domingo, 2 de agosto de 2020

Escribir un gato

I. El Pájaro.

En el pueblo todo el mundo va ya en coche: Con el coche a por el pan, con el coche acá la Merce, con el coche a buscar el coche. Todos en coche para todo. Todos, menos nosotros. Nosotros mantenemos el viejo carro de mi abuelo, el que chirría solo con ver el suelo, el tirado por el Pollino.
El Pollino es un burro que compró mi padre al Bartolino, hará tres años, pero como lo compró siendo ya adulto, no sabemos qué edad tiene, así que, por si acaso, yo todos los días le canto el cumpleaños feliz y le acaricio un poco el hocico.
A mí me da mucha pena el Pollino, pero es que a mí me dan mucha pena todos los animales que tienen que trabajar a la fuerza para nosotros, me da mucha pena el egoísmo humano. A mí me parece que eso es esclavizar y esclavizar me parece mal, así que suelo ir andando a todas partes y llegar hasta donde mis pies me dejan. Y solo cojo un autobús cuando tengo que ir al colegio.
Sin embargo, no sé por qué, ese día fui con Rique y con mi madre en el Pollino: Rique sobre el Pollino, y mi madre y yo en el carro.
Mi hermano en realidad no se llamaba Rique, sino Enrique, pero como mi padre hablaba raro, así como vocalizando para dentro, todo el mundo le entendía «Rique, Rique», y así se quedó. Por eso Rique decía que se alegraba de no haberse llamado Mariano o Angulo.
A mí me llamaban el Pájaro porque decían que tenía la cabeza como llena de avecillas recién paridas, de las que se caen del nido y parecen desnudadas de piel y de todo, como si le dieran al sol solo el músculo, como criaturillas pequeñas con forma de insectos inyectados en sangre. Y a mí me parecía una imagen espeluznante y por eso me habría gustado llamarme de cualquier otra manera, como Mariano o Angulo, porque cuando me llamaban el Pájaro me sentía con el revés en carne viva y me ardían hasta los brazos y los ojos y las rodillas. Y me daba asco ese apodo y la mala suerte que tenía, porque, de haber tenido buena suerte, a mi padre se le habría entendido «Jaro, Jaro», y con Jaro me habría quedado y, sin embargo, esa suerte se la llevó toda Rique, que nació once meses antes que yo y no me dejó nada.

En fin, yo iba sobre el carro leyendo unos papeles con mis poemas. No eran malos poemas, pero tampoco era buenos. En realidad no eran ni una mijilla de buenos. Ahora que cuento esto, la verdad es que cuanto más los miraba, menos buenos se hacían, y al final solo me gustaron los espacios en blanco. Entonces sentí que debía dejarlos libres y, uno a uno, los eché volar. Y aunque los había visto nacer y todo eso y me daba mucha pena, ya tenían sus patitas y sus alas y yo no tenía que darles el biberón más ni ponerme papillas en el pico, así que ya no iban a ser felices junto a mí y yo no era feliz porque no eran como para quedarse conmigo. Tenían que volver a su hábitat, a desarrollar su naturaleza lejos del ser humano.


II. Por donde habitan las mariquitas.

Mi madre y el Pájaro iban detrás e iban discutiendo, como siempre, porque a mi madre le gusta mucho gritar y está siempre deseosa de encontrar cualquier tema para discutir. Y si piensas que no existe una sola razón para que te regañe, es solo porque a ti no se te ha ocurrido. Pero a ella sí, así que siempre hay un motivo y siempre grita: y te grita a ti o a quien sea, porque yo creo que le da un poco igual, de hecho creo que mi madre nació malhumorada un día y ya no supo estar de otra manera. Al menos así lo recuerdo de estos últimos trece años, que son los que tengo. Aunque, para ser sinceros, de mis trece solo recuerdo ocho. Los cinco primeros me los sé porque mi abuelo habla de todo lo que no preguntas, y yo nunca pregunto por esos cinco años.

Y mi madre gritaba al Pájaro porque este iba tirando cosas, y el Pájaro venga a decirle no sé qué de que tenían que ser libres, como si fueran animalillos, y a tirar y tirar papeluchos. Al Pájaro le llamaban el Pájaro por majaderías como esa, pero yo no me metía. Mientras ellos se decían y gritaban, yo disfrutaba de los hierbajos altos y secos y verdosos, los hierbajos que parecían espigas y no lo eran. Observaba los escarabajos que casi pisaba el Polluelo y las nubes de mosquitos y las nubes en el cielo. Y pensaba que entre toda esa hierba salvaje debía de haber millones de mariquitas descansando bajo las hojas y los pétalos. Si hubiera ido solo, si mi madre no me gritara por lento y mi hermano no me regañara por coger bichos, me habría bajado del Pollino y las habría cogido todas. Y si hubiera ido con el Pompas habríamos contando las manchitas de las mariquitas, a ver quién contaba más, y yo me habría reído de él porque le ganaría y tendría que quedarse mirando mientras yo pescaba, porque como solo teníamos una caña, cada día la usaba solo el que ganara el reto. Y siempre nos inventábamos un reto nuevo, a veces tan fáciles como ver quién encuentra más espárragos por el sendero de la vía, y otros más complicados. Una vez el reto fue subirnos al muro que separa la casa de la Paqui del camino de la higuera, que es alto muy alto y viejo como un bosque y se cae a cachos. Teníamos que recorrerlo a la pata coja, ida y vuelta, y quien lo hiciera en menos tiempo pescaba ese día y el otro se quedaba metiendo el dedo en las lombrices, por pie pezuña. Pero como la Paqui nos pilló, avisó a nuestras madres, y como mi madre siempre quería gritar y gritar vino muy dispuesta y nos puso el culo como manzanas maduras, y ese día no nos tocó la caña a ninguno.

Pero con el Pájaro no se podían perseguir palomos ni coger ranas, y además mi madre habría gritado mucho y se nos habrían escapado hasta las piedras. Y así iba yo, pensando en mariquitas y la caña y el Pompas, aburrido, con la frente arrugada de mirar al frente que nos traía el sol, por donde teníamos que ver el pueblo, y en el pueblo la casa de la Mari.


III. Callejero y doméstico.

Llegamos a casa de la Mari y mi madre se bajó con la docena de huevos blancos y la docena de morenos. Los huevos los había rebuscado yo esa mañana y había dado las gracias a las gallinas mientras mi madre me había gritado que no me entretuviese. Mi madre trocaba huevos por productos de la huerta con la Mari, aunque la Mari no tenía ni tierras, ni huertillo, ni siquiera unas macetas o un jarrón. Pero como ella, su marido, dos de sus hijas y los novios de sus hijas trabajaban en La fábrica y siempre se traían cajas y cajas de tomates y patatas y lechugas y melocotones y otras cosas, siempre les sobraban y siempre se les iban a estropear y siempre nos daban un montón. 

Lo llamaban La fábrica o La fábrica de tomate porque al principio solo se dedicaban a fabricar latas de tomate, pero como luego les empezó a ir mejor, abrieron más fábricas e invirtieron en más productos, y ahora puedes ir a trabajar a La fábrica de tomate y pasarte la jornada recogiendo melones o seleccionando picotas. La mayoría aquí trabaja o ha trabajado en La fábrica, porque aquí es difícil encontrar otro trabajo que no sea el del campo.

Por esto, cuando llegaba el verano, nos pasábamos la mitad de las vacaciones poniendo en conserva los productos de la Mari. Y venga a pelar tomate y venga botes al baño María, y venga botes y botes de melocotón en almíbar, y a pelar judías y desgranar guisantes y pelar patatas. A mí me habría gustado que fuera al revés, que fuera la Mari quien nos diera los huevos y nosotros todas las frutas y hortalizas y verduras, y allá ella el tiempo que invirtiera en pelar y lavar y poner al baño María: Yo llegaría a casa y guardaría los huevos y tendría el resto del verano para mí.

Y allí estaba mi madre gritando Mariiiii, y la Mari no respondía. Y otra vez Mariiiiiiiiiiiii, y la Mari que no respondía. Y así hasta que mi madre reguñó algo y maldijo más entre dientes y entró como si la casa fuera suya, porque en mi pueblo y los de alrededor las puertas se dejan abiertas o enganchadas con una cadenilla fina y todo el mundo se fía de todo el mundo, y nadie nunca ha robado nada.
Rique y yo nos quedamos al lado de la puerta, sudorosos y con las mejillas como guindillas, hasta que Rique se aburrió y entramos dentro. La Mari se había quedado medio sorda de chica, porque se cayó de una escalera y se rompió un tímpano y no se acordaba de que le quedaba otro, por eso se llevaba muy bien con mi madre y ni le molestaba el vocerío ni nada. Mi madre y la Mari hablaban de nosotros y el martirio que suponía cuidarnos, mi madre le contaba las trastadas de Rique y las cosas tan raras que tenía el Chico. Para mi madre el Chico era yo porque yo era el pequeño, y yo tenía envidia de mi hermano, porque se había quedado con el nombre que le entendían a mi padre y yo no me quedaba con el que me decía mi madre, y la gente no me conocía como el Chico sino como el Pájaro, y no me lo decían en el sentido de pájaro-pájaro, de los pájaros que vuelan y se lavan las alas con la tierra, ni siquiera con el sentido en que la gente entiende la expresión «ese es un pájaro», sino como al feto que se cae del vientre de la terraza y hace pop contra el suelo, y estaba seguro de que nadie me llamaba el Chico porque mi madre era tan malhumorada y gritona que nadie quería usar sus palabras. 

Y cuando mi madre le hablaba de mí a la Mari, la Mari no hacía más que negar y negar y se le movían las canas de derecha a izquierda. «Más vale que le quites las tonterías y le hagas un hombre de provecho», decía la Mari. Y es que ni mi madre, ni la Mari, ni mi padre, ni mi hermano, ni nadie en mi pueblo, ni siquiera los de alrededor del pueblo, entendían que yo escribiera poemas, y mucho menos que los liberara y los tratara como si tuvieran vida y picos y plumas. Pero yo sabía que había hecho bien en liberarlos, porque aún no había escrito un poema tan domesticable que pudiera quedarse conmigo en casa, y además yo nunca querría tener un poema domesticado, porque yo quería hacer poemas que pudieran vivir dentro y fuera de mí y de mi casa: Yo quería hacer un gato.


IV. Dar caza.

Si esperábamos veinte minutos, el Pompas volvería de la academia de verano. Si mi madre me dejaba esperar al Pompas, yo me quedaría y ella y el Pájaro se volverían a casa con el Pollino y las espinacas, y las lechugas, y los cebollinos y las sandías. Y la Mari me invitaría a comer macarrones y el Pompas y yo bajaríamos al río y nos inventaríamos un reto, y yo me pasaría la tarde pescando y le llevaría bla-blas a la Mari y le diría: «Por los macarrones». 

Los bla-blas es como llaman aquí a los black-bass, y como el Pompas y yo no los sabemos distinguir, llamamos bla-blas a todo lo que no son perca soles, y nos ponemos muy contentos cuando pescamos uno porque desde que introdujeron los perca soles en las aguas, lo invadieron todo y ya casi no quedan bla-blas.

Pero mi madre no me dejó esperar al Pompas solo y tuve que quedarme con el Pájaro, que siempre nos venía con moralinas cuando el Pompas y yo más nos estábamos divirtiendo. Así que pensé que lo mejor sería aparcarle bajo un árbol y que se entretuviera con sus bolis y sus cosas mientras nosotros íbamos acá el Manolo a tirarle piedras a los gorrinos, hasta que apareciera el Manolo y tuviéramos que salir corriendo, riendo y saltando como locos. Y el Pompas diría «¡El último en llegar al río pierde!», y el Pompas perdería, y yo le llevaría bla-blas a la Mari para que cenaran esa noche.

El Pompas llegó diciendo que la perrilla del Cañí, la Tana, había parido y el Pájaro se puso muy contento y dijo que quería verlo, así que allá nos fuimos, nos fuimos aunque empezaba a caer una lluvia gorda de verano, con toda su fuerza y su malaje y su olor a tierra mojada. Cuando llegamos, los cachorrillos estaban mamando de la Tana y ninguno de ellos se tomó a mal que nos plantáramos allí con los zapatos llenos de barro y barro hasta las rodillas y los muslos, ni siquiera a la Tana le molestó que nos chorrearan los pantalones y la camisa, e incluso nos levantó el morro para que se lo acariciáramos. Sin embargo, al Cañí no le hizo tanta gracia que fuéramos y empezó a decir que seguro que estábamos pensando alguna maldad que hacerle a los cachorros, y que no se fiaba de nosotros. Y cuando decía que no se fiaba de nosotros se refería al Pompas y a mí, porque el Pájaro solo se pondría a peinar la barriga de los cachorros y a poner una sonrisa bobalicona mientras les decía que eran unas cosas muy bonitas, y muy pequeñas y que ya les amaba. Pero el Pájaro nunca pensaría desde qué altura puede caer un perrillo sin que se espachurre, o cuánto tardaría uno de ellos en encontrar a la Tana si lo separábamos unos cuantos metros, o si la Tana nos mordería en cuanto intentáramos llevarnos uno, o si podríamos cogerlo aunque la Tana gruñese si uno de nosotros la sujetaba mientras por el rabo. 

El Cañí nos sugirió que fuéramos a por caracoles ahora que había dejado de llover, para que pudiéramos dejar descansar a la Tana, y como prácticamente nos echó y nos quedamos sin nada que hacer, nos fuimos en busca de los caracoles y dejamos al Pájaro husmeando no sé qué por entre los matorrales.
Yo reté al Pompas a ver quién era capaz de coger más caracoles y nos picamos mucho, porque además muchas veces oíamos crac-crac bajo nuestros pies y nos quedábamos sin tres o cuatro caracoles de una sola pisada. Cuando esto nos pasaba siempre estirábamos el cuello por si veíamos aparecer al Pájaro, porque de seguro que se ponía a hacer un entierro a las conchas de los caracoles, añico por añico, y a la baba aplastada, y de seguro-seguro nos cortaría el rollo. Pero el Pájaro estaba lejos y bien entretenido y yo estaba ganando al Pompas y le llevaba diez caracoles de ventaja.
Y fue entonces cuando le vimos, al Pájaro, que venía con las rodillas y las mejillas y los brazos ensangrentados y una sonrisilla de recién enamorado, de mentecato. Iba acariciando un animalillo mojado y de pelo negro. Y el Pájaro nos miró y giró un poco el pecho para que pudiéramos verlo, y el animalillo estaba allí, muy quietecito, las garras retráctiles al tacto del Pájaro, las garras que podían volver a descuajaringarle la cara o amasarle la barriga. Y ese día supimos que el Pájaro nos había ganado: había cazado un gato.


sábado, 28 de septiembre de 2019

Otra Emily Dickinson, ¿es posible?


       Lo que voy a mostraros es una de las cartas de Emily Dickinson, la cual pertenece a sus The Master Letters y es poco conocida. De hecho, Google solo fue capaz de mostrarme una traducción de la misma —bastante mala, por cierto—. No me ha quedado más remedio que ir transcribiéndola desde una conferencia de Laura Freixas —conferencia sobre la que baso la siguiente reflexión—, la traducción es suya y, a mi parecer, bastante más poética y acorde con la figura de Dickinson.

       Poco se sabe realmente de la vida de Emily (El Mito, como la llamaba Mabel Loomis Todd), y poco se sabe de la intención real de estas cartas. Se dice que es imposible fecharlas, aunque la traducción que encontré sí la situaba en el verano de 1861 (yo la situaré, como mínimo, un año más tarde), se dice que no es posible saber si fueron realmente cartas o si fueron borradores de estas (jamás enviados); se especula sobre quién sería o hubiera sido su destinatario (y se barajan dos opciones: Samuel Bowles y Charles Wadsworth), se piensa también que pudieron ser una especie de ejercicio literario, sin más.

       Lo que sí se dice, y todos parecen coincidir, es que tiene forma de carta de amor. Es más, la traducción que os comento la encontré como «carta de amor de Emily Dickinson», no digo más.

       Sin embargo, tras leer y escuchar sobre la excéntrica Dickinson, esa mujer que se fue aislando en su habitación (al estilo de Una habitación propia que proponía Virginia Woolf), rechazando cada vez más recibir visitas (recordemos que para una mujer de su posición social solo existían tres opciones: niña, ángel del hogar (dedicación exclusiva a la casa, marido e hijos) y loca. Sabemos que ya no era niña —por mucho que lo interpretara ante Thomas Higginson cuando este fue a conocerla a Amherst—, sabemos que renegaba de convertirse en un ángel del hogar y recordemos, como señalaba Freixas, aquel verso suyo que decía I'm nobody: «Soy nadie»; esto no nos dejará dudas de qué papel aceptó, de su alejamiento de la vida social (aislamiento) y nos ayudará, además, a comprender mejor el texto que se viene); y viendo lo que esconden sus versos, los subterfugios que había que emplear en la época victoriana si eras mujer para, simplemente, hablar de ciertos temas, he llegado a una interpretación bien distinta. De seguro ningún estudioso de la vida y obra de Emily estará de acuerdo, quizás quien lea este texto tampoco, pero como nunca llegaremos a saber la verdad, yo me he propuesto crear la mía.

       Compartiré primero la carta limpia para que se juzgue sin mácula, después pasaré al análisis.

«A un destinatario desconocido:

       Señor, si viera usted una bala alcanzar a un pájaro y él le dijera que no le han disparado, podría usted llorar ante su cortesía pero, ciertamente, dudaría de su palabra. Una gota más herida en la herida que mancha el pecho de su Margarita. ¿Entonces creería usted? La fe de Thomas en la anatomía era más fuerte que su fe en la fe. Dios me hizo, señor, no fui yo sola, no sé cómo fue hecho. Él construyó en mí un corazón. Pero el corazón se hizo más grande que yo y, como la madrecita con un bebé rollizo, me cansé de sostenerle. Soy más vieja esta noche, señor, pero el amor es el mismo, igual que la luna creciente, si hubiera sido voluntad de Dios que yo respirase donde usted respira ahora, y encontrase el lugar yo misma por la noche, si nunca puedo olvidar que no estoy con usted, y que la pena y la escarcha están más cerca de usted que yo, si deseo con una fuerza que no puedo reprimir ocupar el lugar de Reina, el amor del Plantagenet es mi única disculpa.

       ¿Tiene usted un corazón en su pecho, señor? ¿Está colocado, como el mío, un poco hacia la izquierda? Dice usted que no se lo digo todo, Margarita confesó y no lo negó. Los Vesubios no hablan; los Etnas, tampoco. Uno de ellos pronunció una sílaba hace mil años, y Pompeya lo oyó y se escondió para siempre.

    No sé qué puede hacer usted por ello. Gracias, señor, pero si yo tuviera barba en las mejillas como usted, y usted tuviera los pétalos de Margarita y se interesara por mí, ¿qué sería de usted?

       Pensaba yo que cuando muriese podría verle, de modo que me morí lo más deprisa que pude. Esperé mucho tiempo, señor, pero no puedo esperar más hasta que en mi cabellera castaña haya hebras blancas y usted lleve bastón. Entonces puedo mirar mi reloj y, si el día ha reclinado mucho podemos arriesgarnos a ir al cielo, ¿qué haría usted conmigo si yo llegara de blanco? ¿Tiene usted un cofrecillo para meter dentro a los vivos? Quiero más verle, señor, que todo lo que deseo en este mundo y el deseo, un poco cambiado, será mi único deseo para los cielos.

       ¿Puede usted venir a Nueva Inglaterra, vendría usted a Amherst, querría venir, señor? ¿Margarita le decepcionaría? No, no le decepcionaría, señor, sería un consuelo para siempre solo mirar su rostro mientras usted mirase el mío. Entonces podría jugar en los bosques hasta que cayera la noche, hasta que usted me llevara donde el ocaso no pueda encontrarnos.»



       Tras leerla sí parece de primeras una deliciosa carta de amor, ¿verdad? Pero sucede que hay muchos puntos que me llevan a pensar que no es sino una envoltura, encubrir algo que, en su condición de mujer (y esto era bien sabido por ella), no habría podido decir: Pienso que esta carta podría ir dirigida, en realidad, a Thomas Higginson y que, en ella, se queja, como alguna vez hizo con su amiga Susie (Susan Huntington Gilbert Dickinson, también llamada Sue), de la dificultad que la mujer arrastra en la literatura por el simple hecho de eso mismo: ser mujer.

       Nos situamos en abril de 1862, Thomas Higginson, crítico y editor, publica en The Atlantic Montly una especie de llamamiento (Letter to a Young Contributor) incitando a que envíen sus escritos a la revista. El 15 de abril de ese mismo año, E.D. responderá enviando cuatro poemas.

       Es la primera vez que E.D. envía sus escritos: algo inaudito y, además, aumentado por el hecho de que sea a un desconocido. Sin embargo, no lo hará con intención de ser publicada, sino por el mero interés de saber si lo que escribe, pasado por el filtro de quien supuestamente sabe de literatura, tiene algún valor —«Señor Higginson, ¿está usted demasiado ocupado para decirme si mi Verso está vivo?», escribirá—. No se tiene la respuesta original de Higginson (en el siglo XIX se quemaban todas las cartas recibidas por una persona cuando esta moría), pero por futuras respuestas que E.D. le enviaría, se deduce que este le debió decir algo así como que su poesía era espasmódica, incontrolada.

       Y bien, puestos ya en contexto histórico, entro en harina y voy directamente al texto:

«Una gota más herida en la herida que mancha el pecho de su Margarita». 
Se sabe que E.D. planteaba la cuestión de sexo (hombre y mujer) con la distinción de dos soles: El hombre, el poseedor del poder más pleno, sería el Sol mismo: grande, brillante. Y la mujer, por el otro lado, sería un sol en miniatura, un sol que encontraba Dickinson en el centro de las margaritas. De ahí que se meta a sí misma bajo ese sobrenombre.

«Dios me hizo, señor, no fui yo sola, no sé cómo fue hecho. Él construyó en mí un corazón»
Esto cae directamente sobre un punto ya expuesto con anterioridad, la imposibilidad de las mujeres del siglo XIX para hablar abiertamente sobre temas como el sentimiento amoroso o la sexualidad, una forma que tuvo Dickinson para excusarse fue no echarse a sí misma la culpa: sino hacerlo a la voluntad de Dios. (Cuando Dickinson se describe en una carta a Higginson le confesará que, en su casa, todos menos ella son creyentes).

«Pero el corazón se hizo más grande que yo y, como la madrecita con un bebé rollizo, me cansé de sostenerle» (…) «pero el amor es el mismo, igual que la luna creciente, si hubiera sido voluntad de Dios que yo respirase donde usted respira ahora, y encontrase el lugar yo misma por la noche, si nunca puedo olvidar que no estoy con usted, y que la pena y la escarcha están más cerca de usted que yo» (…) «¿Tiene usted un corazón en su pecho, señor? ¿Está colocado como el mío un poco hacia la izquierda? Dice usted que no se lo digo todo, Margarita confesó y no lo negó».
Son estas palabras, principalmente, las que me llevaron a esta nueva interpretación: la lejanía del tema amoroso y el acercamiento a la queja sobre la falta de libertad que sufrían las mujeres victorianas (aunque tampoco la actualidad ha resuelto bien este problema, ¿verdad?).
El corazón de Margarita se hace más grande, es decir, ya no es un sol en miniatura que yace en el centro, cubierta de pétalos blancos, sino que ha crecido, se ha hecho Sol: se ha hecho hombre. Porque los hombres eran quienes realmente podían escribir y E.D. quería gozar de los mismos privilegios de estos. Estaba cabreada y respetaba muy poco que se diferenciara a la literatura por temas tan banales como ser hombre o mujer. Ejemplos de ello los tenemos en numerosas cartas que le enviaría a su gran amiga Susie:

«Así, ya ves, tengo que escribirte, desde abajo, a ras de tierra, sin atardeceres, ni estrellas; sin una pizca de crepúsculo que convertir en poema — ¡para enviártelo! Pero sí habrá misterio y aventura en el viaje de esta carta hasta tus manos — piensa en los valles y colinas, en los ríos que habrá de atravesar, y en los conductores y revisores que se esforzarán por entregártela lo antes posible; ¿y no compone acaso todo eso tal poema que nunca podrá escribirse?» 
Es decir: Tengo que ser inferior por ser mujer, tengo que disfrazar lo que quiero decir para decirlo.

«Qué haré, Susie — no hay espacio suficiente, ni la mitad siquiera para contener lo que iba a decir. ¿No le dirás al hombre que fabrica las hojas de papel que no le tengo el más mínimo respeto?»

Ese hombre que puede publicar libremente: no fabricar hojas de papel en sí mismas, sino textos literarios, obra.

O, cuando su padre y Susan se encontraban en un congreso en Washinton, al que Emily no pudo asistir (nuevamente, por ser mujer), escribiría con amargura: «¿Por qué no puedo ser yo delegada al gran congreso, acaso no lo sé todo sobre Daniel Webster, y la tarifa y la ley?» (…) «No me gusta nada este país, y no me voy a quedar aquí más tiempo».

Emily señala que, a pesar de las diferencias corporales, su fondo es el mismo, es una persona de mismo corazón, situado exactamente en el mismo espacio del hombre (a excepción de quienes padecen dextrocardia, pero imagino que Dickinson no estaba pensando en medicina precisamente). Se queja y no puede olvidar que sean los hombres quienes pueden hacer gala de ello, que ellos están más cerca de las letras, de la exposición de los sentimientos, que son ellos quienes pueden respirar (y hacerlo con libertad), y hablar de sus penas y sus temores sin tener que usar una máscara, una metáfora, una caja ataúd. «Dice usted que no se lo digo todo» Pero ella, mujer, lo está diciendo, parece que no porque lo esconde con palabras y palabras, pero está confesando ese malestar, esa condena impuesta por la sociedad hacia las mujeres.

«Los Vesubios no hablan; los Etnas, tampoco, uno de ellos pronunció una sílaba hace mil años y Pompeya lo oyó y se escondió para siempre». 
En esta clara referencia a Jane Eyre, obra de Charlotte Brontë, alude al hecho de que la mujer traga y traga sus sentimientos, lleva en su interior la lava y, si alguna vez el volcán explota, es decir, si se atreve a expresarse, la sociedad se encargará de hundirla hasta el momento de su muerte.

«Pero si yo tuviera barba en las mejillas como usted, y usted tuviera los pétalos de Margarita y se interesara por mí». 
Es decir: si yo fuera hombre, ¿se tomaría mi literatura en serio? ¿Se me tomaría al fin en cuenta?

«¿Qué haría usted conmigo si yo llegara de blanco?» 
Una de las excentricidades de Emily Dickinson era vestir siempre de blanco. Se le han dado muchas interpretaciones: de energía (lo que en español traducimos como al rojo vivo en inglés es white heat: ya que al calentar el metal, este se pone blanco), de considerarse un ser fantasmagórico, solitario; se ha dicho que no es más que una referencia a la asociación de la época mujer-blanco como símbolo de pureza, de novia, de monja, de ángel (el Ángel del hogar que E.D. tanto aborrecía y al que no quería sucumbir —a Sue le escribiría precisamente sobre ello empleando esa misma palabra: el miedo que tenía de sucumbir ella misma, de someterse a un hombre, convertirse en su esposa y tener que cuidar de él, la casa, los niños, y nada de ella misma ni de las letras), como una página en blanco y, otras dos que son las que a mí me encajan con el texto: virginidad y mortaja.

    Virginidad porque hasta el envío a Higginson de sus cuatro poemas, Dickinson no había enseñado nada al mundo, mortaja por considerar que está condenada a la muerte porque son letras de mujer. ¿Condenaría Higginson su talento a la muerte, le negaría la crítica por su condición?

«¿Tiene usted un cofrecillo para meter dentro a los vivos?» 
¿Le respondería igual si hubiera sido un hombre? ¿Tiene acaso la intención de responder si sus poemas están vivos, puede al menos criticar a los que respiran, aunque sea mujer?

«Esperé mucho tiempo, señor, pero no puedo esperar más hasta que en mi cabellera castaña haya hebras blancas y usted lleve bastón, entonces puedo mirar mi reloj y, si el día ha reclinado mucho podemos arriesgarnos a ir al cielo» (…) «Entonces podría jugar en los bosques hasta que cayera la noche, hasta que usted me llevara donde el ocaso no pueda encontrarnos». 
¿Podría Emily esperar a que la sociedad cambiase?
Para Emily, como escribiría en otra de sus correspondencias con Susan, correr en los bosques aludiría a la infancia, el único periodo en el que, para ella, una mujer podía ser libre. ¿Viviría alguna vez una sociedad que le diera tal libertad, la misma que a los hombres? Ojalá hubiese sido niña y siempre niña, donde la oscuridad que acecha con la edad madura: la sumisión al hombre, el ocaso, no la alcanzara nunca.


«Quiero más verle, señor, que todo lo que deseo en este mundo y el deseo, un poco cambiado, será mi único deseo para los cielos. ¿Puede usted venir a Nueva Inglaterra, vendría usted a Amherst, querría venir, señor? ¿Margarita le decepcionaría? No, no le decepcionaría, señor, sería un consuelo». 
No hay nada que deseara más que eso, un ocaso que no alcanzara nunca más a ninguna mujer: quería la libertad, un deseo un poco cambiado, cambiado de sexo: de que en lugar de ser solo para el hombre, fuera para ambos.
¿Podría el hombre ponerse en los pies de Emily, llegar a donde vive como vivencia de sí misma, como mujer (cuando le dice si llegaría a Nueva Inglaterra, a Amherst), y leerla como leería si no supiese quién es, si pensara que es un hombre? Encontraría que no por ser quien es, lo que es, el lector se decepcionaría, pues las mujeres pueden escribir tal como escriben los hombres y, si esta memez de diferenciar se diluyera, sería un gran consuelo.
Porque entonces todas las mujeres podrían.

martes, 6 de marzo de 2018

Nadia Anjuman: nacer en el peligro de ser mujer

    Parece mentira, pero aquellas escritoras sobre las que hablara Stefan Bollman en Las mujeres que escriben también son peligrosas (Maeva Ediciones, 2007) no fueron las únicas que tuvieran una vida complicada por querer adentrarse en un terreno de hombres.

    Si nos acercamos a nuestra actualidad, a 2005, encontraremos un cuerpo muerto —un cuerpo de mujer—, a manos de su marido. ¿Por qué? Por publicar un poemario.
Os hablo de Nadia Anjuman.

    Nadia Anjuman, poeta y periodista, nace en Afganistán en 1980 y reside en Herat, capital cultural y artística del país. Herat fue la cuna del Club Literario de Herat, que vería —como afirmó Ahmed Said Agigi (también conocido como Ahmed Said Haghighi), presidente del Círculo Literario de Herat fundado en 1920— cómo en los años noventa los talibanes destruían con fuego todos los libros y estatuas y encerraban a las mujeres. Quienes quedaran como miembros del club serían torturados y condenados a muerte por el simple hecho de escribir.

    Era aquel un grupo mixto, en el que a pesar de todo las mujeres eran separadas para realizar sus propias reuniones.

    Tres veces por semana, bajo un cartel en el que podía leerse La aguja de Oro, las mujeres se reunían para realizar, supuestamente, lo único que el Régimen Talibán les permitía hacer: coser y bordar. Por entonces las mujeres tenían prohibido estudiar —Nadia vio su educación interrumpida durante dos años gracias al veto de aprender a leer o a escribir, incluso si era el padre quien enseñaba a su hija a escribir, este era condenado a pena de muerte por ello—, tampoco podían trabajar, reírse en voz alta o maquillarse.

    Pero aquellas mujeres de La aguja de Oro introducían en el Club de Costura, escondidos bajo sus burkas, bolígrafos y papeles donde poder escribir y ser instruidas —por el ya nombrado profesor Ahmed Said Agigi— sobre algunos autores prohibidos en Afganistán, como James Joyce, Shakespeare, Dostoievski, Balzac, Dickens o Nabokov; autores por los que, de haber sido descubiertas, habrían sido condenadas a la horca.

    Nadia Anjuman sería una de esas mujeres-poesía que esquivaría las estrictas prohibiciones de sus contemporáneas, reivindicando en sus versos no solo temas amorosos, sino la tremenda situación opresora a la que estaba sometida la mujer afgana. Así, en un fragmento de una de sus poesías se puede leer:

              «Estoy enjaulada en esta esquina
              llena de melancolía y pena...
              Mis alas están cerradas y no puedo volar.
              Soy una mujer afgana y debo lamentarme

    En 2005, siendo aún estudiante de la Universidad de Herat, Nadia Anjuman publica su primer libro: Gul-e-dodi (Flor Roja Oscura), que supondría su principio del fin.
A excepción de su hermano, Mohamed Shafi, que veía en su hermana una pionera de la poesía afgana, la familia vivió aquello como una deshonra cuando empezó a ser divulgado y reconocido no solo en Afganistán, sino también en otros lugares como Irán o Pakistán.

    Nadia Anjuman fue golpeada en la cabeza por sus familiares y su marido, Farid Anjuman —con el que su propia familia había forzado a casarse— hasta la muerte.

    Tenía Nadia un hijo de seis meses, Bahram Said. Un niño que no solo habrá visto a su madre siendo asesinada por el hecho de ser mujer, sino que habrá visto cómo aún siendo esta barbarie condenada por las Naciones Unidas y habiendo ingresado la suegra de Nadia en prisión, el principal culpable —su propio padre—, pasaría únicamente un mes en la cárcel; estando ahora en libertad y, aún peor, con su custodia. Farid Anjuman reconocería haberla golpeado, pero no asesinado. Desde la prisión, Farid diría:  «No he matado a Nadia. ¿Cómo iba a matar a alguien a quien yo amaba? Tuvimos una pequeña discusión y solo le di una bofetada en el rostro, una sola vez. Se fue a otra habitación y cuando volvió me dijo que había tomado veneno. Me dijo que me perdonaba por abofetearla y me suplicó: “No le digas a nadie que tomé veneno; diles que morí de un ataque al corazón.»

Para Farid Anjuman, Nadia murió por suicidio. Eso sí, tanto él como la familia impidieron que se realizara la autopsia.

Un poema de Nadia Anjuman:

Un llanto sordo

El sonido de las verdes huellas está en la lluvia
nos llega desde la carretera
almas sedientas y faldas polvorientas llegaron del desierto
su ardiente respiración y el espejismo fundido
de sus bocas secas y de polvo cubiertas
nos llegan, ahora, desde la carretera
sus atormentados cuerpos, chicas criadas en el dolor
La alegría alejada de sus rostros
corazones viejos y alineados de grietas
no surgen sonrisas en los inhóspitos océanos de sus labios
ni una lágrima brota del seco cauce de sus ojos
¡Oh, Dios!
¿Podría ignorar si sus sordos llantos que saltaron del cielo
alcanzan las nubes?
El sonido de las verdes huellas está en la lluvia.

Retrato de Nadia Anjuman


miércoles, 28 de febrero de 2018

Marcos Ana, una casa sin llaves

Cuando le preguntaban a Marcos Ana si sentía rencor por lo vivido, sus injustos años encerrado en aquel diminuto hueco abarrotado, a la vez que se veía forzado a memorizar por el patio sus poemas para transcribirlos de noche, escondido y bajo luz escasa, ingeniando siempre cómo sacar su profundidad a la vida; él respondía «No».

A menudo, cuando hablo con ella —digamos anónima— empieza a volverse loca conmigo:
«¿Pero por qué insistes en poner la otra mejilla? Siempre intentando hacer la vida de los demás mejor, más fácil, incluso cuando eso implica hacerte más difícil o peor la tuya. ¿Y dónde estuvieron todos cuando los necesitaste? ¿Vio alguien lo que hacías? ¿Es que no te han insultado suficiente, no te han abandonado suficiente, no te han pisoteado suficiente?».
Esto volvió a ocurrir hace escasamente tres días.

Entonces, yo miro los ojos en flor de anónima y pienso: «Entiéndeme. Yo quiero estar en el bando de los Marcos Ana. Quiero sentir mi puerta abierta, hacer del encierro un pájaro y llenar de palabras mi menudísima memoria, pequeños poemas que extiendan la prisión y la vida. Quiero ser un Marcos Ana, anónima, sin rencor. Sentir que una cárcel no puede eliminarme, porque solo puedo ser libre siendo yo, incluso cuando me hundo».

Mi casa y mi corazón
(sueño de libertad)

Si salgo un día a la vida
mi casa no tendrá llaves:
siempre abierta, como el mar,
el sol y el aire.

Que entren la noche y el día,
y la lluvia azul, la tarde,
el rojo pan de la aurora;
La luna, mi dulce amante.

Que la amistad no detenga
sus pasos en mis umbrales,
ni la golondrina el vuelo,
ni el amor sus labios. Nadie.

Mi casa y mi corazón
nunca cerrados: que pasen
los pájaros, los amigos,
el sol y el aire.

—Marcos Ana, Decidme cómo es un árbol, Memoria de la prisión y la vida, Ed. Umbriel 2007©, ISBN 978-84-89367-40-1.

Y mientras vivió, devuelto de nuevo al mundo, lo cumplió.
Siempre abierto al momento, a una visita, a una charla, Marcos Ana ya no tuvo que esconder un lápiz con palabras dentro de su calcetín, consiguió al fin su casa sin llaves. Pájaros, sol y aire.

sábado, 20 de enero de 2018

Goethe: Werther y la tragedia del observador.

Dicen que Werther murió de amor, que en las Penas del joven Werther Carlota es el iceberg donde este halla el hundimiento definitivo. Pero sucede que cada vez estoy menos de acuerdo con esta visión pobre y manida de la obra de Goethe.

Carlota no es el iceberg: Carlota es la parte visible, la brizna fácil. Werther tenía algo más profundo e inasible por su extensión: Lo realmente trágico de Werther no fue sentir amor, fue ser un observador.
El observador, el que se ve a sí mismo en un vaho irreal sobre su propia vida, el que llega a esa consciencia deslustrada de su persona: al moho que se implanta sobre una vida que es un mundo tan capaz de distorsionarse y ser doblado hacia abajo. Ese mundo mecánico del que no poseemos el complejo mapa, esa imposibilidad de vida que maniobre con savia propia los engranajes.

«Yo formo parte de los personajes y desempeño también mi papel; mejor dicho, se me obliga a desempeñarlo, se me hace maniobrar como a un autómata. Si cojo la mano del que tengo más cerca, retrocedo con espanto, creyendo que es de madera.»

Su vida estaba, él tal vez no.
«Cuando el hombre no se encuentra a sí mismo, no encuentra nada».

Recordemos que no todo supuso un negativismo de primera página, sino que se trata aquí de una evolución progresiva.
Así en su inicio, las correspondencias que Werther enviara a Guillermo llevaban un rumbo completamente distinto a las letras más avanzadas, el Werther primigenio comenzaba confesando a través de sus cartas sus ganas de «gozar el presente, y que lo pasado sea para mí pasado por completo». Se trataba de un Werther embriagado por la naturaleza, por las plantas, por los pequeños animales, las montañas que le inspiraran calma y vida, la naturaleza continente de todo lo que el mundo pudiera ofrecer: «Cada árbol, cada planta es un ramillete de flores y siente uno deseos de convertirse en abeja, para revolotear en esta atmósfera embalsamada, sacando de ella el necesario alimento».
No, a este Werther no le sucede que se enamora de quien no debe ni puede tener, quiero decir: sucede, pero ni de lejos es lo más reseñable de la obra.
Porque lo que a Werther le sucede es que es solo eso: un observador. Y, lo que es peor: es un observador que analiza lo que observa.

Pero Werther, el observador, quien observara un tallo queriendo ser abeja, acaba por descubrir qué observa y al descubrir destruye. Esto es, se destruye. No puede quedar inocencia en quien ha visto demasiado y, sin inocencia, qué puede quedar salvo el sentimiento vago, el cambiar los tallos que se enredan, frescos y verdes, entre los pies de uno por la desesperanza, esa desesperanza que se talla en lo que entendimos desde un inicio por nuestros pies, los únicos vestigios de ser planta que nos fueron concedidos al nacimiento; qué cuando la locura te arranca, te destierra y ese delirio imborrable te hace suyo.

«Parece que se ha levantado un velo delante de mi alma, y el escenario de la vida infinita se transforma a mis ojos en el abismo de la tumba, eternamente abierta. ¿Puedes decir «esto existe» cuando todo pasa, cuando todo se precipita con la rapidez del rayo, sin conservar casi nunca sus fuerzas, y se ve, ¡ay! Encadenado, tragado por el torrente, y despedazado contra las rocas. No hay un momento que no te consuma, que no consuma a los tuyos; no hay un momento en que no seas, en que no debas ser destructor; tu paseo más inocente cuesta la vida a millares de pobres insectos; uno solo de tus paseos destruye los laboriosos edificios de las hormigas, y sumerge todo un pequeño mundo en un sepulcro.»


El drama de un observador es que una vez alcanza una realidad que ignoraba, no hay salida posible: Una realidad expuesta en su ser más íntimo no puede salir del cubículo que lo contiene. El infortunio del observador es que conoce los bordes exactos de su bucle, la condena del vivir, los errores continuos, idénticos e inabarcables del yo. No se puede volver a recorrer lo inexplorado cuando ya se conoce. Observar, tocar, alcanzar, todo desvanece el encanto de lo invisible.

«Yo iba y venía sin saber jamás lo que buscaba. Con lo que está distante de nosotros sucede lo que con el porvenir. Un horizonte inmenso y crepuscular se extiende delante de nuestra alma; en él al par que nuestras miradas, se sumergen nuestros sentimientos y, ¡ay!, ardemos en deseos de entregarle por completo nuestro ser, soñando saborear en toda su plenitud las delicias de una sensación grande, sublime, única. Pero cuando hemos corrido para llegar; cuando el allí se ha convertido en aquí, vemos que todo queda como antes, permanecemos en nuestra miseria, encerrados en el mismo círculo, y el alma suspira por la ventura que acaba de escapársele.»

Un soñador, un ser puramente imaginativo es libre de vagar anchamente de un lugar a otro, mientras que el observador que accede a la celda de lo observado, a lo descubierto, ya no podrá moverse un solo paso de sí: el conocimiento le seguirá por más que intente culebrearse. Werther era capaz de soñar en un principio, todo estaba al alcance de los sueños. 
Fue el Werther final quien encontró las barreras.

«Pero, Señor, ¿estará escrito en el destino del hombre que sólo pueda ser feliz antes de tener razón o después de haberla perdido?».

Quiero decir, nuestro joven Werther podría haberlo tenido todo, todo lo que el ser humano —como ser social— considera tenerlo todo, lo necesario para el triunfo: capacidad, talento… Santo Dios, Werther tuvo incluso buenos contactos. Pero qué torniquete cuando la vida supone el exilio de la propia vida, cuando lo que en principio parece capaz de conservarla te hace perder uno a uno los miembros.

La muerte de Werther fue una muerte lenta nacida de esa asfixia, un camino cosido a su propia sombra; despedazándose en las montañas de sus propias huellas, sus pasos al frente no supusieron sino tumultos que fue incapaz de soportar.
Carlota no es más que una anotación a pie de página. Carlota no es más que ese mundo lejano que observa Werther, la acción de los otros no incrementa más que su abstracto y Werther ya no puede retroceder.
Porque Werther era un observador y, aún peor: tenía memoria.

Entonces, lo trágico no es el amor. Quiero decir, no es que no nos enamoremos de quienes no debemos ni podemos alcanzar, hay algo fatídico de por sí en el amor y volveremos a besar, inconscientes, cuestionando el calor tóxico que nos conduce, una vez más, al no futuro que conocemos. Seremos también olvidados, obviados, muertos sin cruces, ni tierra, ni tan solo un beso de adiós que cae por error en nuestro sepulcro. Pero el amor no será sino un sentimiento anecdótico sobre lo insalvable de nosotros mismos. El amor no es, ni de lejos, lo reseñable de nuestras vidas.

Lo trágico, lo realmente trágico, es llevar un Werther dentro, un observador Werther: Un Werther que nos saluda desde los bolsillos, que nos guiña un ojo en las celdas húmedas de nuestras vísceras, un Werther que observa cómo nuestra cabeza nos observa a su vez a nosotros mismos.

La tragedia de la observación es que somos capaces de distinguir con borde preciso la condena de nuestros errores, que perdemos la inocencia del mundo al repetir la letanía de quiénes somos, de toda esa negatividad oculta en nuestros ropajes y míseros gestos. Que vemos el traje más ínfimo de quien nos rodea, la materia que nos cubre, y entonces no hay mentira que pueda salvarnos.

«Sólo Dios sabe cuántas veces me he dormido con el deseo y la esperanza de no despertar más. Y, al día siguiente, abro los ojos, vuelvo a ver la luz del sol y siento de nuevo el peso de mi miseria.»

En algún sitio de nosotros estamos siendo Werther, estamos dejando caer nuestro aliento sobre el invierno, observando cómo escapa de nosotros lo inmanejable, nuestra vida. En algún momento alguien intentará correr más rápido queriendo adelantar su propia sombra.


Pero no podrá, porque la verdadera tragedia de un observador es ser un observador. Tener memoria.

sábado, 26 de agosto de 2017

El solitario genuino

     Cualquiera que haya cogido impulso para leer —por encima o por debajo— alguna entrada de este blog se habrá dado cuenta de mi disfrute al desmigar fragmentos de otras obras y situarlos dentro de una reflexión que poco —aunque casi siempre la palabra correcta sería Nada— tienen que ver con el propósito original. Apenas un alfiler que envidiar a ese loco-despojo de Jean-Baptiste Grenouille intentando conservar ese olor, esa memoria de otras pieles sin remordimiento de asesinato. Queda claro a su vez el hecho de que soy diletante en todo, experta en nada. Las opiniones volcadas aquí tienen el mismo valor que la hoja en el otoño: Tanto puede resultar bella en su caída como fea, molesta y maloliente cuando se observa pútrida, mil veces pisada, desde el suelo: Real y ficticia, cabeza o ala, silencio y tambor.
     La última nota es que, a pesar del texto escogido, todo este hilo ha sido rasgado lentamente a consecuencia de algunas conversaciones con mi amigo Gonzalo, al que tanto discutí sus aseveraciones sobre el insano impulso de lo que él llama «la retención humana»: Esa enfermedad que se empeña en retener en nuestra vida y vivencias otras vidas y vivencias cuyo resultado queda, de forma clara, en un escenario en ruinas e irresoluble. Y al que al final he terminado dando la razón.
Así voy a tomar esta vez una antigualla que lleva vistiendo la cabecera de mi otro blog un tiempo bastante prolongado y que no es sino este fragmento de La muerte en Venecia, de Thomas Mann:

«Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito».

     Y es que, ay, qué miedo o rechazo o vergüenza se le tiene a esta bellísima oportunidad de ser solitario, ¿verdad? ¡Qué mala imagen da sin resbalar al preguntarse el por qué! Cuando es cierto que un solitario es, en realidad, quien logra desbridar de su cuerpo esa maldita carcoma que tanto se adhiere: la dependencia.
Pues ¿no es la dependencia sino la hermana ciega de la experiencia? ¿No es mirar fijo al sol cinco veces, quinientas veces, siendo el sol solo sol y esperar que en la sexta, en la quinientos uno, sea el sol un grillo o una paloma?
Es decir, que el pensamiento de un solitario se tiene por desproporcionado cuando en realidad podría no serlo, ya que [el solitario] posee una herramienta metaexperimental que actúa a modo de tiovivo autónomo girando incansable sobre sus dedos y, en dichos términos, puede maniobrar con esta experiencia desde una raíz cortada: una raíz de distancia que no permite a la emoción o al pensamiento ardiente volcar su enredadera sobre acciones o palabras: Un solitario llega a plantearse la posibilidad de que el ser humano apenas conste de cuatro o cinco comportamientos básicos y sea, por lo tanto, nuestra vida individual un fútil esfuerzo por realizar disparatadas combinaciones, tal vez en un intento por hacerlos originales y sorprendentes. 
Pero la probabilidad es esta: hay un poco de matemáticas en nuestro comportamiento y así siendo, la dependencia será siempre un óbice para la resolución de nuestras más vanas ecuaciones.
     ¿Podría decirse, llegado a este punto, que entonces un solitario es aquel que no cae en dicho error? ¿Que suma y multiplica en frío y fríamente puede desprenderse (contrariamente a lo señalado por el señor Thomas Mann) con una mirada de lo dañino, obtuso o que no le proporciona nada más allá que decimales periódicos? Contestaré para continuar que sí como si solo cupiese en este texto su afirmación.
Entonces el solitario, el buen solitario —y siento decirlo— no es reglamentariamente confuso e intensito.
Sí. El solitario es «erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito» por naturaleza en cuanto es, además, un ser humano. Sin embargo, es el solitario quien puede darse cuenta —en perfecta sincronía— del error, desproporción, absurdez o delito. Cuando un solitario sabe que ha fallado o le han fallado puede caminar hacia la solución sin desviarse. Quizás es cierto que esté muy enfocado en el cuestionamiento de cómo restablecer el orden (y aquí doy por cierta esa tendencia a la obsesión que el fragmento expone), pero eso indica que está del mismo modo orientado a la reconstrucción con una condición clave: No olvidar para hacerlo puro.
     Siendo así y nada más allá de esto, el solitario es también quien pierde el interés —y muy fácilmente, he de agregar— al verse empujado hacia la salida del raíl para derrapar en otros términos igualmente erróneos, desproporcionados, absurdos e ilícitos. Es decir, el solitario no tiene reparos en asumir un error, pero sí resulta perezoso para caer en maniobras de sumisión-dominación, manipulación o extraños dramatismos o errores cuya resolución conoce por experiencias previas: Puede el solitario mirar al sol sabiendo que es «sol y solo sol» y no deprimirse al señalar: «No hay grillos ni palomas». Porque un solitario es un ser sin miedo al desprendimiento.
     También, claro, ha de saberse que no existe solitario sin matices: Un solitario puede tener compañía por cierto tiempo, incluso por mucho tiempo, puede tener compañía siempre y ser a su vez el ente más entregado a la renuncia inminente e irrevocable de la dependencia. En otros términos: instaura un alejamiento a través, o incluso a causa, del efecto rebote que suele generar el sentimiento común de esta separación, que no es sino una traducción insultante y menoscabada y no carente de lo grotesco.
Entonces ¿es el solitario un ser con balanza? Si no lo es, se le debe al menos otorgar el beneplácito de la duda: Puede tenerla.
Así es el solitario —en tanto que es un ser con posibilidad de balanza— un ser que no sufre al poner bajo el mismo foco las perturbaciones más exageradamente inquietantes de la mente humana junto a las más aburridas y cíclicas realidades que nos consumen: Porque ha dolido de forma desproporcionada puede montar desproporciones de rompecabezas con desenlace indoloro. De aquí se diría que el dolor avanza a la razón y que así consigue el solitario extraer la savia de esa razón, desatándose por tanto, y sin contonearse apenas, de la incómoda dependencia.
Porque el solitario aprende a no retener, no se confunde y se confunde a consecuencia; porque ha vivido sociable antes de vivir en solitario puede llegar a ser, si se esfuerza, un solitario sociable. Y este es el solitario auténtico: El ser sin miedo.

                      
Fotograma de La Muerte en Venecia, película basada en el libro de Thomas Mann y dirigida por Luchino Visconti.







lunes, 17 de julio de 2017

La lengua de las espirales

Hace unos meses hablaba con un amigo psicólogo sobre Pizarnik, él me comparaba la vivencia de esta maga de grafías con la de sus propios pacientes (de los que en todo momento mantuvo el anonimato y el secreto profesional sobre su historia). En determinado momento me dijo: «Pizarnik se mantuvo gracias a sus palabras, no sé qué habría sido de ella si no hubiera sido capaz de escribir». «Pero aún se duda sobre si se pasó con su dosis de somníferos o si se suicidó, ¿cómo dices que no sabes qué habría sido de ella… ¡si murió tan joven!?», añadí contrariada. «Yo me refiero al antes, Alania, siempre hay un antes», me contestó él.
Hoy rememorando aquella charla comienzo a creer que tenía razón —quizás más allá de lo que él mismo pensaba que tenía de razón—, hay un antes para todo lo que vemos, existe el antes mucho antes de todo lo que conocemos y ¡puedo incluir tantos antes en mi propia experiencia!
Uno de ellos: a mí me han criticado continua y duramente por no hablar claro en mi poesía. Y puede que no lo escriba recto y firme, es cierto, puede que haga circunferencias en lugar de transcribir palabras.
Pero yo no reivindico un hueco, no reivindico que os guste y ni tan siquiera que comprendáis, solo sé que para algunos el lenguaje es todo lo que nos queda para seguir existiendo y esas curvas, esos puntos movidos y esas vocales inquietas son nuestro no saber qué sería de nosotros sin ellas.
En definitiva, todo lo que reivindico es tener el mismo derecho a sentir / mantenerme que el que tienen aquellos afortunados que conviven con su mente clara, aunque yo tenga espirales antes que palabras. Nada más.

Alejandra Pizarnik (1936 - 1972)