miércoles, 21 de octubre de 2020

Subterránea

 

«Escribo como siempre, por lo de siempre: me estoy ahogando».

—Alejandra Pizarnik.

 

A veces olvido mi lugar y empiezo a hablar.
Entonces tengo el qué, pero pierdo el quién y el dónde.

Porque soy subterránea, porque hay soledades que no se pueden elegir.
Yo tengo la mía, aquí abajo.

No solo son las palabras que no se pueden pronunciar, porque este enterramiento lo impregna todo.

Escribí una vez «Puedes oír mi piel un segundo antes de romperse», es un sonido continuo.
Por eso, en ocasiones, cuando hace viento y veo el polvo haciendo piruetas, de puntillas sobre el aire por delante de mí, pienso que son mis células deshaciéndose. Y que algún día se esfumarán todas hacia el otro lado, hacia aquella dimensión.

Entonces olvido mi lugar y quiero ser libre, libre de la piel, liberarla en escamas.
Quiero subir y subo, quizás solo para encontrar que estar en lo más alto a veces no son más que ansias de tirarse. 

¿Olvido mi lugar o no hay lugar? Porque hay soledades que son la única realidad, que lo ocupan todo. Y no hay lugar para el quién ni el dónde.

¿Se acude a la imaginación para no tener realidad? ¿Para enamorarse de una idea?
Por tener una figura que nos calma.

Para imaginar, por ejemplo, que amamos y es mutuo.
Solo hay que cerrar los ojos, eso es todo lo que te pide.
Es suficiente: su voz te cubre para mantenerte en tu piel. Sus ojos te miran y te reflejas en los suyos como una persona. Quizás es suficiente con descansar un beso en el hombro. Y entonces el mundo puede descansar cómodamente en el sofá.
Porque la imaginación es más poderosa que la realidad.

Pero también es peor, porque la imaginación se evapora y queda un halo, y luego nada.

Imagina entonces que el sol posa su cuerpo sobre la tierra, que se tumba en el asfalto. Y es pisoteado, y es cubierto con colillas, y de barro de suelo y del vaciado de los perros. En algún momento algún rayo disparará su orgullo, harto de la paciencia, y entonces será noche. Siempre noche.

Imagina qué frágil es la luz.

Entonces, imaginemos: Ya hemos imaginado sobre la superficie, imaginemos bajo la tierra.
Dicen que las ardillas entierran sus frutos (pongamos: una nuez) para hacer acopio y que no se los roben. Dicen que con frecuencia olvidan dónde los han enterrado. Creo que sería una buena ardilla.

Pero así, en algún momento —quizás este—, crece un nuevo nogal. 

Entonces: A veces creo que sería una buena ardilla, pero normalmente me identifico más con la nuez. Porque hay soledades que no se eligen y tras el abandono crezco sola y a solas.

Todo esto no es más que una imaginación, una nuez.

Imagino, porque a las personas como yo es lo único que nos queda.
Y, sin embargo, encuentro que imaginar es solo otro nombre para la frustración.

Mi imagen es transparente para la memoria. A veces olvido mi lugar porque tal vez no hay lugar, tal vez esto sea algo intrínseco. Intrínseco, quizás otoño, tal vez soy tan estacional como una gripe, pero sin vacuna o cura. Las vueltas a lo mismo y la vuelta a lo mismo. Los pensamientos irrelevantes, los pensamientos que no cesan. La misma línea del que vence y es vencido.

Imagino.
Imagino sin qué, ni quién, ni dónde.

Imagino que algún otoño no lograré salir de esto, porque un final ha de acabarse.
Esto no tiene por qué resultar una tragedia. Ni siquiera tiene que significar algo. Simplemente a veces hablo porque olvido que no hay nadie, hablo porque me he acostumbrado a hablar a solas, en nogal. Si la nada te escucha: no te juzga, no te malinterpreta, no te victimiza. 

Cierra los ojos, no te pide más que eso: Imagina que vocalizas bajo el agua. Si entonces la soledad te mira, te reflejas como un pensamiento cíclico, transparente para la memoria. Existes, aunque seas subterránea.

El mundo descansa cómodamente en el sofá.





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