Cuando le preguntaban a Marcos Ana si sentía rencor por lo vivido, sus injustos años encerrado en aquel diminuto hueco abarrotado, a la vez que se veía forzado a memorizar por el patio sus poemas para transcribirlos de noche, escondido y bajo luz escasa, ingeniando siempre cómo sacar su profundidad a la vida; él respondía «No».
A menudo, cuando hablo con ella —digamos anónima— empieza a volverse loca conmigo:
«¿Pero por qué insistes en poner la otra mejilla? Siempre intentando hacer la vida de los demás mejor, más fácil, incluso cuando eso implica hacerte más difícil o peor la tuya. ¿Y dónde estuvieron todos cuando los necesitaste? ¿Vio alguien lo que hacías? ¿Es que no te han insultado suficiente, no te han abandonado suficiente, no te han pisoteado suficiente?».
Esto volvió a ocurrir hace escasamente tres días.
Entonces, yo miro los ojos en flor de anónima y pienso: «Entiéndeme. Yo quiero estar en el bando de los Marcos Ana. Quiero sentir mi puerta abierta, hacer del encierro un pájaro y llenar de palabras mi menudísima memoria, pequeños poemas que extiendan la prisión y la vida. Quiero ser un Marcos Ana, anónima, sin rencor. Sentir que una cárcel no puede eliminarme, porque solo puedo ser libre siendo yo, incluso cuando me hundo».
Mi casa y mi corazón
(sueño de libertad)
Si salgo un día a la vida
mi casa no tendrá llaves:
siempre abierta, como el mar,
el sol y el aire.
Que entren la noche y el día,
y la lluvia azul, la tarde,
el rojo pan de la aurora;
La luna, mi dulce amante.
Que la amistad no detenga
sus pasos en mis umbrales,
ni la golondrina el vuelo,
ni el amor sus labios. Nadie.
Mi casa y mi corazón
nunca cerrados: que pasen
los pájaros, los amigos,
el sol y el aire.
—Marcos Ana, Decidme cómo es un árbol, Memoria de la prisión y la vida, Ed. Umbriel 2007©, ISBN 978-84-89367-40-1.
Y mientras vivió, devuelto de nuevo al mundo, lo cumplió.
Siempre abierto al momento, a una visita, a una charla, Marcos Ana ya no tuvo que esconder un lápiz con palabras dentro de su calcetín, consiguió al fin su casa sin llaves. Pájaros, sol y aire.
miércoles, 28 de febrero de 2018
sábado, 20 de enero de 2018
Goethe: Werther y la tragedia del observador.
Dicen que Werther murió
de amor, que en las Penas del joven
Werther Carlota es el iceberg donde este halla el hundimiento
definitivo. Pero sucede que cada vez estoy menos de acuerdo con esta visión
pobre y manida de la obra de Goethe.
Carlota no es el iceberg:
Carlota es la parte visible, la brizna fácil. Werther tenía algo más profundo e
inasible por su extensión: Lo realmente trágico de Werther no fue sentir amor, fue ser un observador.
El observador, el que se ve a sí mismo en un vaho irreal sobre su propia vida, el que llega a esa consciencia deslustrada de su persona: al moho que se implanta sobre una vida que es un mundo tan capaz de distorsionarse y ser doblado hacia abajo. Ese mundo mecánico del que no poseemos el complejo mapa, esa imposibilidad de vida que maniobre con savia propia los engranajes.
El observador, el que se ve a sí mismo en un vaho irreal sobre su propia vida, el que llega a esa consciencia deslustrada de su persona: al moho que se implanta sobre una vida que es un mundo tan capaz de distorsionarse y ser doblado hacia abajo. Ese mundo mecánico del que no poseemos el complejo mapa, esa imposibilidad de vida que maniobre con savia propia los engranajes.
«Yo formo parte de los
personajes y desempeño también mi papel; mejor dicho, se me obliga a
desempeñarlo, se me hace maniobrar como a un autómata. Si cojo la mano del que
tengo más cerca, retrocedo con espanto, creyendo que es de madera.»
Su vida estaba, él
tal vez no.
«Cuando el hombre no se
encuentra a sí mismo, no encuentra nada».
Recordemos que no todo
supuso un negativismo de primera página, sino que se trata aquí de una
evolución progresiva.
Así en su inicio, las
correspondencias que Werther enviara a Guillermo llevaban un rumbo
completamente distinto a las letras más avanzadas, el Werther primigenio comenzaba
confesando a través de sus cartas sus ganas de «gozar el presente, y que lo
pasado sea para mí pasado por completo». Se trataba de un Werther embriagado
por la naturaleza, por las plantas, por los pequeños animales, las montañas que
le inspiraran calma y vida, la naturaleza continente de todo lo que el mundo pudiera
ofrecer: «Cada árbol, cada planta es un ramillete de flores y siente uno deseos
de convertirse en abeja, para revolotear en esta atmósfera embalsamada, sacando
de ella el necesario alimento».
No, a este Werther no le
sucede que se enamora de quien no debe ni puede tener, quiero decir: sucede,
pero ni de lejos es lo más reseñable de la obra.
Porque lo que a Werther le
sucede es que es solo eso: un observador. Y, lo que es peor: es un observador
que analiza lo que observa.
Pero Werther, el
observador, quien observara un tallo queriendo ser abeja, acaba por descubrir
qué observa y al descubrir destruye. Esto es, se destruye. No puede quedar
inocencia en quien ha visto demasiado y, sin inocencia, qué puede quedar salvo el
sentimiento vago, el cambiar los tallos que se enredan, frescos y verdes, entre
los pies de uno por la desesperanza, esa desesperanza que se talla en lo que
entendimos desde un inicio por nuestros pies, los únicos vestigios de ser planta
que nos fueron concedidos al nacimiento; qué cuando la locura te arranca, te
destierra y ese delirio imborrable te hace suyo.
«Parece que se ha
levantado un velo delante de mi alma, y el escenario de la vida infinita se
transforma a mis ojos en el abismo de la tumba, eternamente abierta. ¿Puedes
decir «esto existe» cuando todo pasa, cuando todo se precipita con la rapidez
del rayo, sin conservar casi nunca sus fuerzas, y se ve, ¡ay! Encadenado,
tragado por el torrente, y despedazado contra las rocas. No hay un momento que
no te consuma, que no consuma a los tuyos; no hay un momento en que no seas, en
que no debas ser destructor; tu paseo más inocente cuesta la vida a millares de
pobres insectos; uno solo de tus paseos destruye los laboriosos edificios de
las hormigas, y sumerge todo un pequeño mundo en un sepulcro.»
El drama de un observador
es que una vez alcanza una realidad que ignoraba, no hay salida posible: Una realidad
expuesta en su ser más íntimo no puede salir del cubículo que lo contiene. El
infortunio del observador es que conoce los bordes exactos de su bucle, la
condena del vivir, los errores continuos, idénticos e inabarcables del yo. No
se puede volver a recorrer lo inexplorado cuando ya se conoce. Observar, tocar,
alcanzar, todo desvanece el encanto de lo invisible.
«Yo iba y venía sin saber
jamás lo que buscaba. Con lo que está distante de nosotros sucede lo que con el
porvenir. Un horizonte inmenso y crepuscular se extiende delante de nuestra
alma; en él al par que nuestras miradas, se sumergen nuestros sentimientos y,
¡ay!, ardemos en deseos de entregarle por completo nuestro ser, soñando
saborear en toda su plenitud las delicias de una sensación grande, sublime,
única. Pero cuando hemos corrido para llegar; cuando el allí se ha convertido en aquí,
vemos que todo queda como antes, permanecemos en nuestra miseria, encerrados en
el mismo círculo, y el alma suspira por la ventura que acaba de escapársele.»
Un soñador, un ser
puramente imaginativo es libre de vagar anchamente de un lugar a otro, mientras
que el observador que accede a la celda de lo observado, a lo descubierto, ya
no podrá moverse un solo paso de sí: el conocimiento le seguirá por más que intente
culebrearse. Werther era capaz de soñar en un principio, todo estaba al alcance
de los sueños.
Fue el Werther final quien encontró las barreras.
«Pero, Señor, ¿estará
escrito en el destino del hombre que sólo pueda ser feliz antes de tener razón
o después de haberla perdido?».
Quiero decir, nuestro
joven Werther podría haberlo tenido todo,
todo lo que el ser humano —como ser social— considera tenerlo todo, lo
necesario para el triunfo: capacidad, talento… Santo Dios, Werther tuvo incluso
buenos contactos. Pero qué torniquete cuando la vida supone el exilio de la
propia vida, cuando lo que en principio parece capaz de conservarla te hace
perder uno a uno los miembros.
La muerte de Werther fue
una muerte lenta nacida de esa asfixia, un camino cosido a su propia sombra; despedazándose en las montañas de
sus propias huellas, sus pasos al frente no supusieron sino tumultos que fue incapaz
de soportar.
Carlota no es más que una anotación a pie de página. Carlota no es más que ese mundo lejano que observa Werther, la acción de los otros no incrementa más que su abstracto y Werther ya no puede retroceder.
Carlota no es más que una anotación a pie de página. Carlota no es más que ese mundo lejano que observa Werther, la acción de los otros no incrementa más que su abstracto y Werther ya no puede retroceder.
Porque Werther era un
observador y, aún peor: tenía memoria.
Entonces, lo trágico no
es el amor. Quiero decir, no es que no nos enamoremos de quienes no debemos ni
podemos alcanzar, hay algo fatídico de por sí en el amor y volveremos a besar,
inconscientes, cuestionando el calor tóxico que nos conduce, una vez más, al no
futuro que conocemos. Seremos también olvidados, obviados, muertos sin cruces, ni tierra, ni tan solo un beso de adiós que cae por error en nuestro sepulcro. Pero el amor no será sino un sentimiento
anecdótico sobre lo insalvable de nosotros mismos. El amor no es, ni de lejos, lo
reseñable de nuestras vidas.
Lo trágico, lo realmente trágico, es llevar un
Werther dentro, un observador Werther: Un Werther que nos saluda desde los
bolsillos, que nos guiña un ojo en las celdas húmedas de nuestras vísceras, un
Werther que observa cómo nuestra cabeza nos observa a su vez a nosotros mismos.
La tragedia de la
observación es que somos capaces de distinguir con borde preciso la condena de nuestros
errores, que perdemos la inocencia del mundo al repetir la letanía de quiénes
somos, de toda esa negatividad oculta en nuestros ropajes y míseros gestos. Que
vemos el traje más ínfimo de quien nos rodea, la materia que nos cubre, y entonces
no hay mentira que pueda salvarnos.
«Sólo Dios sabe cuántas
veces me he dormido con el deseo y la esperanza de no despertar más. Y, al día
siguiente, abro los ojos, vuelvo a ver la luz del sol y siento de nuevo el peso
de mi miseria.»
En algún sitio de nosotros
estamos siendo Werther, estamos dejando caer nuestro aliento sobre el invierno,
observando cómo escapa de nosotros lo inmanejable, nuestra vida. En algún
momento alguien intentará correr más rápido queriendo adelantar su propia
sombra.
Pero no podrá, porque la verdadera tragedia de un observador es ser un observador. Tener memoria.
sábado, 26 de agosto de 2017
El solitario genuino
Cualquiera que haya cogido impulso para leer —por encima o por debajo— alguna entrada de este blog se habrá dado cuenta de mi disfrute al desmigar fragmentos de otras obras y situarlos dentro de una reflexión que poco —aunque casi siempre la palabra correcta sería Nada— tienen que ver con el propósito original. Apenas un alfiler que envidiar a ese loco-despojo de Jean-Baptiste Grenouille intentando conservar ese olor, esa memoria de otras pieles sin remordimiento de asesinato. Queda claro a su vez el hecho de que soy diletante en todo, experta en nada. Las opiniones volcadas aquí tienen el mismo valor que la hoja en el otoño: Tanto puede resultar bella en su caída como fea, molesta y maloliente cuando se observa pútrida, mil veces pisada, desde el suelo: Real y ficticia, cabeza o ala, silencio y tambor.
La última nota es que, a pesar del texto escogido, todo este hilo ha sido rasgado lentamente a consecuencia de algunas conversaciones con mi amigo Gonzalo, al que tanto discutí sus aseveraciones sobre el insano impulso de lo que él llama «la retención humana»: Esa enfermedad que se empeña en retener en nuestra vida y vivencias otras vidas y vivencias cuyo resultado queda, de forma clara, en un escenario en ruinas e irresoluble. Y al que al final he terminado dando la razón.
Así voy a tomar esta vez una antigualla que lleva vistiendo la cabecera de mi otro blog un tiempo bastante prolongado y que no es sino este fragmento de La muerte en Venecia, de Thomas Mann:
«Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito».
Y es que, ay, qué miedo o rechazo o vergüenza se le tiene a esta bellísima oportunidad de ser solitario, ¿verdad? ¡Qué mala imagen da sin resbalar al preguntarse el por qué! Cuando es cierto que un solitario es, en realidad, quien logra desbridar de su cuerpo esa maldita carcoma que tanto se adhiere: la dependencia.
Pues ¿no es la dependencia sino la hermana ciega de la experiencia? ¿No es mirar fijo al sol cinco veces, quinientas veces, siendo el sol solo sol y esperar que en la sexta, en la quinientos uno, sea el sol un grillo o una paloma?
Es decir, que el pensamiento de un solitario se tiene por desproporcionado cuando en realidad podría no serlo, ya que [el solitario] posee una herramienta metaexperimental que actúa a modo de tiovivo autónomo girando incansable sobre sus dedos y, en dichos términos, puede maniobrar con esta experiencia desde una raíz cortada: una raíz de distancia que no permite a la emoción o al pensamiento ardiente volcar su enredadera sobre acciones o palabras: Un solitario llega a plantearse la posibilidad de que el ser humano apenas conste de cuatro o cinco comportamientos básicos y sea, por lo tanto, nuestra vida individual un fútil esfuerzo por realizar disparatadas combinaciones, tal vez en un intento por hacerlos originales y sorprendentes.
Así voy a tomar esta vez una antigualla que lleva vistiendo la cabecera de mi otro blog un tiempo bastante prolongado y que no es sino este fragmento de La muerte en Venecia, de Thomas Mann:
«Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito».
Y es que, ay, qué miedo o rechazo o vergüenza se le tiene a esta bellísima oportunidad de ser solitario, ¿verdad? ¡Qué mala imagen da sin resbalar al preguntarse el por qué! Cuando es cierto que un solitario es, en realidad, quien logra desbridar de su cuerpo esa maldita carcoma que tanto se adhiere: la dependencia.
Pues ¿no es la dependencia sino la hermana ciega de la experiencia? ¿No es mirar fijo al sol cinco veces, quinientas veces, siendo el sol solo sol y esperar que en la sexta, en la quinientos uno, sea el sol un grillo o una paloma?
Es decir, que el pensamiento de un solitario se tiene por desproporcionado cuando en realidad podría no serlo, ya que [el solitario] posee una herramienta metaexperimental que actúa a modo de tiovivo autónomo girando incansable sobre sus dedos y, en dichos términos, puede maniobrar con esta experiencia desde una raíz cortada: una raíz de distancia que no permite a la emoción o al pensamiento ardiente volcar su enredadera sobre acciones o palabras: Un solitario llega a plantearse la posibilidad de que el ser humano apenas conste de cuatro o cinco comportamientos básicos y sea, por lo tanto, nuestra vida individual un fútil esfuerzo por realizar disparatadas combinaciones, tal vez en un intento por hacerlos originales y sorprendentes.
Pero la probabilidad es esta: hay un poco de matemáticas en nuestro comportamiento y así siendo, la dependencia será siempre un óbice para la resolución de nuestras más vanas ecuaciones.
¿Podría decirse, llegado a este punto, que entonces un solitario es aquel que no cae en dicho error? ¿Que suma y multiplica en frío y fríamente puede desprenderse (contrariamente a lo señalado por el señor Thomas Mann) con una mirada de lo dañino, obtuso o que no le proporciona nada más allá que decimales periódicos? Contestaré para continuar que sí como si solo cupiese en este texto su afirmación.
Entonces el solitario, el buen solitario —y siento decirlo— no es reglamentariamente confuso e intensito.
Sí. El solitario es «erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito» por naturaleza en cuanto es, además, un ser humano. Sin embargo, es el solitario quien puede darse cuenta —en perfecta sincronía— del error, desproporción, absurdez o delito. Cuando un solitario sabe que ha fallado o le han fallado puede caminar hacia la solución sin desviarse. Quizás es cierto que esté muy enfocado en el cuestionamiento de cómo restablecer el orden (y aquí doy por cierta esa tendencia a la obsesión que el fragmento expone), pero eso indica que está del mismo modo orientado a la reconstrucción con una condición clave: No olvidar para hacerlo puro.
Siendo así y nada más allá de esto, el solitario es también quien pierde el interés —y muy fácilmente, he de agregar— al verse empujado hacia la salida del raíl para derrapar en otros términos igualmente erróneos, desproporcionados, absurdos e ilícitos. Es decir, el solitario no tiene reparos en asumir un error, pero sí resulta perezoso para caer en maniobras de sumisión-dominación, manipulación o extraños dramatismos o errores cuya resolución conoce por experiencias previas: Puede el solitario mirar al sol sabiendo que es «sol y solo sol» y no deprimirse al señalar: «No hay grillos ni palomas». Porque un solitario es un ser sin miedo al desprendimiento.
También, claro, ha de saberse que no existe solitario sin matices: Un solitario puede tener compañía por cierto tiempo, incluso por mucho tiempo, puede tener compañía siempre y ser a su vez el ente más entregado a la renuncia inminente e irrevocable de la dependencia. En otros términos: instaura un alejamiento a través, o incluso a causa, del efecto rebote que suele generar el sentimiento común de esta separación, que no es sino una traducción insultante y menoscabada y no carente de lo grotesco.
Sí. El solitario es «erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito» por naturaleza en cuanto es, además, un ser humano. Sin embargo, es el solitario quien puede darse cuenta —en perfecta sincronía— del error, desproporción, absurdez o delito. Cuando un solitario sabe que ha fallado o le han fallado puede caminar hacia la solución sin desviarse. Quizás es cierto que esté muy enfocado en el cuestionamiento de cómo restablecer el orden (y aquí doy por cierta esa tendencia a la obsesión que el fragmento expone), pero eso indica que está del mismo modo orientado a la reconstrucción con una condición clave: No olvidar para hacerlo puro.
Siendo así y nada más allá de esto, el solitario es también quien pierde el interés —y muy fácilmente, he de agregar— al verse empujado hacia la salida del raíl para derrapar en otros términos igualmente erróneos, desproporcionados, absurdos e ilícitos. Es decir, el solitario no tiene reparos en asumir un error, pero sí resulta perezoso para caer en maniobras de sumisión-dominación, manipulación o extraños dramatismos o errores cuya resolución conoce por experiencias previas: Puede el solitario mirar al sol sabiendo que es «sol y solo sol» y no deprimirse al señalar: «No hay grillos ni palomas». Porque un solitario es un ser sin miedo al desprendimiento.
También, claro, ha de saberse que no existe solitario sin matices: Un solitario puede tener compañía por cierto tiempo, incluso por mucho tiempo, puede tener compañía siempre y ser a su vez el ente más entregado a la renuncia inminente e irrevocable de la dependencia. En otros términos: instaura un alejamiento a través, o incluso a causa, del efecto rebote que suele generar el sentimiento común de esta separación, que no es sino una traducción insultante y menoscabada y no carente de lo grotesco.
Entonces ¿es el solitario un ser con balanza? Si no lo es, se le debe al menos otorgar el beneplácito de la duda: Puede tenerla.
Así es el solitario —en tanto que es un ser con posibilidad de balanza— un ser que no sufre al poner bajo el mismo foco las perturbaciones más exageradamente inquietantes de la mente humana junto a las más aburridas y cíclicas realidades que nos consumen: Porque ha dolido de forma desproporcionada puede montar desproporciones de rompecabezas con desenlace indoloro. De aquí se diría que el dolor avanza a la razón y que así consigue el solitario extraer la savia de esa razón, desatándose por tanto, y sin contonearse apenas, de la incómoda dependencia.
Porque el solitario aprende a no retener, no se confunde y se confunde a consecuencia; porque ha vivido sociable antes de vivir en solitario puede llegar a ser, si se esfuerza, un solitario sociable. Y este es el solitario auténtico: El ser sin miedo.
Así es el solitario —en tanto que es un ser con posibilidad de balanza— un ser que no sufre al poner bajo el mismo foco las perturbaciones más exageradamente inquietantes de la mente humana junto a las más aburridas y cíclicas realidades que nos consumen: Porque ha dolido de forma desproporcionada puede montar desproporciones de rompecabezas con desenlace indoloro. De aquí se diría que el dolor avanza a la razón y que así consigue el solitario extraer la savia de esa razón, desatándose por tanto, y sin contonearse apenas, de la incómoda dependencia.
Porque el solitario aprende a no retener, no se confunde y se confunde a consecuencia; porque ha vivido sociable antes de vivir en solitario puede llegar a ser, si se esfuerza, un solitario sociable. Y este es el solitario auténtico: El ser sin miedo.
lunes, 17 de julio de 2017
La lengua de las espirales
Hace unos meses hablaba con un amigo psicólogo sobre Pizarnik, él me comparaba la vivencia de esta maga de grafías con la de sus propios pacientes (de los que en todo momento mantuvo el anonimato y el secreto profesional sobre su historia). En determinado momento me dijo: «Pizarnik se mantuvo gracias a sus palabras, no sé qué habría sido de ella si no hubiera sido capaz de escribir». «Pero aún se duda sobre si se pasó con su dosis de somníferos o si se suicidó, ¿cómo dices que no sabes qué habría sido de ella… ¡si murió tan joven!?», añadí contrariada. «Yo me refiero al antes, Alania, siempre hay un antes», me contestó él.
Hoy rememorando aquella charla comienzo a creer que tenía razón —quizás más allá de lo que él mismo pensaba que tenía de razón—, hay un antes para todo lo que vemos, existe el antes mucho antes de todo lo que conocemos y ¡puedo incluir tantos antes en mi propia experiencia!
Uno de ellos: a mí me han criticado continua y duramente por no hablar claro en mi poesía. Y puede que no lo escriba recto y firme, es cierto, puede que haga circunferencias en lugar de transcribir palabras.
Pero yo no reivindico un hueco, no reivindico que os guste y ni tan siquiera que comprendáis, solo sé que para algunos el lenguaje es todo lo que nos queda para seguir existiendo y esas curvas, esos puntos movidos y esas vocales inquietas son nuestro no saber qué sería de nosotros sin ellas.
En definitiva, todo lo que reivindico es tener el mismo derecho a sentir / mantenerme que el que tienen aquellos afortunados que conviven con su mente clara, aunque yo tenga espirales antes que palabras. Nada más.
Hoy rememorando aquella charla comienzo a creer que tenía razón —quizás más allá de lo que él mismo pensaba que tenía de razón—, hay un antes para todo lo que vemos, existe el antes mucho antes de todo lo que conocemos y ¡puedo incluir tantos antes en mi propia experiencia!
Uno de ellos: a mí me han criticado continua y duramente por no hablar claro en mi poesía. Y puede que no lo escriba recto y firme, es cierto, puede que haga circunferencias en lugar de transcribir palabras.
Pero yo no reivindico un hueco, no reivindico que os guste y ni tan siquiera que comprendáis, solo sé que para algunos el lenguaje es todo lo que nos queda para seguir existiendo y esas curvas, esos puntos movidos y esas vocales inquietas son nuestro no saber qué sería de nosotros sin ellas.
En definitiva, todo lo que reivindico es tener el mismo derecho a sentir / mantenerme que el que tienen aquellos afortunados que conviven con su mente clara, aunque yo tenga espirales antes que palabras. Nada más.
Alejandra Pizarnik (1936 - 1972)
sábado, 15 de julio de 2017
Uno y sí mismo
«Soy vertical
Pero preferiría ser horizontal...
...y he de ser útil cuando yazca al fin:
por una vez, entonces, me tocarán los árboles,
[y tendrán tiempo para mí las flores.»
—Sylvia Plath
Si todos lleváis sobre el mundo este hueso hueco y antiquísimo por víscera —ligeramente hacia la izquierda—, si desde su rigidez apenas si bombea y veis la vida translúcida, como investigada apenas a través de la lámina de una radiografía difusa: demasiado oscura, demasiado mal enfocada. Si lleváis la asfixia en algún lugar entre el esternón y la tráquea y no podéis respirar, toser, vivir. Si habéis acumulado las palabras en la misma forma, el mismo estante, todas con su mismo significado: desde arlequín a gusano, si todas una palabra misma y así optáis por enmendarla en una frágil colcha de silencio y el silencio no es suave, ni térmico, ni tangible. Si veis el primer rayo del día y rogáis, si dudáis del tiempo que podréis despertar apenas con un maullido en la oreja y levantaros tan solo por ese maullido en las córneas y avanzar tan solo por ese maullido en los dientes y resistir tan solo por esa levedad sonora, si dudáis si tendréis que empezar ya a disculparos por el fósil doloso que será vuestro contorno, si será valiente o cobarde esta resolución definitiva, si ocultáis las lágrimas como una vergüenza inmensa en vuestro cuerpo y fingís sonrisas plastificadas, alegrías plastificadas, manos de plástico plastificadas. Si todos sentís no poder, por poder, bañar siquiera con saliva vuestra lengua: no el acto más básico, ni razonado, ni nimio y así pensáis «aquí en el centro me atornillo una existencia oxidada».
Pues, no lo entiendo. Si todos sois yo y como yo sentís el sentir como este hierro candente, si todos sois todos en vuestro revés y el hacia dentro: por qué perpetuáis la especie e intentáis poner un pie tras otro, una palabra tras otra, una respiración constante y superflua y procesada, un mirar infatigable. Si todos lleváis mis ojos, mi aire, mi boca, mis pies y todo es uno y es sí mismo, entonces sabéis: que hay —al parecer— un ser humano único, solo y desmigado por el mundo, y es triste y es suicida y ha comprendido: que hay palabras sinónimas de la forma y sombra de una jaula y que nos dibujamos símbolos en la carne de su carne como cuevas.
No sé, tal vez haya ocasión para que encuentre paz y entonces os entienda. Pero estáis aún por venir
y llegaréis para las flores.
domingo, 28 de mayo de 2017
Un hombre de humor, G.K. Chesterton
Un hombre de humor en vida permite que el humor siga actuando cuando la vida acaba. Por ello hoy escojo a Gilbert Keith Chesterton, escritor de —entre otras muchísimas obras— El hombre común y El hombre eterno, u otras como El caballero salvaje o La balada del caballo blanco. Empecemos:
Se dice de G.K. Chesterton que fue un escritor y periodista británico de inicios del siglo XX que cultivó varios géneros: el ya citado periodismo, los ensayos, la narración, la lírica o los libros de viajes… (Esto lo acabo de leer en Wikipedia).
Pero también cultivó su panza, y además de su panza o, en este caso, a causa de ella —pues Chesterton medía 1,93 centímetros y pesaba cerca de 134 kilos—, también la ironía y el buen humor. Así cuentan que una vez, durante la Primera Guerra Mundial, una mujer le abordó en Londres para reprocharle que él no estuviera «allí fuera en el Frente», a lo que Chesterton replicó tranquilo: «Disculpe, señora, pero si usted da la vuelta hasta mi costado, podrá ver que sí lo estoy».
Y hablando de Chesterton... hago una pregunta que no tiene nada que ver con lo anterior pero que sí me ha surgido a razón de éste y de sus textos no exentos de humor:
¿Por qué en las biografías, sobre todo en las de grandes escritores, aparece reflejado que en las puertas de la muerte dijeron algo revelador, espectacular, cultísimo y grandilocuente?
¿Ninguno tuvo el típico delirio de ver un perro en la esquina de la habitación? ¿No fue la última frase de ninguno de ellos: «Dame agua, que tengo sed» o «Me hago pis»?
Escribe Maisie Ward en su biografía sobre Chesterton que éste, en ese estado pre-mortem, dijo: «El asunto está claro ahora. Está entre la luz y las sombras; cada uno debe elegir de qué lado está». En otras biografías dicen que sus últimas palabras fueron «Hola, cariño» a su mujer Frances y «Hola, querida» a su hija adoptiva Dorothy... Incluso en este caso, que por fin se dicen unas palabras más o menos comunes (aunque yo sigo apostando por el grito de «Tengo sed»), se escriben luego supuestos y acasos para engrandecer esos momentos de muerte, así dice (seguimos hablando de la muerte de Chesterton) Joseph Pearce de estos dos saludos bastante corrientes que «sus palabras fueron sumamente apropiadas; en primer lugar, porque estaban dirigidas a las dos personas más importantes de su vida; y en segundo lugar, porque eran palabras de saludo y no de despedida, significaban un comienzo y no el final de su relación».
Oh… por supuesto yo imagino a Chesterton agonizando durante días y días en su cama, esperando el estertor último y pensando:
«A partir de ahora solo puedo decir cosas lúcidas y con un significado desplegable, no sea que me muera y estos hijos de puta no escriban chorradas grandilocuentes sobre mí… por cierto, tengo sed, joder, pero que mucha sed».
Y entonces pienso que si alguna vez logro ser escritora, espero ser una escritora póstuma, no vaya a ser que alguien me niegue mi vaso de agua en el lecho de muerte o en ese momento solo pueda pensar que quiero hacer pis.
Se dice de G.K. Chesterton que fue un escritor y periodista británico de inicios del siglo XX que cultivó varios géneros: el ya citado periodismo, los ensayos, la narración, la lírica o los libros de viajes… (Esto lo acabo de leer en Wikipedia).
Pero también cultivó su panza, y además de su panza o, en este caso, a causa de ella —pues Chesterton medía 1,93 centímetros y pesaba cerca de 134 kilos—, también la ironía y el buen humor. Así cuentan que una vez, durante la Primera Guerra Mundial, una mujer le abordó en Londres para reprocharle que él no estuviera «allí fuera en el Frente», a lo que Chesterton replicó tranquilo: «Disculpe, señora, pero si usted da la vuelta hasta mi costado, podrá ver que sí lo estoy».
Y hablando de Chesterton... hago una pregunta que no tiene nada que ver con lo anterior pero que sí me ha surgido a razón de éste y de sus textos no exentos de humor:
¿Por qué en las biografías, sobre todo en las de grandes escritores, aparece reflejado que en las puertas de la muerte dijeron algo revelador, espectacular, cultísimo y grandilocuente?
¿Ninguno tuvo el típico delirio de ver un perro en la esquina de la habitación? ¿No fue la última frase de ninguno de ellos: «Dame agua, que tengo sed» o «Me hago pis»?
Escribe Maisie Ward en su biografía sobre Chesterton que éste, en ese estado pre-mortem, dijo: «El asunto está claro ahora. Está entre la luz y las sombras; cada uno debe elegir de qué lado está». En otras biografías dicen que sus últimas palabras fueron «Hola, cariño» a su mujer Frances y «Hola, querida» a su hija adoptiva Dorothy... Incluso en este caso, que por fin se dicen unas palabras más o menos comunes (aunque yo sigo apostando por el grito de «Tengo sed»), se escriben luego supuestos y acasos para engrandecer esos momentos de muerte, así dice (seguimos hablando de la muerte de Chesterton) Joseph Pearce de estos dos saludos bastante corrientes que «sus palabras fueron sumamente apropiadas; en primer lugar, porque estaban dirigidas a las dos personas más importantes de su vida; y en segundo lugar, porque eran palabras de saludo y no de despedida, significaban un comienzo y no el final de su relación».
Oh… por supuesto yo imagino a Chesterton agonizando durante días y días en su cama, esperando el estertor último y pensando:
«A partir de ahora solo puedo decir cosas lúcidas y con un significado desplegable, no sea que me muera y estos hijos de puta no escriban chorradas grandilocuentes sobre mí… por cierto, tengo sed, joder, pero que mucha sed».
Y entonces pienso que si alguna vez logro ser escritora, espero ser una escritora póstuma, no vaya a ser que alguien me niegue mi vaso de agua en el lecho de muerte o en ese momento solo pueda pensar que quiero hacer pis.
sábado, 6 de mayo de 2017
Por los siglos de los siglos, discusiones poéticas y Gabriel Cebrián.
Si nos ponemos a raspar un poco el polvo poemático —apenas con una pluma o un silbido—, ¿qué encontramos como eje imperecedero de la poesía?
¿Sabéis de esta eterna discusión, cierto? A poco que uno se haya aproximado un milímetro a un boli o a una tecla cercana al enter ha tenido que escuchar sobre ello: No muestres jamás una poesía si no la has tenido veinte años bajo la axila y la has dado de comer hasta hacer de tu pulguilla un mastodonte (...¿¡Qué una poesía...!? ¡¡¿Estamos locos?!!...¡¡Veinte años son para UN verso... si es que se busca que el verso sea mínimamente decente!!...), no es poesía sino prosa porque no has usado el método único e inviolable de la poesía (si quieres construir una nube debes aprender primero a fabricar el cielo), tú no eres poeta porque no eres poeta porque no eres poeta... Y etcétera (a lo ee cummings).
«Los dioses crean —dice Sylvia Plath—, dejad que los necios critiquen y sigan criticando».
¿El ritmo, la rima? ...No.
¿Un fuerte conocimiento en el empleo de recursos estilísticos? ...¡No!
¿Un fuerte conocimiento en el empleo de recursos estilísticos? ...¡No!
¿La métrica? ...¡Cuánto hacía que no escuchaba un chiste de tal calibre!
¿El abuso de la figura de las alas, el contorno de las aves, los abismos, el silencio...? Aún no.
...¿Es este espécimen un poeta... o un idiota con aires de grandeza?... Ahí, amigo, justo ahí estamos encontrando el fin del mundo.
¿Sabéis de esta eterna discusión, cierto? A poco que uno se haya aproximado un milímetro a un boli o a una tecla cercana al enter ha tenido que escuchar sobre ello: No muestres jamás una poesía si no la has tenido veinte años bajo la axila y la has dado de comer hasta hacer de tu pulguilla un mastodonte (...¿¡Qué una poesía...!? ¡¡¿Estamos locos?!!...¡¡Veinte años son para UN verso... si es que se busca que el verso sea mínimamente decente!!...), no es poesía sino prosa porque no has usado el método único e inviolable de la poesía (si quieres construir una nube debes aprender primero a fabricar el cielo), tú no eres poeta porque no eres poeta porque no eres poeta... Y etcétera (a lo ee cummings).
«Los dioses crean —dice Sylvia Plath—, dejad que los necios critiquen y sigan criticando».
A todo esto, dejo esta divertida charla de Gabriel Cebrián, un saludo poético-afectuoso a todos los que comparten esta pasión junto a mí... con un último comentario, fauces vaporosas: haced más caso a Vicente Huidobro y menos a las lenguas viperinas:
«Recuerdo que una vez fui poeta. Quizá no escribía muy bien, pero vivía como tal. Quiero decir, nada de desmanes ni de grandilocuencias, que sólo tienden a apuntalar obras insuficientes por sí mismas. En cambio, era mirar el agua y licuarme, mirar el fuego y arder, mirar la tierra y sentir mis raíces móviles acariciándola con cada paso, beber el aire e intoxicarme de altura. Sabía entonces que la vía láctea cabía en mi mano y quizás por ello podía yo escupir ideas cuyo significado era asequible únicamente en sueños, allí donde las frases más inocentes suelen cobrar resonancias apocalípticas y donde las más crueles expresiones a menudo nos acarician el alma. ¿Es que acaso no resulta evidente el desmedro de la semántica que en favor de la sensación pura opera en los sueños?
El lenguaje poético inevitablemente descansa en pautas oníricas. El resto, es sólo autorreflexión tautológica del concepto, que es lo que estoy haciendo ahora y lo que vengo haciendo desde que dejé de poetizar. No fue una decisión fácil, ni siquiera estuvo en el campo de mi discrecionalidad. Simplemente sentí que mis versos se volvían más y más teoréticos, a tal punto que bastardeaban lo que debía ser su esencia. Así que una vez más quemé las naves y proseguí en pos de nuevos rumbos, tentando esta vez historias cuasi ficticias en las que podía explayar mis inquietudes filosóficas y descriptivas sin lesionar los sacrosantos estadios supraterrenos que corresponden a LA POESÍA.
—LA POESÍA es algo grande, Gabriel, dejáte de joder —me decía cierta noche Renato desde atrás de su vaso de fernet con coca en el living de mi casa—. LA POESIA, vos mismo me lo dijiste, es Rilke, es Eliot, qué sé yo, no es una cosa así nomás. Vos seguí con los cuentos, que andás bien.
—-¿Te parece, loco? ¿Y qué carajo hago con las poesías ésas que vengo escribiendo desde que era chico? ¿Las tiro a la mierda?
—Y, no sé, boludo, qué querés que te diga. Capaz que si agarrás chapa con los cuentos después en una de esas las podés vender, viste que la gilada compra cualquier cosa, una vez que conseguiste tener marca registrada. Pero no te vayas a pensar que porque vendés son POESÍA, eh.
—Tá bien, tá bien, pero se me hace que sos un poco duro, che, hay algunas que no son tan malas, —argumenté, mientras hojeaba nerviosamente un volumen de mis «Eufonías Rioplatenses» en busca de algún poema que me permitiese reverdecer un poco aunque sea mis mustios laureles. Me planté en «Anfisbena» y me pareció que había encontrado un alegato, artero y falaz —aunque alegato al fin—, para contraatacar y recuperar un poco de autoestima.
—Ves, ésta me gusta. ¿La leíste?
—Sí, creo que sí —me contestó, acusando desinterés y cierto fastidio.
—Sabés, lo que es una anfisbena, ¿no?
—No, la verdad que no.
—¿¡Entonces cómo carajo hiciste para evaluar la poesía, la reputa que te parió!?
—Bueno, pelotudo, no sé, la cuestión es lo que te deja.
—Lo que te deja, la pindonga. ¿Qué carajo te va a dejar, así? Es como leer una carta en alemán sin saber alemán, forro. ¿Querés que te documente un poco, y la volvés a leer?
—No, Gabriel, dejame de hinchar las pelotas. Haceme caso, seguí con los cuentos, dejáte de joder. Tomate tu tiempo, madurá un poco, y vas a ver cómo más adelante vas a escribir POESÍA COMO DIOS MANDA.
—No sé, loco, la verdad es que no me parecen tan chingadas. Ya sé, Renato, no es Rilke, pero qué sé yo, mejores que las de algunos cuantos giles...
—Ya sé, nabo, pero todo depende del punto que quieras matar. Podés ser un POETA o el rey de los poetas boludos, ¿no? Si te conformás con eso... mirá, yo que vos todavía no las mostraría.
—Tarde.
—Pero la puta que te parió, viejo, no te puedo dejar solo que hacés cagadas. ¿A quién se las mostraste?
—No sé, armé unos cuantos volúmenes y los repartí por ahí.
—Y bue´, ya está. A lo hecho, pecho.
—Ahora te digo, ¿vos sabés que varias personas me dijeron que les gustaban más mis poesías que mis cuentos?
—Seguro que son de la caterva ésa que la va de intelectual y que encuentra todo tipo de disparates interlineados.
—Loco, sos un prejuicioso de mierda. Dame una oportunidad, o, aunque más no sea, leélas de nuevo con el Larousse a mano.
—¡Andá a la puta que te parió, forro! ¡Lo único que faltaba! ¡Porque no conocía una boludez de ésas que andá a saber de dónde las sacaste te hacés el fino, ahora! ¿Ves lo que te digo, chabón? La poesía no se escribe con el diccionario en la mano.
—¿Y quién dijo que no?
—Cualquiera, boludo, cualquiera que le preguntes te va a decir lo mismo.
—Bueno, me chupa un huevo. Yo escribo poesía con diccionario enciclopédico, diccionario de filosofía, diccionario de sinónimos y mirando televisión. Y andá a la puta que te parió, vos también.
—Y bueno, loco, jodete. Todavía que me preocupo por tu carrera... flaco favor te hiciste mostrando esos “apuntes”.»
—GABRIEL CEBRIÁN, Introducción a Flaco Favor, La sombra del relámpago, Eduardo Zapiola, ediciones Stalker, páginas 7-9.
«Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!
Hacedla florecer en el poema»
El lenguaje poético inevitablemente descansa en pautas oníricas. El resto, es sólo autorreflexión tautológica del concepto, que es lo que estoy haciendo ahora y lo que vengo haciendo desde que dejé de poetizar. No fue una decisión fácil, ni siquiera estuvo en el campo de mi discrecionalidad. Simplemente sentí que mis versos se volvían más y más teoréticos, a tal punto que bastardeaban lo que debía ser su esencia. Así que una vez más quemé las naves y proseguí en pos de nuevos rumbos, tentando esta vez historias cuasi ficticias en las que podía explayar mis inquietudes filosóficas y descriptivas sin lesionar los sacrosantos estadios supraterrenos que corresponden a LA POESÍA.
—LA POESÍA es algo grande, Gabriel, dejáte de joder —me decía cierta noche Renato desde atrás de su vaso de fernet con coca en el living de mi casa—. LA POESIA, vos mismo me lo dijiste, es Rilke, es Eliot, qué sé yo, no es una cosa así nomás. Vos seguí con los cuentos, que andás bien.
—-¿Te parece, loco? ¿Y qué carajo hago con las poesías ésas que vengo escribiendo desde que era chico? ¿Las tiro a la mierda?
—Y, no sé, boludo, qué querés que te diga. Capaz que si agarrás chapa con los cuentos después en una de esas las podés vender, viste que la gilada compra cualquier cosa, una vez que conseguiste tener marca registrada. Pero no te vayas a pensar que porque vendés son POESÍA, eh.
—Tá bien, tá bien, pero se me hace que sos un poco duro, che, hay algunas que no son tan malas, —argumenté, mientras hojeaba nerviosamente un volumen de mis «Eufonías Rioplatenses» en busca de algún poema que me permitiese reverdecer un poco aunque sea mis mustios laureles. Me planté en «Anfisbena» y me pareció que había encontrado un alegato, artero y falaz —aunque alegato al fin—, para contraatacar y recuperar un poco de autoestima.
—Ves, ésta me gusta. ¿La leíste?
—Sí, creo que sí —me contestó, acusando desinterés y cierto fastidio.
—Sabés, lo que es una anfisbena, ¿no?
—No, la verdad que no.
—¿¡Entonces cómo carajo hiciste para evaluar la poesía, la reputa que te parió!?
—Bueno, pelotudo, no sé, la cuestión es lo que te deja.
—Lo que te deja, la pindonga. ¿Qué carajo te va a dejar, así? Es como leer una carta en alemán sin saber alemán, forro. ¿Querés que te documente un poco, y la volvés a leer?
—No, Gabriel, dejame de hinchar las pelotas. Haceme caso, seguí con los cuentos, dejáte de joder. Tomate tu tiempo, madurá un poco, y vas a ver cómo más adelante vas a escribir POESÍA COMO DIOS MANDA.
—No sé, loco, la verdad es que no me parecen tan chingadas. Ya sé, Renato, no es Rilke, pero qué sé yo, mejores que las de algunos cuantos giles...
—Ya sé, nabo, pero todo depende del punto que quieras matar. Podés ser un POETA o el rey de los poetas boludos, ¿no? Si te conformás con eso... mirá, yo que vos todavía no las mostraría.
—Tarde.
—Pero la puta que te parió, viejo, no te puedo dejar solo que hacés cagadas. ¿A quién se las mostraste?
—No sé, armé unos cuantos volúmenes y los repartí por ahí.
—Y bue´, ya está. A lo hecho, pecho.
—Ahora te digo, ¿vos sabés que varias personas me dijeron que les gustaban más mis poesías que mis cuentos?
—Seguro que son de la caterva ésa que la va de intelectual y que encuentra todo tipo de disparates interlineados.
—Loco, sos un prejuicioso de mierda. Dame una oportunidad, o, aunque más no sea, leélas de nuevo con el Larousse a mano.
—¡Andá a la puta que te parió, forro! ¡Lo único que faltaba! ¡Porque no conocía una boludez de ésas que andá a saber de dónde las sacaste te hacés el fino, ahora! ¿Ves lo que te digo, chabón? La poesía no se escribe con el diccionario en la mano.
—¿Y quién dijo que no?
—Cualquiera, boludo, cualquiera que le preguntes te va a decir lo mismo.
—Bueno, me chupa un huevo. Yo escribo poesía con diccionario enciclopédico, diccionario de filosofía, diccionario de sinónimos y mirando televisión. Y andá a la puta que te parió, vos también.
—Y bueno, loco, jodete. Todavía que me preocupo por tu carrera... flaco favor te hiciste mostrando esos “apuntes”.»
—GABRIEL CEBRIÁN, Introducción a Flaco Favor, La sombra del relámpago, Eduardo Zapiola, ediciones Stalker, páginas 7-9.
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