiene. El infortunio del observador es que conoce los bordes exactos de su bucle, la condena del vivir, los errores continuos, idénticos e inabarcables del yo. No se puede volver a recorrer lo inexplorado cuando ya se conoce. Observar, tocar, alcanzar, todo desvanece el encanto de lo invisible.

«Yo iba y venía sin saber jamás lo que buscaba. Con lo que está distante de nosotros sucede lo que con el porvenir. Un horizonte inmenso y crepuscular se extiende delante de nuestra alma; en él al par que nuestras miradas, se sumergen nuestros sentimientos y, ¡ay!, ardemos en deseos de entregarle por completo nuestro ser, soñando saborear en toda su plenitud las delicias de una sensación grande, sublime, única. Pero cuando hemos corrido para llegar; cuando el allí se ha convertido en aquí, vemos que todo queda como antes, permanecemos en nuestra miseria, encerrados en el mismo círculo, y el alma suspira por la ventura que acaba de escapársele.»

Un soñador, un ser puramente imaginativo es libre de vagar anchamente de un lugar a otro, mientras que el observador que accede a la celda de lo observado, a lo descubierto, ya no podrá moverse un solo paso de sí: el conocimiento le seguirá por más que intente culebrearse. Werther era capaz de soñar en un principio, todo estaba al alcance de los sueños. 
Fue el Werther final quien encontró las barreras.

«Pero, Señor, ¿estará escrito en el destino del hombre que sólo pueda ser feliz antes de tener razón o después de haberla perdido?».

Quiero decir, nuestro joven Werther podría haberlo tenido todo, todo lo que el ser humano —como ser social— considera tenerlo todo, lo necesario para el triunfo: capacidad, talento… Santo Dios, Werther tuvo incluso buenos contactos. Pero qué torniquete cuando la vida supone el exilio de la propia vida, cuando lo que en principio parece capaz de conservarla te hace perder uno a uno los miembros.

La muerte de Werther fue una muerte lenta nacida de esa asfixia, un camino cosido a su propia sombra; despedazándose en las montañas de sus propias huellas, sus pasos al frente no supusieron sino tumultos que fue incapaz de soportar.
Carlota no es más que una anotación a pie de página. Carlota no es más que ese mundo lejano que observa Werther, la acción de los otros no incrementa más que su abstracto y Werther ya no puede retroceder.
Porque Werther era un observador y, aún peor: tenía memoria.

Entonces, lo trágico no es el amor. Quiero decir, no es que no nos enamoremos de quienes no debemos ni podemos alcanzar, hay algo fatídico de por sí en el amor y volveremos a besar, inconscientes, cuestionando el calor tóxico que nos conduce, una vez más, al no futuro que conocemos. Seremos también olvidados, obviados, muertos sin cruces, ni tierra, ni tan solo un beso de adiós que cae por error en nuestro sepulcro. Pero el amor no será sino un sentimiento anecdótico sobre lo insalvable de nosotros mismos. El amor no es, ni de lejos, lo reseñable de nuestras vidas.

Lo trágico, lo realmente trágico, es llevar un Werther dentro, un observador Werther: Un Werther que nos saluda desde los bolsillos, que nos guiña un ojo en las celdas húmedas de nuestras vísceras, un Werther que observa cómo nuestra cabeza nos observa a su vez a nosotros mismos.

La tragedia de la observación es que somos capaces de distinguir con borde preciso la condena de nuestros errores, que perdemos la inocencia del mundo al repetir la letanía de quiénes somos, de toda esa negatividad oculta en nuestros ropajes y míseros gestos. Que vemos el traje más ínfimo de quien nos rodea, la materia que nos cubre, y entonces no hay mentira que pueda salvarnos.

«Sólo Dios sabe cuántas veces me he dormido con el deseo y la esperanza de no despertar más. Y, al día siguiente, abro los ojos, vuelvo a ver la luz del sol y siento de nuevo el peso de mi miseria.»

En algún sitio de nosotros estamos siendo Werther, estamos dejando caer nuestro aliento sobre el invierno, observando cómo escapa de nosotros lo inmanejable, nuestra vida. En algún momento alguien intentará correr más rápido queriendo adelantar su propia sombra.


Pero no podrá, porque la verdadera tragedia de un observador es ser un observador. Tener memoria.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Con un par

        Desde siempre he sentido un enfado extremo cuando he oído hablar a la población —en general— sobre las enfermedades mentales: esas enfermedades «que tienen porque ellos quieren», de esa gente «que va de víctima», que se comporta así «para hacer lo que le sale de los mismísimos», que solo son «consentidos, maleducados. Idiotas».
Para qué voy a poner más juicios, si ya sabéis de lo que hablo.

        Me resulta curioso porque no se culpa al diabético por su diabetes, al hipertenso por su hipertensión, al paciente oncológico por su cáncer. Pero sí a una persona que padece una patología mental por padecerla, incluso cuando ya ha quedado demostrado por numerosos estudios que las enfermedades mentales —como los trastornos de la personalidad o del comportamiento— no se deben solo a factores sociales, ambientales o culturales, sino también a una aglutinación de circunstancias genéticas, bioquímicas y neurofisiológicas (como la neurotansmisión de la serotonina, la noradrenalina, la fisostigmina,el N-metil-D-aspartato o el ácido gamma-aminobutírico, entre otros nombres raros en los que no voy a entrar, pues no pretendo hacer de esto un texto médico). Por eso he elegido este ejemplo, porque voy a usar la relación con este tipo de sentencias —sobre enfermedad mental— para explicar una ignorancia muy semejante y que es trasladada con frecuencia a la valoración del estado de salud de una persona: el veganismo.

         Llevo unos meses —cardiológicamente hablando— francamente nefastos y varias veces he tenido que acudir a los centros médicos por latir de una forma en la que no debiera y que, en consecuencia, me han producido mucho dolor y una serie de síntomas nada agradables. Yo solo pido que me quiten el dolor. Nada más.

         Pero, como era de esperar, en todo este turismo sanitario no ha podido faltar el médico que detuviera la anamnesis, como si estuviera entrando por la puerta grande del nirvana, para achacar absolutamente todos mis problemas al simple hecho de qué es lo que como y qué es lo que no. 
«¡Ahí está! ¡Eso es lo que te pasa!».

Por estas cosas no me gusta hablar de veganismo.

        Afortunadamente, de algo me tenía que servir ese ir y venir a los millonésimos especialistas y demases y, gracias a ello, pude demostrar en seguida que los resultados de mi analítica no ligaban —se mirara por donde se mirase— mis problemas cardíacos a ninguna causa hemodinámica ni, mucho menos, nutricional. Así que allí le dejé sobre la mesa mi analítica perfecta: esa analítica modelo, de resultado impecable, la envidia-pa-tu-cara del laboratorio.
Y, además, excitada como estaba porque mi analítica hubiera al fin servido para algo agregué:
«¿Y cómo se explica entonces que esto me lleve sucediendo desde antes, desde que era una persona como usted, cuerda y normal, que comía alitas de pollo y calamares y todos esos pobres demonios que, como usted sugiere, me están castigando con dolores insoportables por no quererles dar un bocaíco en el morro?»

        No hubo respuesta, en su lugar cerró los ojos con ese movimiento de cabeza y hombros tan rítmico, tan prepotente. (Es decir, que sí hubo respuesta, pues no dijo nada pero lo oí). 

«No sé contestar pero llevo razón», decía.

        Santo Dios… Yo solo quería que me quitasen el dolor.

        Me levanté y salí de allí pensando en todos aquellos pacientes con trastornos de la personalidad o del comportamiento, esos que tienen que soportar día tras día los «es que no te esfuerzas, es que te pasa porque quieres, es que vas de víctima, es que es tu culpa». 
Tu culpa. 
Tu culpa. 
              ...Mi culpa.
Ahora resulta que yo también sufría porque me daba la gana. 

Por esto no me gusta hablar de veganismo. 

        Porque no quiero tener que ir dando clases magistrales sobre mi alimentación. No quiero tener que entrar en repeat para que sepan si como merluza o espinacas. No quiero hablar a diario de comida, no quiero responder a preguntas absurdas. No quiero memes ni memeces.
Porque no soy peor que nadie y porque no soy una tarada: Porque tengo una ideología controlada y personal y que no interfiere en mi estado de salud: Y nada más. 

Pero por mi culpa, por mi culpa, por mi culpa.
Santo Dios, tanto médico y tanta prueba... ¡y al final solo tenía que comerme un par de huevos!


lunes, 18 de diciembre de 2017

Aquí no hay literatura.

Nunca he creído en las casualidades. La visión que tengo del mundo es tan pésima que suele sustituir el concepto por un conjunto de hechos mezquinos e interesados, nada libre de pluma y burbuja. Pero ¿qué pasa con las casualidades que no atañen más que a un depósito de uno mismo? ¿Es posible que esta modalidad sí exista?
Porque sucede que una simple canción, una imagen casi esbozada, un número cardinalísimo en una fecha… cualquier cosa nimia, menuda, destapa lo abstracto, lo etéreo. Lo visible y no.
            —Incluso: la serendipia.
Así estaba yo hace unas semanas buscando canciones en Youtube cuando apareció un dibujo que conozco bien: la imagen que uso de perfil en el blog de poesía.

Movida por la curiosidad puse el ratón encima de aquel dibujo y apreté. La primera vez que encontré la imagen no buscaba nada en particular y ahora una pulsación... ¿podía llevarme hasta su origen?
            —Tal vez no encontré el germen, pero todo se volvió confuso y paranoico al continuarse con el nombre de usuaria al que me condujo aquel click.

No voy a revelar su nombre por algún pudor que no comprendo, sin embargo fue aquella sucesión de grafemas la que sirvió para dar continuidad a mi propia cadena de fantasmas. El nombre de esta usuaria, por su parte, era un puzle de dos piezas que daba a mi chaladura una ilógica sensación de concordancia:  La primera pieza se formaba por el título de una canción con la que estuve obsesionada al terminar mi relación con Miguel; y la segunda, casi el alias que aún empleo en mi dirección de correo electrónico y que surgió casi al inicio de mi relación con Miguel.
            —De momento tenía poco: una imagen y un nombre anudado con extrañas asociaciones.

Como me siguió pareciendo curioso y realmente no tenía tiempo para meterme de lleno en estas distracciones sin sentido, accedí a su perfil de usuaria. Y aquí vino la fecha, 2011: El año en el que amé por última vez a un ser humano, el año en que la relación con Miguel se disolvió —y aún más truculento: el mismo mes—. Para entonces ya me daba mordisquitos en la tripa esa curiosidad de imagen + nombre + fecha + rememoración del pasado en relación a mis sentimientos + vida, así que abrí la canción y ¿creéis que todo acabó?
No lo hizo.
No todo acaba al chascar los dedos, sino que va salivando lentamente. La primera vez que me asaltó la duda sobre ese vínculo idílico en el que me sumergía con Miguel me dio por escuchar un grupo que ni me gustaba, ni me decía, ni me movía nada, simplemente campanilleaba con un soniquete fácil que dejaba al pensamiento dar vueltas y vueltas como un mosquito sin destino.
No había vuelto a acordarme de ese grupo desde haría unos seis años, y allí estaba.
Es cierto que no me había afiliado desde dicha ruptura a ninguna congregación de monjitas, hubo algún que otro contacto y hasta pareja desde entonces, pero estos encuentros ya no estaban basados ni en lo tierno ni en lo romántico, sino en puras jugadas autodestructivas.
            —Tal vez sí hubiera debido hacerme socia de la abstinencia y la clausura, pues sé que los sentimientos y modus operandi que me quedaron desde entonces dejaron bastante que desear y lo admito: Sé que no he amado.
Pero para un cuerpo muerto cualquier sentimiento que se mueva es suficiente y por supuesto, la última relación que tuve se debió a ese nacimiento emocional—que no seré un cáliz ¡pero tampoco soy vacío!— y aunque ahora contemple la posibilidad de que aquello más que amor fuese tan solo una atracción hacia las terroríficas piruetas que se gastaba, no lo sentía de este modo por entonces.
            —Conclusión: Encuentra a alguien que solo pueda mantener relaciones con el resto de su especie para averiarla y esa ruptura de la realidad te hará delirar.

Así, en ese juego de la unión que estaba suscitando, seguí ligando los hechos: Como había tenido lo mejor y lo había destruido (Miguel); encontré un proyecto con el que mantener la relación más disfuncional para que me destruyera (última relación), pues no soy complicada: solo soy una humana estúpida con estúpidos y humanos comportamientos tipo y, bajo esa simpleza, es cierto también que no fue un trazo exclusivo del aburridísimo tema amoroso: durante toda esta etapa me hice por amigos a aquellos a los que menos importara mi existencia y, en resumen, toda relación, en cualquier aullido y estructura, siguió esa expresión superficial bien mantenida.
            —Por ello no voy a gastar tiempo hablando de dicha relación —pues el interés es cero—, la anotación solo era necesaria para comprender la línea argumental.

Tras este razonamiento inicié al fin la canción y los pensamientos volvieron con fluidez sobre la memoria remota, como había sucedido las otras veces que había escuchado a ese grupo todo se hacía fácilmente esquemático, todo se ordenaba con soltura. Lo había hecho muy mal durante mucho tiempo. Sé que herí (como a mí me mataron cuando me propuse esforzarme de nuevo —en la ya muy nombrada relación última—, aunque fuera esfuerzo en vano) y sé que es posible que no sintiera nada antes de intentar el cambio, como es posible que esto me hubiera hecho aceptar que llevaba un nido de cables y chips por dentro, carente de emociones.
Pero no era cierto.
Porque entonces, al volver al embrión bajo aquellas notas tan livianas que se dispersaban desde el ordenador hasta el aire y desde el aire a mis oídos y desde los oídos hasta el cerebro, me di cuenta de que pasado el dolor y el resentimiento aún no se había extinguido el amor: Como le amé (a Miguel), es posible que le ame para siempre. 
Y si puedo sentir, puedo sentirlo.
Uno de los principios que circulan sobre la hipotermia: 
«Un cuerpo no está muerto hasta que está caliente y muerto».
Desde Miguel he sido un paréntesis y en la envoltura anciana de mi oruga lamento haber arañado a otros brotes con mi espina. Lamento haber tenido que ponerme en la textura para alcanzar la empatía con todos los hechos y personas que me enlazaron. Estuve equivocada.
Tampoco yo salí ilesa y algunos lo llamarán karma (aunque yo lo admito como comportamiento estúpido de humano estúpido que procura y recibe los mismísimos y estúpidísimos y humanísimos resultados, como dije). No maldigo, ni puedo, la mala palabrería o trato que haya podido recibir en esta franquicia de relaciones sin relación que he mantenido.
Pero para eso sirve la serendipia: Para obligarnos a razonar sobre un pasado al que por pereza no nos habíamos acercado y cuestionarlo.
Para eso sirve la serendipia: Para poder mirar con cara de pausa y decir: 
«No estoy muerta, todavía».




Take me somewhere nice, esa era la canción.


sábado, 26 de agosto de 2017

El solitario genuino

     Cualquiera que haya cogido impulso para leer —por encima o por debajo— alguna entrada de este blog se habrá dado cuenta de mi disfrute al desmigar fragmentos de otras obras y situarlos dentro de una reflexión que poco —aunque casi siempre la palabra correcta sería Nada— tienen que ver con el propósito original. Apenas un alfiler que envidiar a ese loco-despojo de Jean-Baptiste Grenouille intentando conservar ese olor, esa memoria de otras pieles sin remordimiento de asesinato. Queda claro a su vez el hecho de que soy diletante en todo, experta en nada. Las opiniones volcadas aquí tienen el mismo valor que la hoja en el otoño: Tanto puede resultar bella en su caída como fea, molesta y maloliente cuando se observa pútrida, mil veces pisada, desde el suelo: Real y ficticia, cabeza o ala, silencio y tambor.
     La última nota es que, a pesar del texto escogido, todo este hilo ha sido rasgado lentamente a consecuencia de algunas conversaciones con mi amigo Gonzalo, al que tanto discutí sus aseveraciones sobre el insano impulso de lo que él llama «la retención humana»: Esa enfermedad que se empeña en retener en nuestra vida y vivencias otras vidas y vivencias cuyo resultado queda, de forma clara, en un escenario en ruinas e irresoluble. Y al que al final he terminado dando la razón.
Así voy a tomar esta vez una antigualla que lleva vistiendo la cabecera de mi otro blog un tiempo bastante prolongado y que no es sino este fragmento de La muerte en Venecia, de Thomas Mann:

«Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito».

     Y es que, ay, qué miedo o rechazo o vergüenza se le tiene a esta bellísima oportunidad de ser solitario, ¿verdad? ¡Qué mala imagen da sin resbalar al preguntarse el por qué! Cuando es cierto que un solitario es, en realidad, quien logra desbridar de su cuerpo esa maldita carcoma que tanto se adhiere: la dependencia.
Pues ¿no es la dependencia sino la hermana ciega de la experiencia? ¿No es mirar fijo al sol cinco veces, quinientas veces, siendo el sol solo sol y esperar que en la sexta, en la quinientos uno, sea el sol un grillo o una paloma?
Es decir, que el pensamiento de un solitario se tiene por desproporcionado cuando en realidad podría no serlo, ya que [el solitario] posee una herramienta metaexperimental que actúa a modo de tiovivo autónomo girando incansable sobre sus dedos y, en dichos términos, puede maniobrar con esta experiencia desde una raíz cortada: una raíz de distancia que no permite a la emoción o al pensamiento ardiente volcar su enredadera sobre acciones o palabras: Un solitario llega a plantearse la posibilidad de que el ser humano apenas conste de cuatro o cinco comportamientos básicos y sea, por lo tanto, nuestra vida individual un fútil esfuerzo por realizar disparatadas combinaciones, tal vez en un intento por hacerlos originales y sorprendentes. 
Pero la probabilidad es esta: hay un poco de matemáticas en nuestro comportamiento y así siendo, la dependencia será siempre un óbice para la resolución de nuestras más vanas ecuaciones.
     ¿Podría decirse, llegado a este punto, que entonces un solitario es aquel que no cae en dicho error? ¿Que suma y multiplica en frío y fríamente puede desprenderse (contrariamente a lo señalado por el señor Thomas Mann) con una mirada de lo dañino, obtuso o que no le proporciona nada más allá que decimales periódicos? Contestaré para continuar que sí como si solo cupiese en este texto su afirmación.
Entonces el solitario, el buen solitario —y siento decirlo— no es reglamentariamente confuso e intensito.
Sí. El solitario es «erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito» por naturaleza en cuanto es, además, un ser humano. Sin embargo, es el solitario quien puede darse cuenta —en perfecta sincronía— del error, desproporción, absurdez o delito. Cuando un solitario sabe que ha fallado o le han fallado puede caminar hacia la solución sin desviarse. Quizás es cierto que esté muy enfocado en el cuestionamiento de cómo restablecer el orden (y aquí doy por cierta esa tendencia a la obsesión que el fragmento expone), pero eso indica que está del mismo modo orientado a la reconstrucción con una condición clave: No olvidar para hacerlo puro.
     Siendo así y nada más allá de esto, el solitario es también quien pierde el interés —y muy fácilmente, he de agregar— al verse empujado hacia la salida del raíl para derrapar en otros términos igualmente erróneos, desproporcionados, absurdos e ilícitos. Es decir, el solitario no tiene reparos en asumir un error, pero sí resulta perezoso para caer en maniobras de sumisión-dominación, manipulación o extraños dramatismos o errores cuya resolución conoce por experiencias previas: Puede el solitario mirar al sol sabiendo que es «sol y solo sol» y no deprimirse al señalar: «No hay grillos ni palomas». Porque un solitario es un ser sin miedo al desprendimiento.
     También, claro, ha de saberse que no existe solitario sin matices: Un solitario puede tener compañía por cierto tiempo, incluso por mucho tiempo, puede tener compañía siempre y ser a su vez el ente más entregado a la renuncia inminente e irrevocable de la dependencia. En otros términos: instaura un alejamiento a través, o incluso a causa, del efecto rebote que suele generar el sentimiento común de esta separación, que no es sino una traducción insultante y menoscabada y no carente de lo grotesco.
Entonces ¿es el solitario un ser con balanza? Si no lo es, se le debe al menos otorgar el beneplácito de la duda: Puede tenerla.
Así es el solitario —en tanto que es un ser con posibilidad de balanza— un ser que no sufre al poner bajo el mismo foco las perturbaciones más exageradamente inquietantes de la mente humana junto a las más aburridas y cíclicas realidades que nos consumen: Porque ha dolido de forma desproporcionada puede montar desproporciones de rompecabezas con desenlace indoloro. De aquí se diría que el dolor avanza a la razón y que así consigue el solitario extraer la savia de esa razón, desatándose por tanto, y sin contonearse apenas, de la incómoda dependencia.
Porque el solitario aprende a no retener, no se confunde y se confunde a consecuencia; porque ha vivido sociable antes de vivir en solitario puede llegar a ser, si se esfuerza, un solitario sociable. Y este es el solitario auténtico: El ser sin miedo.

                      
Fotograma de La Muerte en Venecia, película basada en el libro de Thomas Mann y dirigida por Luchino Visconti.







lunes, 17 de julio de 2017

La lengua de las espirales

Hace unos meses hablaba con un amigo psicólogo sobre Pizarnik, él me comparaba la vivencia de esta maga de grafías con la de sus propios pacientes (de los que en todo momento mantuvo el anonimato y el secreto profesional sobre su historia). En determinado momento me dijo: «Pizarnik se mantuvo gracias a sus palabras, no sé qué habría sido de ella si no hubiera sido capaz de escribir». «Pero aún se duda sobre si se pasó con su dosis de somníferos o si se suicidó, ¿cómo dices que no sabes qué habría sido de ella… ¡si murió tan joven!?», añadí contrariada. «Yo me refiero al antes, Alania, siempre hay un antes», me contestó él.
Hoy rememorando aquella charla comienzo a creer que tenía razón —quizás más allá de lo que él mismo pensaba que tenía de razón—, hay un antes para todo lo que vemos, existe el antes mucho antes de todo lo que conocemos y ¡puedo incluir tantos antes en mi propia experiencia!
Uno de ellos: a mí me han criticado continua y duramente por no hablar claro en mi poesía. Y puede que no lo escriba recto y firme, es cierto, puede que haga circunferencias en lugar de transcribir palabras.
Pero yo no reivindico un hueco, no reivindico que os guste y ni tan siquiera que comprendáis, solo sé que para algunos el lenguaje es todo lo que nos queda para seguir existiendo y esas curvas, esos puntos movidos y esas vocales inquietas son nuestro no saber qué sería de nosotros sin ellas.
En definitiva, todo lo que reivindico es tener el mismo derecho a sentir / mantenerme que el que tienen aquellos afortunados que conviven con su mente clara, aunque yo tenga espirales antes que palabras. Nada más.

Alejandra Pizarnik (1936 - 1972)

sábado, 15 de julio de 2017

Uno y sí mismo

«Soy vertical
Pero preferiría ser horizontal...
...y he de ser útil cuando yazca al fin:
por una vez, entonces, me tocarán los árboles, 
[y tendrán tiempo para mí las flores.»
—Sylvia Plath

Compañeros, obligados participantes de esta distribución terrena, no os entiendo.
Si todos lleváis sobre el mundo este hueso hueco y antiquísimo por víscera —ligeramente hacia la izquierda—, si desde su rigidez apenas si bombea y veis la vida translúcida, como investigada apenas a través de la lámina de una radiografía difusa: demasiado oscura, demasiado mal enfocada. Si lleváis la asfixia en algún lugar entre el esternón y la tráquea y no podéis respirar, toser, vivir. Si habéis acumulado las palabras en la misma forma, el mismo estante, todas con su mismo significado: desde arlequín a gusano, si todas una palabra misma y así optáis por enmendarla en una frágil colcha de silencio y el silencio no es suave, ni térmico, ni tangible. Si veis el primer rayo del día y rogáis, si dudáis del tiempo que podréis despertar apenas con un maullido en la oreja y levantaros tan solo por ese maullido en las córneas y avanzar tan solo por ese maullido en los dientes y resistir tan solo por esa levedad sonora, si dudáis si tendréis que empezar ya a disculparos por el fósil doloso que será vuestro contorno, si será valiente o cobarde esta resolución definitiva, si ocultáis las lágrimas como una vergüenza inmensa en vuestro cuerpo y fingís sonrisas plastificadas, alegrías plastificadas, manos de plástico plastificadas. Si todos sentís no poder, por poder, bañar siquiera con saliva vuestra lengua: no el acto más básico, ni razonado, ni nimio y así pensáis «aquí en el centro me atornillo una existencia oxidada».
Pues, no lo entiendo. Si todos sois yo y como yo sentís el sentir como este hierro candente, si todos sois todos en vuestro revés y el hacia dentro: por qué perpetuáis la especie e intentáis poner un pie tras otro, una palabra tras otra, una respiración constante y superflua y procesada, un mirar infatigable. Si todos lleváis mis ojos, mi aire, mi boca, mis pies y todo es uno y es sí mismo, entonces sabéis: que hay —al parecer— un ser humano único, solo y desmigado por el mundo, y es triste y es suicida y ha comprendido: que hay palabras sinónimas de la forma y sombra de una jaula y que nos dibujamos símbolos en la carne de su carne como cuevas.
No sé, tal vez haya ocasión para que encuentre paz y entonces os entienda. Pero estáis aún por venir
y llegaréis para las flores.

domingo, 28 de mayo de 2017

Un hombre de humor, G.K. Chesterton

Un hombre de humor en vida permite que el humor siga actuando cuando la vida acaba. Por ello hoy escojo a Gilbert Keith Chesterton, escritor de —entre otras muchísimas obras— El hombre común y El hombre eterno, u otras como El caballero salvaje o La balada del caballo blanco. Empecemos:

     Se dice de G.K. Chesterton que fue un escritor y periodista británico de inicios del siglo XX que cultivó varios géneros: el ya citado periodismo, los ensayos, la narración, la lírica o los libros de viajes… (Esto lo acabo de leer en Wikipedia).
Pero también cultivó su panza, y además de su panza o, en este caso, a causa de ella —pues Chesterton medía 1,93 centímetros y pesaba cerca de 134 kilos—, también la ironía y el buen humor. Así cuentan que una vez, durante la Primera Guerra Mundial, una mujer le abordó en Londres para reprocharle que él no estuviera «allí fuera en el Frente», a lo que Chesterton replicó tranquilo: «Disculpe, señora, pero si usted da la vuelta hasta mi costado, podrá ver que sí lo estoy».


Y hablando de Chesterton... hago una pregunta que no tiene nada que ver con lo anterior pero que sí me ha surgido a razón de éste y de sus textos no exentos de humor:
¿Por qué en las biografías, sobre todo en las de grandes escritores, aparece reflejado que en las puertas de la muerte dijeron algo revelador, espectacular, cultísimo y grandilocuente?
¿Ninguno tuvo el típico delirio de ver un perro en la esquina de la habitación? ¿No fue la última frase de ninguno de ellos: «Dame agua, que tengo sed» o «Me hago pis»?
Escribe Maisie Ward en su biografía sobre Chesterton que éste, en ese estado pre-mortem, dijo: «El asunto está claro ahora. Está entre la luz y las sombras; cada uno debe elegir de qué lado está». En otras biografías dicen que sus últimas palabras fueron «Hola, cariño» a su mujer Frances y «Hola, querida» a su hija adoptiva Dorothy... Incluso en este caso, que por fin se dicen unas palabras más o menos comunes (aunque yo sigo apostando por el grito de «Tengo sed»), se escriben luego supuestos y acasos para engrandecer esos momentos de muerte, así dice (seguimos hablando de la muerte de Chesterton) Joseph Pearce de estos dos saludos bastante corrientes que «sus palabras fueron sumamente apropiadas; en primer lugar, porque estaban dirigidas a las dos personas más importantes de su vida; y en segundo lugar, porque eran palabras de saludo y no de despedida, significaban un comienzo y no el final de su relación».

Oh… por supuesto yo imagino a Chesterton agonizando durante días y días en su cama, esperando el estertor último y pensando:
«A partir de ahora solo puedo decir cosas lúcidas y con un significado desplegable, no sea que me muera y estos hijos de puta no escriban chorradas grandilocuentes sobre mí… por cierto, tengo sed, joder, pero que mucha sed».
Y entonces pienso que si alguna vez logro ser escritora, espero ser una escritora póstuma, no vaya a ser que alguien me niegue mi vaso de agua en el lecho de muerte o en ese momento solo pueda pensar que quiero hacer pis.


Fotografía de Gilbert Keith Chesterton