domingo, 28 de mayo de 2017

Un hombre de humor, G.K. Chesterton

Un hombre de humor en vida permite que el humor siga actuando cuando la vida acaba. Por ello hoy escojo a Gilbert Keith Chesterton, escritor de —entre otras muchísimas obras— El hombre común y El hombre eterno, u otras como El caballero salvaje o La balada del caballo blanco. Empecemos:

     Se dice de G.K. Chesterton que fue un escritor y periodista británico de inicios del siglo XX que cultivó varios géneros: el ya citado periodismo, los ensayos, la narración, la lírica o los libros de viajes… (Esto lo acabo de leer en Wikipedia).
Pero también cultivó su panza, y además de su panza o, en este caso, a causa de ella —pues Chesterton medía 1,93 centímetros y pesaba cerca de 134 kilos—, también la ironía y el buen humor. Así cuentan que una vez, durante la Primera Guerra Mundial, una mujer le abordó en Londres para reprocharle que él no estuviera «allí fuera en el Frente», a lo que Chesterton replicó tranquilo: «Disculpe, señora, pero si usted da la vuelta hasta mi costado, podrá ver que sí lo estoy».


Y hablando de Chesterton... hago una pregunta que no tiene nada que ver con lo anterior pero que sí me ha surgido a razón de éste y de sus textos no exentos de humor:
¿Por qué en las biografías, sobre todo en las de grandes escritores, aparece reflejado que en las puertas de la muerte dijeron algo revelador, espectacular, cultísimo y grandilocuente?
¿Ninguno tuvo el típico delirio de ver un perro en la esquina de la habitación? ¿No fue la última frase de ninguno de ellos: «Dame agua, que tengo sed» o «Me hago pis»?
Escribe Maisie Ward en su biografía sobre Chesterton que éste, en ese estado pre-mortem, dijo: «El asunto está claro ahora. Está entre la luz y las sombras; cada uno debe elegir de qué lado está». En otras biografías dicen que sus últimas palabras fueron «Hola, cariño» a su mujer Frances y «Hola, querida» a su hija adoptiva Dorothy... Incluso en este caso, que por fin se dicen unas palabras más o menos comunes (aunque yo sigo apostando por el grito de «Tengo sed»), se escriben luego supuestos y acasos para engrandecer esos momentos de muerte, así dice (seguimos hablando de la muerte de Chesterton) Joseph Pearce de estos dos saludos bastante corrientes que «sus palabras fueron sumamente apropiadas; en primer lugar, porque estaban dirigidas a las dos personas más importantes de su vida; y en segundo lugar, porque eran palabras de saludo y no de despedida, significaban un comienzo y no el final de su relación».

Oh… por supuesto yo imagino a Chesterton agonizando durante días y días en su cama, esperando el estertor último y pensando:
«A partir de ahora solo puedo decir cosas lúcidas y con un significado desplegable, no sea que me muera y estos hijos de puta no escriban chorradas grandilocuentes sobre mí… por cierto, tengo sed, joder, pero que mucha sed».
Y entonces pienso que si alguna vez logro ser escritora, espero ser una escritora póstuma, no vaya a ser que alguien me niegue mi vaso de agua en el lecho de muerte o en ese momento solo pueda pensar que quiero hacer pis.


Fotografía de Gilbert Keith Chesterton

domingo, 21 de mayo de 2017

Sobre la cansina pero incansable guerra de la poética actual


Sí, es evidente que la poesía ha sufrido un cambio considerable desde aquellos maravillosos poetas confesionales que emergieron en Estados Unidos en el siglo XX, muy alejados de la inteligentísima expresión de Sylvia Plath o incluso de la descarnada poesía de Alejandra Pizarnik, así como se ha alejado de la poesía acmeísta de las soviéticas Anna Ajmátova o Marina Tsevetáieva, o se ha alejado de la poesía de la experiencia de Ángel González o de José Agustín Goytisolo.
Sin embargo, ¿acaso no es posible que pudiéramos decir de este cambio lo que ya expuso William Shakespeare en labios de su Julieta, tan enamorada como familiarmente enemiga de su enamorado por un simple apellido que, al fin y al cabo, no era más que una palabra?

         «JULIETA: No eres tú mi enemigo. Es el nombre de                                 Montesco, que llevas. ¿Y qué quiere decir Montesco? 
        No es pie, ni mano, ni brazo, ni semblante, ni pedazo 
        alguno de la naturaleza humana. ¿Por qué no tomas 
        otro nombre? La rosa no dejaría de ser rosa, y de  
        esparcir su aroma, aunque se llamase de otro modo».

Con ello quiero decir que la poesía confesional, la poesía de la experiencia, al igual que la pastoril, la vanguardista, la acmeísta, o cualquiera que sea, no son poesía, sino meras clasificaciones. La poesía no es una taxonomía, por lo que ¿qué de cierto hay en esa crítica despiadada a los números uno en ventas de la poesía actual que dice que su poesía no es poesía, si ni siquiera la poesía es poesía? ¿Qué problema —real— hay con que se publiquen y vendan esos libros? Dejando a un lado el sufrimiento de los árboles, que crecen cada vez más tímidos y desesperanzados, y el hiperbólico dramatismo de sus Inquisidores: ninguno.
Y si reflexionamos brevemente y nos unimos a Shakespeare ¿qué sería mejor para la rosa? Si arrancásemos la rosa —es decir, quitásemos esa poesía a sus lectores porque en lo personal nos disgusta (y hasta puede llegar a ofender)—, ¿no moriría la rosa? Sí, muere, y muere sin piedad, no como el Ave Fénix que espera renacer, sino como el paso de «el solo hacia El Solo», recordemos aquí una reflexión de José Bergamín en su obra Claro y Difícil respecto a ello: «Porque no se ha de burlar el hombre con su soledad. Y es en el trance de la muerte donde ya no es posible esa burla, porque es en el trance de la muerte donde el hombre se queda solo, enteramente solo de verdad. (…) Solo con El Solo, que dijo, en el ápice de la experiencia mística espiritual, Plotino (…)». No ya vista esta muerte como algo profundamente religioso, sino desde el espíritu poético, esta muerte resultaría terrible, pues si se ejecutase el espíritu poético (el entusiasmo, el disfrute, la investigación…) no quedaría más poética sobre el mundo que la que nos deja, visualmente, la Naturaleza (una cascada, la caída otoñal de las hojas, la frontera espumosa que cae desde tus ojos en la orilla hacia el límite horizontal del mar… ¿y no es ya simplemente poesía que digamos que el viento «se levanta» o que el agua «corre»?), y sin embargo, si esta muerte sucediera ya no habría más poesía en las letras, la letra marcharía de «el solo hacia el Solo», una letra no sería más que un túmulo en la memoria creativa de lo que existió o alguna vez pudo existir. Quizás entonces, en esta ansia por cortar cabezas y condenarlo todo, se convierta cualquier poemario en aquel angustioso personaje dejado por Edgar Allan Poe en El pozo y el péndulo
«Sentía náuseas, náuseas de muerte después de tan larga agonía; y, cuando por fin me desataron y me permitieron sentarme, comprendí que mis sentidos me abandonaban. La sentencia, la atroz sentencia de muerte, fue el último sonido reconocible que registraron mis oídos. Después, el murmullo de las voces de los inquisidores pareció fundirse en un soñoliento zumbido indeterminado, que trajo a mi mente la idea de revolución (…), una espantosa náusea invadió mi espíritu y sentí que todas mis fibras se estremecían como si hubiera tocado los hilos de una batería galvánica, mientras las formas angélicas se convertían en hueros espectros de cabezas llameantes, y comprendí que ninguna ayuda me vendría de ellos (…). En aquel momento había una demanda inmediata de víctimas».
Pero recordemos que incluso en este cuento encontramos unas ratas que ayudan y una mano que salva.
Entonces, por el otro extremo de la rosa, ¿qué sucedería si en lugar de mutilarla, abonáramos la rosaleda? No sería extraño observar cómo algunas se marchitarían o sufrirían plagas de molestas pulguillas que las devorarían antes de que el capullo puediera desenmascarar la belleza de sus pétalos, pero ¿no sería también cierto que seríamos capaces de presenciar ese aluvión aromático de coloridos diversos, esa floración que tan irreal puede parecernos a la vista? ¿Podríamos experimentar un síndrome de Stendhal con una rosa si observáramos cómo emerge en libertad —y con cuidado— dicha rosa? Yo apuesto a que sí. Y apuesto por ello porque es, francamente, una completa falsedad decir que no existe en la actualidad una poesía con garra y diente, y es tan claro como el hecho de que quien dice: «No leo poesía porque no entiendo la poesía» debe todo el error al error primero: No leer poesía, pues si nos quedamos solo con la normalmente —pero no globalmente— poesía enseñada en los institutos, no es de extrañar que detestemos eternamente cualquier acercamiento a esta. Pero así como hubo otra poesía buena que seguramente descubriríamos más tarde —y mucho más posiblemente, por nuestra cuenta— existe ahora una poesía embriagadora, ¿cómo olvidar la nada lejana Wislawa Szymborska (1923-2012)? ¿Cómo olvidar aquellos versos de Silvia Nieva cuando dice: «¿Qué hacer cuando saltas / y el agua no lo entiende?» en La fábrica de hielo, ¿cómo olvidar la filoso-cómico-trágica poesía de Miguel Martínez López en Mis pies de mono o su reciente Viajes a una fresa? o aquellos Pliegues del día que nos regalaba Álvaro Guijarro en su TránsitO:

          «cada reloj, cada opción, cada nuevo intento
          de añadirse por fin a la gran grieta
          se cristaliza,
          y es como una misma puerta cerrándose
          o una piedra hallando reposo en la arena
          tras haberse deslizado verticalmente por el agua.»

¿No podemos decir que es evidente el desgarro emocional y que ellos son poesía? ¿No está este despliegue bien alejado del tan difundido —y con inquina cargado de connotación negativa— nombre de poesía pop que quiere englobar a TODA la poesía contemporánea?
Oh, sí, claro que la poesía se aleja, se aleja del pasado y se aleja de su presente, toda letra debe alejarse para seguir buscando. Y quien busca encuentra lo buscado, y poco importa quién busque a estos poetas o quién busque a una Irene X., un Carlos Salem, o un Escandar Algeet, o incluso aquellos cantautores que se desvían a ratos hacia la poesía, como Marwan o Diego Ojeda (por decir algunos ejemplos sobre los que suele haber revuelo), sé que existen en la actualidad otros autores que han llegado o han pasado brevemente por el número uno de ventas y de los que no conozco —ni  seguramente conoceré— un solo verso y, la verdad, no lo siento necesario: porque ni defiendo ni aborrezco su poesía, porque no es algo espeluznante que escriban ni que se vendan: son solo una forma de escribir y de ser leídos, como lo son todas las formas de escribir y de ser leídos. No hablo aquí ni de mayor calidad ni de menor, ni de gusto ni de sopor; lo que trato de defender es la tan menospreciada libertad de expresión que, parece, solo logramos recordar cuando nos conviene.
Si en tanto la palabra poesía no es en sí la poesía, ¿para qué intentar definir quién es poeta y quién no lo es? Decía Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego [433]: «La distinción existe entre adaptados e inadaptados: lo demás es literatura, y mala literatura», pero así mismo afirmaba anteriormente [432]: «¿cómo diremos, entonces, que ciertas cosas se encuentran fuera del plan que no sabemos lo que es? Así como un poeta de ritmos sutiles puede intercalar un verso arrítmico con fines rítmicos, es decir, para el propio fin del que parece apartase, y un crítico más purista de lo rectilíneo que del ritmo llamará equivocado a ese verso (…) La distinción es tal vez sutil hasta el punto de parecer sofística, pero lo cierto es que es justa. La existencia del mal no puede ser negada, pero la maldad de la existencia del mal puede no ser aceptada. Confieso que el problema subsiste porque subsiste nuestra imperfección» y esa imperfección es precisamente la de negar que se ha generado un movimiento masivo que ha dado lugar a una nueva poética, y esa maldad que recae continuamente sobre esa existencia es el problema que subsiste. «La ruina de los ideales clásicos ha hecho de todos artistas imposibles, y por lo tanto, malos artistas. Cuando el criterio del arte era la construcción sólida, la observancia cuidadosa de las reglas, pocos podían intentar ser artistas, y gran parte de éstos son muy buenos. Pero cuando el arte pasó a ser tenido por expresión de sentimientos, cada cual podía ser artista porque todos tienen sentimientos.» dice nuevamente Fernando Pessoa [Libro del desasosiego427]. Es decir, todos los artistas actuales son imposibles; es decir, todo esto es una guerra antigua: el miedo al cambio, a la evolución; el desarraigo de que lo nuevo no es lo quisiéramos que fuera o no es lo que disfrutaríamos. El giro de las artes lleva demasiado tiempo dando vueltas sobre una desgastada rueda, ¿no podríamos alguna vez dejar la queja y expandir la mente? Claramente sería un crimen aún mayor dejar de admirar a las viejas secuoyas de la poesía pero ¿comete —en serio— un crimen el que no quiere segar los brotes emergentes?
Sé que este tema no es nuevo en mí, bien pudiera esta entrada ser la inmediata continuación de la anterior, pero es solo porque no quiero más guerra, la guerra es algo atroz—todos lo sabemos— y así voy a cerrar todo esto con el increíble En lugar de un prólogo, incluido en el Réquiem de la ya nombrada Anna Ajmátova:

«En los terribles años del terror de Yezhov hice cola durante siete meses delante de las cárceles de Leningrado. Una vez alguien me “reconoció”. Entonces una mujer que estaba detrás de mí, con los labios azulados, que naturalmente no me conocía, tan solo había oído mi nombre, despertó del entumecimiento que era habitual en todas nosotras y me susurró al oído (allí hablábamos todas en voz baja):


-¿Y usted puede describir esto?


Y yo dije:


–Puedo.


Entonces algo como una sonrisa resbaló en aquello que una vez había sido su rostro.»



Hay una sonrisa que se dibuja en lo que alguna vez fue el rostro de la poesía: Porque existe una nueva corriente puedo describirlo, porque puedo describirlo continuaré dando esperanza a la escritura, porque todos escriben yo puedo seguir leyendo, porque sigo leyendo hallo lo que busco. Así que ojalá muerte a la guerra, que vaya del solo hacia El Solo, que esté con Dios o con el Diablo —como si está en estanterías de la Fnac, sellados con marca Cátedra o en blogspot—, pero que deje la palabra en la palabra. 
¿Lo recordáis, más arriba, en el ejemplo de la rosa? Yo sé perfectamente hacia qué rosa tiendo… pero esto no es El principito de Antoine de Saint-Exúpery, no hay una rosa única ni debemos cubrir la rosa con una campana de cristal para protegerla a ella y solo a ella, pues —como bien sabrán los lectores de Sylvia Plath—, una campana de cristal puede dar lugar a una vida agónica hasta la muerte.

«¡Silencio, silencio!» —como dijo el anciano rey Lear de Shakespeare (y como también dijeron Larra y muchos otros)—, y que sea el fin del silencio el fin de lo que pretende silenciar.




sábado, 6 de mayo de 2017

Por los siglos de los siglos, discusiones poéticas y Gabriel Cebrián.

Si nos ponemos a raspar un poco el polvo poemático —apenas con una pluma o un silbido—, ¿qué encontramos como eje imperecedero de la poesía?
¿El ritmo, la rima? ...No.
¿Un fuerte conocimiento en el empleo de recursos estilísticos? ...¡No!
¿La métrica? ...¡Cuánto hacía que no escuchaba un chiste de tal calibre!
¿El abuso de la figura de las alas, el contorno de las aves, los abismos, el silencio...? Aún no.

...¿Es este espécimen un poeta... o un idiota con aires de grandeza?... Ahí, amigo, justo ahí estamos encontrando el fin del mundo.

¿Sabéis de esta eterna discusión, cierto? A poco que uno se haya aproximado un milímetro a un boli o a una tecla cercana al enter ha tenido que escuchar sobre ello: No muestres jamás una poesía si no la has tenido veinte años bajo la axila y la has dado de comer hasta hacer de tu pulguilla un mastodonte (...¿¡Qué una poesía...!? ¡¡¿Estamos locos?!!...¡¡Veinte años son para UN verso... si es que se busca que el verso sea mínimamente decente!!...), no es poesía sino prosa porque no has usado el método único e inviolable de la poesía (si quieres construir una nube debes aprender primero a fabricar el cielo), tú no eres poeta porque no eres poeta porque no eres poeta... Y etcétera (a lo ee cummings).

«Los dioses crean —dice Sylvia Plath—, dejad que los necios critiquen y sigan criticando».

A todo esto, dejo esta divertida charla de Gabriel Cebrián, un saludo poético-afectuoso a todos los que comparten esta pasión junto a mí... con un último comentario, fauces vaporosas: haced más caso a Vicente Huidobro y menos a las lenguas viperinas:

«Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!

Hacedla florecer en el poema»


«Recuerdo que una vez fui poeta. Quizá no escribía muy bien, pero vivía como tal. Quiero decir, nada de desmanes ni de grandilocuencias, que sólo tienden a apuntalar obras insuficientes por sí mismas. En cambio, era mirar el agua y licuarme, mirar el fuego y arder, mirar la tierra y sentir mis raíces móviles acariciándola con cada paso, beber el aire e intoxicarme de altura. Sabía entonces que la vía láctea cabía en mi mano y quizás por ello podía yo escupir ideas cuyo significado era asequible únicamente en sueños, allí donde las frases más inocentes suelen cobrar resonancias apocalípticas y donde las más crueles expresiones a menudo nos acarician el alma. ¿Es que acaso no resulta evidente el desmedro de la semántica que en favor de la sensación pura opera en los sueños?
El lenguaje poético inevitablemente descansa en pautas oníricas. El resto, es sólo autorreflexión tautológica del concepto, que es lo que estoy haciendo ahora y lo que vengo haciendo desde que dejé de poetizar. No fue una decisión fácil, ni siquiera estuvo en el campo de mi discrecionalidad. Simplemente sentí que mis versos se volvían más y más teoréticos, a tal punto que bastardeaban lo que debía ser su esencia. Así que una vez más quemé las naves y proseguí en pos de nuevos rumbos, tentando esta vez historias cuasi ficticias en las que podía explayar mis inquietudes filosóficas y descriptivas sin lesionar los sacrosantos estadios supraterrenos que corresponden a LA POESÍA.

—LA POESÍA es algo grande, Gabriel, dejáte de joder —me decía cierta noche Renato desde atrás de su vaso de fernet con coca en el living de mi casa—. LA POESIA, vos mismo me lo dijiste, es Rilke, es Eliot, qué sé yo, no es una cosa así nomás. Vos seguí con los cuentos, que andás bien.
—-¿Te parece, loco? ¿Y qué carajo hago con las poesías ésas que vengo escribiendo desde que era chico? ¿Las tiro a la mierda?
—Y, no sé, boludo, qué querés que te diga. Capaz que si agarrás chapa con los cuentos después en una de esas las podés vender, viste que la gilada compra cualquier cosa, una vez que conseguiste tener marca registrada. Pero no te vayas a pensar que porque vendés son POESÍA, eh.
—Tá bien, tá bien, pero se me hace que sos un poco duro, che, hay algunas que no son tan malas, —argumenté, mientras hojeaba nerviosamente un volumen de mis «Eufonías Rioplatenses» en busca de algún poema que me permitiese reverdecer un poco aunque sea mis mustios laureles. Me planté en «Anfisbena» y me pareció que había encontrado un alegato, artero y falaz —aunque alegato al fin—, para contraatacar y recuperar un poco de autoestima.
—Ves, ésta me gusta. ¿La leíste?
—Sí, creo que sí —me contestó, acusando desinterés y cierto fastidio.
—Sabés, lo que es una anfisbena, ¿no?
—No, la verdad que no.
—¿¡Entonces cómo carajo hiciste para evaluar la poesía, la reputa que te parió!?
—Bueno, pelotudo, no sé, la cuestión es lo que te deja.
—Lo que te deja, la pindonga. ¿Qué carajo te va a dejar, así? Es como leer una carta en alemán sin saber alemán, forro. ¿Querés que te documente un poco, y la volvés a leer?
—No, Gabriel, dejame de hinchar las pelotas. Haceme caso, seguí con los cuentos, dejáte de joder. Tomate tu tiempo, madurá un poco, y vas a ver cómo más adelante vas a escribir POESÍA COMO DIOS MANDA.
—No sé, loco, la verdad es que no me parecen tan chingadas. Ya sé, Renato, no es Rilke, pero qué sé yo, mejores que las de algunos cuantos giles...
—Ya sé, nabo, pero todo depende del punto que quieras matar. Podés ser un POETA o el rey de los poetas boludos, ¿no? Si te conformás con eso... mirá, yo que vos todavía no las mostraría.
—Tarde.
—Pero la puta que te parió, viejo, no te puedo dejar solo que hacés cagadas. ¿A quién se las mostraste?
—No sé, armé unos cuantos volúmenes y los repartí por ahí.
—Y bue´, ya está. A lo hecho, pecho.
—Ahora te digo, ¿vos sabés que varias personas me dijeron que les gustaban más mis poesías que mis cuentos?
—Seguro que son de la caterva ésa que la va de intelectual y que encuentra todo tipo de disparates interlineados.
—Loco, sos un prejuicioso de mierda. Dame una oportunidad, o, aunque más no sea, leélas de nuevo con el Larousse a mano.
—¡Andá a la puta que te parió, forro! ¡Lo único que faltaba! ¡Porque no conocía una boludez de ésas que andá a saber de dónde las sacaste te hacés el fino, ahora! ¿Ves lo que te digo, chabón? La poesía no se escribe con el diccionario en la mano.
—¿Y quién dijo que no?
—Cualquiera, boludo, cualquiera que le preguntes te va a decir lo mismo.
—Bueno, me chupa un huevo. Yo escribo poesía con diccionario enciclopédico, diccionario de filosofía, diccionario de sinónimos y mirando televisión. Y andá a la puta que te parió, vos también.
—Y bueno, loco, jodete. Todavía que me preocupo por tu carrera... flaco favor te hiciste mostrando esos “apuntes”.»


—GABRIEL CEBRIÁN, Introducción a Flaco Favor, La sombra del relámpago, Eduardo Zapiola, ediciones Stalker, páginas 7-9.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Egoísmo, hipocresía y olvido

Hoy no vengo a hablar de literatura porque la literatura, incluso la de letras más grandes y acertadas, queda escasa cuando se cuela un relámpago en la realidad. No voy a decir nombres en toda la reflexión pues resulta completamente morboso y, por tanto, prescindible. Allá vamos:

Casi nadie es capaz de incluir el principio de algo en una cronología exacta, sin embargo la gran mayoría —si no todos— podemos y sabemos definir una línea que establezca cuándo termina, hasta con décimas de segundo si es preciso. Este horizonte de neón se incrementa (y, claro está, se evidencia) cuando proviene de una muerte, pues ¿qué se puede hacer con una sola parte salvo dar vueltas sobre un alfiler?
Quiero decir: así comienza esto. Y no sé si vi el principio pero sí lo vi venir, en algunos días y a algunas horas, y ahora solo puedo decir que ha acabado.

Así entonces:
Vengo a reconocer que soy una egoísta.
Vengo a reconocer que soy una hipócrita.
Pero no vengo a poneros a salvo, a ninguno de vosotros.

Porque os acostumbrasteis, os elegisteis.
Porque nos quedamos mirando como miramos al mundo, sin ver más que con los ojos. Nos quedamos mirando como se mira una religión ajena, sin creerla.

Sí, ahora se nos ha colado un relámpago de cenizas. Y hemos tenido lugares comunes —y en lugares comunes me meto dentro de las personas con las que ambos interactuamos, en cualquier momento—. Son lugares que ahora desconozco.
Evidentemente, como todos, solo puedo vivir sujeta a mis pies, a muchos no los he conocido, ni los conoceré; al resto os he desconocido porque es lo que vamos haciendo con la vida: desconocer.

¿Por qué hipócrita, me declaro, por qué egoísta? Primero porque me acostumbré y, más tarde, porque me elegí.
Seguramente, si has llegado aquí, no tengas los mismos motivos que yo para elegirte, pero ¿te elegiste? No en un ahora, no en este caso, sino en tu vida y circunstancia propia.

Así las cosas:
¿Cuántas veces hemos oído que el suicidio es un acto egoísta? ¿Podemos culpar solo —y pongo énfasis en este «solo»— a la persona que ha traspasado el límite, nos atrevemos siquiera a juzgar?
¿Cuántas veces nos acostumbramos, cuántas veces nos elegimos?
Porque tenemos miedo, porque conocemos cómo nos influye lo externo y creamos una barrera, nos alejamos —nos elegimos; porque tenemos suficientes problemas propios y solo queremos la risa al volver a casa, abandonamos —nos acostumbramos.
Porque si el mundo es ciego hay que ser raudo para ser el espejo de su elipsoide.

Y lo más triste de toda esta palabrería —y posiblemente falta de decoro— es que este círculo no es nuevo, y si lo has vivido también sabrás: se olvida.
Podemos negarlo, pero tenemos una tendencia al olvido que es más grande que nosotros mismos, por ejemplo:
Cuando mi mejor amiga decidió dejar este mundo hubo una reacción en mí: Viví y sentí por ella, di importancia a lo cotidiano, a las pequeñas luces que pasamos por alto... y aprendí la lección.
Pero olvidé.
Cuando tuve que lidiar, otra vez, con esa otra amiga que perdía la vida en un accidente automovilístico volví a establecer los mismos argumentos vivarachos en mi cabeza.
Reanimé las cuestiones, analicé, aprendí.
Y volví a olvidar.
Cuando nuevamente la muerte decidió llevarse a una persona joven y aparentemente sana y yo no me explicaba nada, me dije: piensa.
Nunca olvidaré a estas personas pero lo aprendido entonces, sí. Lo olvidé.
Y cuando lo dejé con mi último ex y me vi devuelta al mundo, también volví a ser persona: a ser viva.
...Y lo reconozco: estaba olvidando.
...Así que ahora que nos vemos forzados a recordarlo todo es algo que ronda allá, donde los miedos nacen: que olvidamos, una y otra vez olvidamos.

Entonces:
¿Cuántas personas, cuántas vidas son necesarias para dejar de mirar, lamer y adorar nuestro centro?
¿Cuándo vamos a olvidar ese ladrillo solitario que nos rodea y defiende y vamos a inventar una fortaleza holística donde seamos fuertes y felices y estemos fuertes y felices no solo para nosotros sino con el mundo?
Si se olvida, se desconoce.
¿Seremos alguna vez audaces y olvidaremos no lo importante, sino el egoísmo?
¿Dejaremos de ser hipócritas y podremos contarlo en otras voces, que quizás —quién sabe— incluyan la nuestra?
Si se desconoce...

Entonces ¿volverás a dejar que lo que te mata o muere sea lo que te despierte?


jueves, 23 de marzo de 2017

Amor y odio más allá de la muerte. Una historia sobre Dickens

    El año pasado, durante mi visita a la casa-museo de Charles Dickens en Londres, hice esta fotografía (que introduzco al final del texto). El anillo estaba situado prácticamente al lado de otro: el anillo que Dickens regaló a Catherine Thompson Hogarth para su compromiso, lo que daba al entorno un extraño aura apocalíptico y voy a explicar el porqué, porque cada vez que lo veo vuelve a llamarme la atención.
    Corren muchos rumores acerca de por qué Charles Dickens y Catherine Hogarth terminaron separándose públicamente en 1858 (aunque, que Dickens tuviera una amante —Ellen Lawless Ternan, veintisiete años más joven— fuera sin duda el motivo definitivo), de hecho, ni siquiera parece que comenzaran con buen pie: Ambos se conocieron en febrero de 1835, durante la fiesta que Dickens celebraba por su vigésimo tercer cumpleaños —recordemos que Catherine era hija de un editor para el que Dickens trabajaba y, por lo tanto, no es de extrañar que ambos se reunieran bajo ese mismo espacio—; unos días después, un primo de Catherine le asegura que «Dickens mejora mucho con el trato»... una aseveración que así de primeras nos hace intuir que a Catherine no le entraron precisamente por el ojo las formas del escritor, ya que parece una respuesta a una réplica de Catherine respecto a su persona. Pero así se lo escribe su primo y, como una epifanía así debió de ser [que para Catherine, Charles Dickens fuera «mejorando con el trato»], pues el 2 de abril de 1836 ya estaban celebrando su boda... y vivieron felices, tuvieron hijos —nada menos que diez— y se sostuvieron en un matrimonio que, para qué negarlo, estuvo lleno de mentiras (mucho habría que decir al respecto sobre Dickens, pero vamos a centrarnos en el tema que nos ha traído aquí)... y así hasta que no soportaron vivir bajo el mismo techo.
    Y ahí es donde entra en juego el anillo de la foto, pues es un símbolo muy turbio que encierra parte de lo que sucedió a partir de ese evento, y voy a exponerlo de forma muy breve porque no precisa de más palabrería: Tras la ruptura, Georgina —la hermana de Catherine— decide mantener a Dickens como su casero y, años después, tras la muerte de Dickens, Catherine envía este anillo como regalo a su hermana que «la había abandonado»: Un anillo en forma de serpiente implicándola por su traición. Y así es como quedan un anillo de compromiso y un anillo de rencor compartiendo vitrina en un museo.

Más allá de la vida, parece.


domingo, 5 de marzo de 2017

La vida es sueño


«…Porque la vida es sueño; y los sueños, sueños son».

¿Quién no recuerda y relee extasiado este soliloquio de Segismundo en la obra de Calderón de la Barca? ...Sí, lo relamemos con gusto porque son temas que nunca pierden vigencia: vida, sueño… nuestra propia vida, nuestros propios sueños...
¿Y qué son nuestros sueños sino nuestras identidades ocultas, nuestras metas irracionales e inalcanzables, sino la proyección en el presente de las diapositivas que silenciamos en el pasado?
   No, los sueños no son solo los paréntesis donde volamos o buceamos sin la imposición que nos marque el límite de nuestra capacidad pulmonar, no es simplemente habitar el cuerpo de los animales o conocer esa figura por la que derramamos nuestras babas, no es solo visitar un imposible. En los sueños también se comprende, y se comprende porque no nos estancamos en un escenario único y así logramos, sin óbices, alcanzar una visión global de los hechos.
   Despiertos nada nos aleja de Segismundo: nos lamentamos en la misma cárcel, cautivos en una oscuridad tal que no se nos permite saber ni quiénes somos… Pero en los sueños… ¡cómo salimos de esa cárcel, de qué manera estamos tan pronto en Mojácar como riéndonos de los pomposos barcos de Puerto Banús!

                   «Mira esos dos, nunca han podido exprimir, no han tenido que pasar
                   las vacaciones en una habitación prestada de un antiguo hotel, han 
                   recibido sus camas descomunales sin darles importancia ni gloria en 
                   lugar de pensar con qué construir un nido donde permanecer juntos y 
                   abrazados, qué lástima, no han podido experimentar ese aliento de 
                   pensar juntos hasta ser solo un uno inseparable, nunca alcanzarán 
                   nuestra unión».

   Y al echaros en la cama, arropados con la reminiscencia del amor más profundo, apareces de nuevo en solitario, en el barrio de tu infancia, en los fantasmales rincones de tus antiguas casas… y acaricias por primera vez a tu compañera felina ¡más de un año antes de haberla acariciado, un año antes de que su existencia estuviera siquiera pensada! y entonces gritas, te ves gritando al nubarrón negro todo lo que respetuosamente callas, ves cómo se difumina el error más grave de tu vida y te sientes protegida, a pesar de la ira, a pesar del asco, a pesar del miedo... porque no existe el tiempo, no hay lugar, todo se mezcla en un punto expansivo y no se encierra, por tanto, un sentimiento exclusivo, sino que todos los sentimientos cohabitan en comunión con su contrario. 
   Y si en los sueños existe todo lo que en nuestra consciencia atamos —el odio, el amor— y la vida es sueño; y los sueños, sueños son; entonces sueño y vida son extremos que se tocan: porque solo sin reprimir ninguna isla —esa «fiera condición, / esta furia, esta ambición»— podremos observar y naufragar tranquilos todas las zonas de nuestros mapas. Solo al borrar nuestras fronteras «en un mundo tan singular» como es el que vivimos; encontraremos, al fin, el hombre libre.

                  Imagen relacionada

viernes, 24 de febrero de 2017

El mundo que soñó Van Gogh

Fragmento de una carta de Vincent Van Gogh a su hermano Theo:

La Haya, 2 de enero de 1883.
(...) «Precisamente porque busco y porque quisiera mantener una amistad verdadera me es tan difícil resignarme a una convencional.
Cuando por ambas partes existe el deseo de vivir en amistad, si de vez en cuando no se está de acuerdo, uno no se resiente tan fácilmente, o, si se resiente, se repone pronto. Pero cuando se es convencional, es casi inevitable que se produzca la amargura, precisamente porque uno no puede sentirse libre, y mientras no se dé curso a los verdaderos sentimientos, éstos bastan para dejar recíprocamente una impresión desagradable y duradera, y se debe desesperar de la posibilidad de llegar a significar algo el uno para el otro. Donde hay convencionalismo, hay desconfianza y de la desconfianza nacen toda clase de intrigas. Y con un poco más de sinceridad la vida resultaría mutuamente más fácil.
Sin embargo, uno se acostumbra a las situaciones existentes, pero esto no es normal, y si fuera posible retroceder de golpe treinta, cuarenta o cincuenta años, creo que nos sentiríamos más cómodos entonces que ahora; es decir, que tú y yo, por ejemplo, nos sentiríamos más a gusto. En cincuenta años, creo, no se querría vivir esta época. Porque si ha de originar una época de decadencia, acabaremos muy embrutecidos para reflexionar, y si se produce un cambio para bien, «tanto mejor».
Yo no creo que sea absurdo creer que es posible que vuelva a haber una especie de época rococó, porque esto que, en la historia de Holanda, se ha llamado época rococó, se ha originado en el relajamiento de los principios y en la sustitución de lo verdadero por lo convencional. Cuando los holandeses quieren, surgen los síndicos de los pañeros, pero cuando la sal pierde su sabor viene una época de decadencia. La historia prueba que no viene de golpe, pero que puede suceder."


     En las fechas en las que esta carta fue escrita, Van Gogh andaba bastante decepcionado con la realidad que había encontrado en el «mundillo de artistas» con el que tanto había soñado y al que tanto había ansiado acercarse, de ese modo se lo señaló a su hermano en más de una ocasión: 
(...) «Me estuve acordando del año pasado, cuando llegué a esta ciudad. Me había imaginado que los pintores formaban una especie de círculo o asociación donde reinaban el calor, la cordialidad y una cierta unanimidad. Esto me parecía muy natural y no sabía que pudiera ser de otra manera. No quisiera perder las ilusiones que alimentaba a este respecto cuando vine, aun cuando deba modificarlas y hacer la distinción entre lo que es y lo que podría ser.
No podría creer que es un estado natural el que haya tanta frialdad y desacuerdo. ¿A qué se debe? No lo sé, y no tengo autoridad para examinar esta cuestión (…)».

     …Y puestos en situación, me pregunto, ¿es esto algo inherente al mundo del arte, se lleva sobre los hombros como algo inmortal e inflexible? El eterno menosprecio, la imperecedera falta de empatía y espíritu, ¿siempre empapa al hombre con esa visión del ser único, único y central sobre el mundo?
     Recuerdo casi con cariño mis primeros acercamientos al «mundo poético»; esa exaltación que sentía, casi como sumergida en un fenómeno fan de adolescente, al esperar durante horas en la puerta de alguna librería, biblioteca, o incluso bar para escuchar poesía. Recuerdo casi alegremente las primeras veces que tuve la ocasión de hablar con algunos de esos poetas que me gustaban y que tanto admiraba por entonces, mis primeros contactos con cierta gente de este entorno que —incluso a veces sin escribir ni un punto y coma de poesía— disfrutaba con ella y con la que podía, por tanto, compartir mis gustos y neonatos pensamientos, lo recuerdo casi como si de repente volviera a tener mi cara roja y mis manos sudadas y temblorosas. Pero también recuerdo el sonido de cristales desperdigándose por el suelo a medida que fue pasando el tiempo, aún siguen sonando: la tapa metálica sigue haciendo círculos en el suelo tras la caída.
    Quiero decir, ¿es siempre así, es necesario mantener esta amistad de careta y convencionalismo? Es bastante lamentable reconocer que cuando mejor me han tratado, o cuando más integrada he estado, ha sido cuando he estado cerca de «personas influyentes» en este 
«mundillo», como si se separase a mi persona de mi cuerpo, de mi esencia humana, y se me redujera a ser nada más que un pequeño escalón que diera paso al gran escalón, desde el que poder mirar desde más arriba (¿cómo de absurdo parece esto?); pero sí, cuando mejor me han tratado ha sido cuando no sabían que yo era otra nadie, otra sin cara ni nombre ni estrella. 
    Comparemos esto con otros «mundillos»: 
Nunca me han dicho: «estás conmigo porque soy piloto y quieres viajar gratis por el mundo», ni siquiera cuando trababa a mi, por entonces, novio piloto de una forma ciertamente reprochable...
Nunca me han dicho: «estás conmigo porque soy cocinero y quieres comer rico sin manchar ni una sola sartén con tus manos», y eso que es bien sabido mi eterno odio por la cocina y el delantal...
Pero ¿cuántas veces me han dicho: «Te acercas a mí solo porque escribo»? ...No las puedo contar.
    Por eso, que Van Gogh señale justo el retorno de una época rococó me resulta tan esperanzador si se extrapola a las relaciones y, de este modo, a la amistad; pues ¿no sería bella una amistad no dirigida a los dioses o a los monarcas de la poesía sino a la sociedad sin huella ni firma, a los individuos todos que compartimos asuntos genéticos e históricos y nada especial por lo que ser enmarcados en la memoria, que compartimos un mismo gusto sobre una extensa gama de diferentes poéticas o, incluso, que estamos en discordia sobre algunas de ellas, pudiendo debatir sanamente sin pretensiones, ni alzas, ni exilio, ni miradas-cuchillo? Una amistad pura y sincera y mundana.
    Me pregunto: ¿es necesario mantener con vida este «mundillo» superficial y agotador, es necesario coger lo bello de las expectativas y romperlas; como copos de nieve que se parten al desaparecer por el pequeño hueco de las alcantarillas... o podemos crear otro nuevo?

«Precisamente porque busco y porque quisiera mantener una amistad verdadera me es tan difícil resignarme a una convencional» «La historia prueba que no viene de golpe, pero que puede suceder».

    Por ello quisiera recuperar el entusiasmo y la inocencia que sentí una vez por la poesía, crear ese mundo de unión y autenticidad, volver a poner colores y palabras sobre el blanco sucio... revivir el mundo con el que soñó Van Gogh.

Fuente: VINCENT VAN GOGH, La Haya (diciembre de 1881- septiembre de 1883), 2 de enero de 1883, Cartas a Theo, prólogo de David García López, Alianza editorial, España, 2008, páginas 131-133.

                                                 De Loving Vincent, primera película «al óleo» 
                                                                             sobre Vincent Van Gogh.