lunes, 17 de julio de 2017

La lengua de las espirales

Hace unos meses hablaba con un amigo psicólogo sobre Pizarnik, él me comparaba la vivencia de esta maga de grafías con la de sus propios pacientes (de los que en todo momento mantuvo el anonimato y el secreto profesional sobre su historia). En determinado momento me dijo: «Pizarnik se mantuvo gracias a sus palabras, no sé qué habría sido de ella si no hubiera sido capaz de escribir», «Pero aún se duda sobre si se pasó con su dosis de somníferos o si se suicidó, ¿cómo dices que no sabes qué habría sido de ella… ¡si murió tan joven!?», añadí contrariada. «Yo me refiero al antes, Alania, siempre hay un antes», me contestó él.
Hoy rememorando aquella charla comienzo a creer que tenía razón —quizás más allá de lo que él mismo pensaba que tenía de razón—, hay un antes para todo lo que vemos, existe el antes mucho antes de todo lo que conocemos y ¡puedo incluir tantos antes en mi propia experiencia!
Uno de ellos: a mí me han criticado continua y duramente por no hablar claro en mi poesía. Y puede que no lo escriba recto y firme, es cierto, puede que haga circunferencias en lugar de transcribir palabras.
Pero yo no reivindico un hueco, no reivindico que os guste y ni tan siquiera que comprendáis, solo sé que para algunos el lenguaje es todo lo que nos queda para seguir existiendo y esas curvas, esos puntos movidos y esas vocales inquietas son nuestro no saber qué sería de nosotros sin ellas.
En definitiva, todo lo que reivindico es tener el mismo derecho a sentir / mantenerme que el que tienen aquellos afortunados que conviven con su mente clara, aunque yo tenga espirales antes que palabras. Nada más.

Alejandra Pizarnik (1936 - 1972)

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